Extranjeros atrapados en la frontera sur enfrentan un limbo legal ante restricciones impuestas por ambos gobiernos
IVÁN LÓPEZ/PORTAVOZ
FOTO: ALEJANDRO LÓPEZ
En Chiapas, los albergues para personas migrantes enfrentan una paradoja inquietante: mientras las razones para huir persisten, los espacios de acogida se vacían. La drástica caída de hasta un 90 por ciento en la presencia migrante en centros como Jesús el Buen Pastor, en Tapachula, no responde a una mejora en las condiciones de origen, sino al endurecimiento de la política migratoria estadounidense.
Las restricciones impuestas, como la cancelación del programa CBP ONE, han cerrado vías legales que ofrecían cierta certidumbre al tránsito migrante. Familias que buscaban asilo o una oportunidad de cruzar con seguridad hoy ven bloqueado su avance incluso dentro de México, donde las autoridades limitan el paso a solicitantes ante la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (COMAR). La migración ya no se detiene por falta de motivos, sino por la imposibilidad de continuar.
En lugar de albergues desbordados, Tapachula muestra centros con camas vacías y voluntarios ociosos. Lo que antes eran espacios saturados con hasta mil 500 personas, hoy reciben apenas ocho al día. Esta transformación arrastra nuevas formas de sobrevivir, algunos optan por moverse hacia el interior del país, otros regresan por cuenta propia y unos más se aferran a la frontera, atrapados entre la necesidad y el temor.
Algunos migrantes revelaron el impacto emocional de esta nueva realidad. Aunque no pueden volver por las amenazas que los hicieron huir, tampoco encuentran caminos claros para avanzar. Las puertas están cerradas en ambas direcciones. En este contexto, los albergues no solo ofrecen comida o cama: representan el último lugar donde todavía se permite esperar.
Mientras tanto, autoridades municipales lanzaron llamados a ocupar estos espacios subutilizados, sin resolver el fondo del problema, la incertidumbre total del camino migrante. La política estadounidense, más que frenar la migración, ha trasladado su peso a ciudades fronterizas como Tapachula, donde lo que se vacía no son solo los refugios, sino también las esperanzas.











































