Lealtades masculinas
Sheila X. Gutiérrez Zenteno
¿Qué lleva a un grupo de hombres a proteger a aquel que ha sido señalado públicamente como un violentador, como sucedió recientemente en esta ciudad?
Se le denomina pacto patriarcal.
El pacto patriarcal es un acuerdo tácito entre hombres (y algunas mujeres) enfocado a amparar al agresor y castigar a la víctima que denuncia la violencia de que es objeto. Es el silencio y la red de complicidad que permiten el abuso hacia mujeres, niñas y adolescentes. Ignorar los actos violentos ejercidos por un amigo, conocido, familiar o figura pública pensando que son asuntos privados o de pareja, resulta la mayoría de las veces más cómodo, pero esto no hace más que negar a miles de mujeres el acceso a la justicia.
Este pacto fomenta la violencia machista, defiende a los violentadores y silencia a las víctimas. Antes que arriesgar la estabilidad del buen nombre de un sujeto abusivo, es preferible destruir la reputación de la víctima; por ello se torna complejo para una mujer reconocer y aceptar que ha vivido violencia.
MACHISMO PURO Y DURO, TAN NORMALIZADO EN NUESTRA SOCIEDAD
Cuando una mujer denuncia ser víctima de violencia se le cuestiona todo: si ella tiene o no tiene pareja, si el sujeto que la violentó es un tipo comprometido, se le cuestiona por trabajar, por no trabajar y dedicarse de tiempo a su hogar; por cómo vestía, por salir tarde, por salir temprano, por ser risueña, por ser mal encarada, por ser confiada, por ser desconfiada, por tener dinero, por ser pobre, por beber o por no hacerlo; al final del día, la violencia que una mujer vive termina siendo su culpa.
Cuando un hombre acosa, golpea, violenta o abusa de una mujer, sucede lo contrario. Sus amigos, colegas o compañeros salen en su auxilio, y si el sujeto en cuestión es un tipo con dinero, fama o poder, pasan dos cosas. Sus defensores 1) fingen que no sucedió nada y 2) lo justifican. Con ello, el violentador entiende que puede continuar con su patrón de abuso porque no hay consecuencias para sus acciones.
No importa qué tan violento sea, a cuántas de sus parejas haya agredido o el número de mujeres que haya abusado a lo largo de su vida, cuando otros hombres (y mujeres a quienes en el feminismo se denomina pick me) le protegen, provocan que sea la víctima quien enfrente el descrédito social. El violentador continúa tranquilamente con su vida.
Poco importa que se denuncie, que exista evidencia del maltrato. Poco interesa que una mujer víctima de violencia presente todas las pruebas posibles, que demuestre el daño que su abusador le ha generado. Ya sean golpes, insultos, amenazas, pruebas de violación sexual (o hasta feminicidio si este se perpetra), la víctima será cuestionada, e incluso se le acusará de haber permitido la violencia que vivió, con lo que la responsabilidad del abusador se anula y se desplaza hacia la víctima.
El abusador solo buscará una nueva víctima.
Si analizamos casos de violencia que se tornaron mediáticos como el de Debanhi Escobar, Ingrid Escamilla o Giselle Pelicot, encontramos cantidad de señalamientos, cuestionándolas o señalándolas. En el caso de Giselle Pelicot, se le culpó por no percatarse de las violaciones de las que fue objeto: “ni modos que no se iba a dar cuenta de que la violaban”. Pues no, no se dio cuenta porque la drogaban. A Ingrid la responsabilizan de su feminicidio por mantener una relación con un sujeto mayor, a Debanhi la culparon por bajarse del taxi en medio de la carretera.
Lo mismo ocurre cuando la violencia se da en una relación de pareja, quienes observan pocas veces intervienen porque se cree que es un asunto de enamorados: “así son felices, él siempre ha sido así y ella sigue ahí porque quiere”. ¿Reconoce esa respuesta? La lista de ejemplos es larga: ¿Golpearon en un lugar público a una mujer? “Seguro fue su culpa, para qué le contestó al tipo que iba con ella”; ¿Violaron a una mujer en su ciudad?, “pues es que ella también para qué pasó por ahí”; ¿Se informa que un marido le propinó golpes a su esposa? “También no son mujercitas de su casa, no lo atendía seguro”.
Tenemos la idea (equivocada) de que la violencia contra la mujer es algo que pertenece al espacio privado (el hogar), cuando en realidad, es un problema que afecta el ámbito público, por lo que la violencia contra mujeres, niñas y adolescentes debe considerarse un conflicto social, es decir, nos compete a todas y todos, sin importar el lugar donde esta tenga lugar; ya sea en el ámbito privado (el hogar) o en la esfera pública.
No importa el tipo de violencia que una mujer enfrente, todas las violencias son degradantes y denigrantes, como sociedad, no podemos guardar silencio o justificar dichos actos, necesitamos entender que la violencia machista existe y debemos trabajar para erradicarla. Por décadas, la violencia contra las mujeres ha sido minimizada, hasta negada por la sociedad, es momento de aceptar que existe para entonces trabajar en cambiar patrones de conducta. Necesitamos entender que el responsable de la violencia machista y feminicida es quien la ejerce, no la víctima.
COMPAÑERO… LO QUE USTED HACE O DICE, ES VIOLENCIA MACHISTA
¿Hasta dónde debe una mujer ser violentada para que su denuncia sea tomada en serio? ¿Será suficiente llegar a levantar una denuncia con el rostro desfigurado por los golpes? ¿Terminar en coma en la cama de un hospital? ¿O ser encontradas violadas, desnudas en un campo abandonado?, pues ni así se nos cree.
Dos casos se viralizaron en esta ciudad, uno la semana pasada, el otro hace unas horas. El primero de ellos, un video, muestra a un exfuncionario municipal, intentando retener a una joven en un restaurante; en el segundo video, una madre de familia increpa a un funcionario público quien acosaba a dos menores de edad en un restaurante familiar. Ambos abusos se registraron en espacios abiertos, de suceder en una casa, a puertas cerradas, no se hubiese sabido nada y el final pudo ser otro.
En el primer caso, el pacto patriarcal en el que se mueven decenas de hombres, entró en acción. Se hicieron públicos mensajes de apoyo desde cuentas en redes sociales que minimizaron el hecho violento, señalando una persecución contra el maltratador. Sin importar que en el video se observa cómo este arrincona a una joven contra la pared, la manera en que la jalonea, y cómo ella, asustada, solo desea salir del lugar, hubo quienes salieron en su defensa.
La periodista Lizeth Coello compartió en su red social capturas de pantalla de mensajes que recibió en 2016, luego de denunciar en aquella época al mismo exfuncionario municipal por un acto de violencia física contra otra mujer; en ellos le piden eliminar su publicación, a lo que ella se niega. ¿Cuál es la visión de la persona que le escribió? La responsable de la violencia vivida es la joven, la víctima es el violentador. ¿Las razones esgrimidas?
─ Al final son dos adultos, ella lo permite.
─ Él es casado y ella lo sabe.
─ Así se llevan.
La primera oración hace hincapié en que la violencia de que fue objeto la joven es culpa de ella por no poner un alto, en ningún momento responsabiliza al abusador; en la segunda oración, ella se merece la violencia que recibió al no cumplir el rol virtuoso que se espera de una mujer por mantener una relación con un hombre comprometido; en la tercera oración se mantiene esta idea de que la violencia de pareja es cosa de dos, es privado, por tanto, no interesa a nadie.
El problema es que poco se piensa en qué lleva a una mujer a tolerar todo lo anterior. Cuando nos percatamos que son patrones de conducta arraigados en nuestra sociedad, que se repiten sistemáticamente como parte de la estructura, es momento de preguntarnos cómo todas y todos estamos contribuyendo a esto. Porque no son hechos aislados, son casos que se repiten todo el tiempo.
Circuló por ahí una carta firmada por algunos “fans” en la que por encima de la violencia que el sujeto ejerce contra la joven, lo más importante era hablar de su talento y de su carrera. Si bien es cierto que la presunción de inocencia existe, la evidencia ahí está. Tuvieron que intervenir dos jóvenes que atendían el lugar para poner a resguardo a la mujer que intentaba huir.
En el segundo video se observa cómo una mujer increpa a un sujeto (a quien le cubren el rostro por cuestiones de legalidad) porque este acosó a dos menores de edad. Las jóvenes se comunicaron con sus familias para informar lo que sucedía, fueron protegidas por ellos, no por el equipo del restaurante. Lo que sucedió con el funcionario ya separado de su cargo, no es una falta menor, tampoco es una falta administrativa, el hostigamiento sexual no es una broma, tampoco un juego, es un delito.
¿Qué comparten ambos sujetos señalados como violentadores? Una posición económica, política y social que coloca a la joven y a las menores violentadas en estado de indefensión. ¿Cuántas veces ambos sujetos han abusado de su posición social, sus relaciones personales y profesionales para violentar u hostigar a otras mujeres? Estamos cansadas de ver cómo se protege a los violentadores.




















































