José Luis Castillejos
La frontera no es una línea. Es un cuerpo que respira, que gime, que cruje. En el sur de México, donde el río Suchiate marca el lomo líquido del mapa, no hay cercas definitivas. Hay pasos. Hay sombra. Hay pasos en la sombra. Ahí, donde Chiapas se deshace en orilla, comienza el otro México: el que huele a rambután abierto, a mango maduro, a tierra que cruje bajo los pies de los que no tienen país.
Entre Tapachula y Tecún Umán, la frontera es un mercado en ebullición. Un zumbido de acentos, billetes doblados, mujeres que cargan el alma en la espalda y hombres que calzan el polvo de cinco naciones. El sol cae como plomo sobre los toldos azules de los vendedores. No hay pasaporte que valga más que el hambre. No hay documento que pese más que el deseo de vivir.
En Suchiate, las balsas no flotan: resisten. Son trozos de llanta y madera que desafían la ley escrita con la tinta del privilegio. Cruzar no es delito; es destino. Y aunque del lado mexicano hay retenes, Guardia Nacional y promesas de contención, siempre habrá un niño que, sin saberlo, cruza una frontera pensando que simplemente juega con el agua.
La Frontera Sur es también una herida. Por ahí entra la fruta, el contrabando, pero también la explotación. Por ahí cruzan quienes cortarán café en las fincas, pero también los que terminarán dormidos en cajas de tráiler. Es una línea que sangra gente, que sangra mercancía, que sangra sueños. Y que, a veces, ni los mapas comprenden.
En Tapachula, la estación migratoria es un umbral entre la desesperación y la esperanza. En sus patios se escuchan los cantos evangélicos de Haití, las oraciones católicas de Honduras, los rezos en creol y quiché, las promesas en voz baja. La burocracia gotea lento, como el sudor en la espalda de los que esperan. A veces, los días son jaulas. Otras, trincheras. Siempre, exilio.
Y, sin embargo, hay ternura. Hay mujeres que dan de comer sin preguntar. Hay defensores que, sin uniforme, arrullan a bebés ajenos. Hay iglesias que abren puertas para recibir a quienes huyen de algo. Y hay niños que aprenden a decir “papalote” en español, aunque su lengua madre venga de los volcanes de Nicaragua.
También hay un río que no cesa. El Suchiate, que ha visto cruzar a contrabandistas, enfermeras, pastores y periodistas, a madres que paren en el lodo y a abuelas que rezan con la mirada al cielo. Es un testigo callado de todas las huidas, de todos los retornos, de los abrazos clandestinos y los adioses sin retorno. Un río que ya no distingue banderas, solo dolores.
En las tardes de calor húmedo, cuando el cielo se tiñe de un gris verdoso, los migrantes se refugian bajo techos improvisados y sueñan. Sueñan con Nueva York, con Reynosa, con la paz. Y entre sueños, se hacen familia. Un salvadoreño comparte tortillas con una madre guatemalteca. Un cubano se convierte en cuentacuentos para los niños. Un mexicano presta su sombra. Es ahí, en esa humanidad compartida, donde la frontera se desdibuja.
La frontera con Centroamérica no divide: revela. Es el espejo donde México se mira sin maquillaje. Y lo que devuelve el reflejo no siempre gusta. Ahí está el sur olvidado, el sur doliente, el sur de pies descalzos y manos trabajadas. Pero también está el sur digno, el que canta, el que camina, el que no se rinde.
Porque en la Frontera Sur, lo único que no cruza… es el olvido.




















































