José Natarén
Impermanencia y fugacidad, ausencia y olvido configuran el envés de la existencia. Presencia y memoria la hilvanan.Correlatos gemelos. Celebración o lamento, juego de la inteligencia, la edificación de la imagen apunta al paraíso perdido y al momento exacto en que fuimos arrojados al exilio de nosotros mismos. En este sentido, comento Mansa presencia de la muerte, el último libro de Eduardo Hidalgo (Huixtla, 1963).
El poeta muestra la imagen de su madre niña y del hombre que será su abuelo, como principio del linaje de muertos que pueblan el poemario. El poeta, desde el presente continuo, observa, canta y cuenta con “mirada de atropina” y a la vez se deja ver por las “miradas que nos miran desde el fondo// de la vida”.
Más que testimonio, representación o evocación, la palabra poética instaura una realidad en sí, un espacio-tiempo autónomo, paralelo a la vigilia y a la historia, más próximo al sueño y al mito; además, por designio del poeta, “pequeño dios” que eligeel vocablo óptimo, la frase exacta para decir su particular expresión de la condición humana. Inicia la escena primera de la obra, emerge de la penumbra devenida de la propia presencia de las cosas y los seres. Salvo en la tiniebla o en la muerte, no hay espacio libre de sombra, de claroscuros, de luz cercada. El poeta dice al principio del libro:
“En la tarde ligeramente carcomida por minutos negros, por un grado de oscuridad que la distancia da a la historia, por la sombra del follaje del árbol de mango bajo el cual situé el recuento el hombre orina”.
Expresa situaciones singulares. Ver los rostros de los muertos, por ejemplo. Es un libro polifónico, edificación de subjetividades yuxtapuestas en el tejido del discurso: Da voz a la madre y a Francisco, el segundo hijo, (QEPD). Se habla de la abuela médium y la proximidad de su condición de intermediaria entre mundos, similar a la facultad del poeta, aquel que vincula realidades por la analogía, la metáfora o la empatía y consonancia de imágenes. La abuela poema, la abuela muerte, a decir del autor. Esa abuela cuya imagen tiene mucho de espectral y persistente:
“(En el sueño y fuera de él, la madre de mi madre: una imagende toc-toc y de queja muy parecida a la muerte)”. Y hubo uno más poeta que vidente. El primo Alfredo, del que se dice: “él también creía en la ayuda de los muertos a la hora de escribir; tal vez los atrae hasta mí, quizá les dice que soy su primo hermano”.
Por este primo, por cierto, nuestro poeta supo de Hart Crane. Y hablar de Crane es hablar de poesía y muerte; referir la culpa, la ansiedad y la desgracia que lo arrojó al Golfo de México en el cruel abril de 1932. Puede decirse que el poeta norteamericano es un referente para Hidalgo, no es la primera vez que aparece en su obra. El tema de la muerte por agua, del ahogamiento, es de interés para el autor. Consideró incluir una sección constituida por poemas sobre ahogados. Al final, esta sección impedía el desarrollo del libro y al retirarla permitió la conformación del corpus definitivo.
El poeta habla del padre y de la muerte de los abuelos paternos. En “Orfandad” la sugerencia se torna claridad, la economía del lenguaje es óptima: se dice de otra forma lo mismo y más, encantamiento de la comprensión y de la lógica poética. También escuchamos al poeta cifrar el día y la hora de la muerte del héroe, del rostro de la ley, 04:00 a. m. del 10 de noviembre. Como en las coplas de Manrique y en el último gran poema Sabines, se nos participa de este recuerdo fijo como un hito, comulgamos gravemente en este registro hondo. Y esta hora,situada entre espejos, se multiplica y repite cada noche con su eco de malestar. Hidalgo ha sabido asimilar el pathos sabiniano y verterlo en expresiones propias, una de cuyas principales características es la dimensión lúdica, pero también el desgarramiento, el dolor y la negación. Leemos en la página 63:
“De quejas y sueños estás construido. Este es tu inexistir, estas no son tus manos sobre la mesa,
estos no son tus dedos describiendo el tiempo. Lo que te parte el pecho ya no es tuyo.
De quién es la palabra que ahora nombra este momento?”.
En el mejor sentido, Hidalgo juega con la palabra, prestidigita, diestro, sonidos y significados, inicia a erigirse como el maestro del juego verbal, eficaz en el ingenio y a distancia del artificio y la ocurrencia. Juegos de la inteligencia, reitero. Eufonía, aliteración, anáforas y más recursos, hasta la construcción de nuevos términos, una especie de neologismos, se advierten con soltura en la plasticidad de la poesía y cumpliendo con su función, reorientando el sentido, dotando de belleza la expresión o modulando el ritmo de los artefactos u objetos autorreferentesllamados poemas. Leemos:
“Cuando sobran las sombras, cuando en balance tenemos de másy posan como cuervos las palabras ―palabrájaros negros como sombras obrantes― esa hoja de decir “ya no” cierra la hora y nos pone a soñar como campanas”.
Estos palabrájaros recuerdan, claro a las “golontrinas” y “ulamentos huidobrianos” y el “mitrado monodáctilo” de Vallejo.
Palabrarista, como se define en la semblanza de la solapa, en Mansa presencia de la muerte, Hidalgo ejerce la facultad de jugar con la palabra, asume el oficio poético en tanto tiene de ser la más inocente de todas las ocupaciones y da forma a los motivos principales del libro, la ausencia, el drama de los decesos familiares, el dolor. Los mismos sucesos, elaborados como recuerdos en imágenes inéditas, el milagro de la poesía. “Áspera memoria en que devino esa hora de enero (…) como futura cicatriz”, dice, el poeta. En esta parte es posible no fue difícil traer a la mente “áspera cicatriz”, el heptasílabo título del segundo libro de Óscar Oliva, maestro del poeta y a quien menciona en los agradecimientos.
Destaco el último poema del libro, “Canción” que enfatiza con refinamiento la preponderancia de la melodía, el sustrato fónicoy la contundencia del significante, de la palabra en sí, más allá del contenido y que prepara nuestro ánimo para advenimiento del sentido. Sonidos que dicen y dicen más. La poesía como fenómeno lingüístico, y en tanto ello, humano, pues nuestro mundo se halla en la región de lo decible. En este punto es necesario leer y escuchar el poema completo en voz del autor.
Pero antes, invito a ustedes a que adquieran el libro y se careen con la propia finitud. Si la poesía “es la única prueba concreta de la existencia del hombre”, como dijo Luis Cardoza y Aragón, entonces, es posible afirmar que Eduardo Hidalgo ha demostrado la suya; hagamos lo propio y leamos Mansa presencia de la muerte.




















































