Sarelly Martínez Mendoza
Los políticos deben manejar con destreza el arte de vender futuros. Y eso lo hace muy bien el gobernador Eduardo Ramírez Aguilar: vende esperanzas a sus colaboradores y a las personas interesadas en el quehacer público.
Aunque la política tiene como fin resolver problemas sociales, busca también movilizar a las personas, atraerlas, hacerlas sentirse parte de un proyecto y sumarlas a trabajar en las metas gubernamentales.
Eduardo Ramírez entiende la política como acción permanente de toma de decisiones. Por eso, visita comunidades y platica con hombres y mujeres. Reparte palabras, reconocimientos, y también manifiesta sus inconformidades, exhibe fallos y hace llamados de atención.
Permanecer en las comodidades de Palacio, donde solo reverberan las voces disciplinadas de los colaboradores, es alejarse de la ciudadanía.
Una agenda tan activa como la que él lleva, requiere energía, salud y desvelos. Un gobernador puede reducir sus actividades. Dedicarse a meditar, encerrarse entre cristales y ver el mundo solo a través de las pequeñas y cómodas ventanas o animarse a salir a la realidad.
Visitar comunidades trae, necesariamente, cambios de opinión y conocimiento del campo. El simple hecho de desplazarse permite ver la situación de las carreteras y escuchar a personas que no pueden romper las vallas de palacio.
Los eventos le permiten evaluar desempeños, informarse delas grillas y aspiraciones.
El góber vende futuros, como decía al principio. Y la mayoría de sus colaboradores vive para el 2027, estira sus sueños en la escalera de sus aspiraciones. Hay quienes ya se sienten presidentes municipales, secretarios o diputados.
Es importante fortalecer a un equipo y proyectarlo. Las personalidades y los liderazgos fuertes, como es el caso de Eduardo Ramírez Aguilar, suelen dejar en la penumbra a colaboradores con la potencialidad para crecer como políticos.
Un líder debe crear una generación de servidores públicos con sello propio, que sean partes de una camada, y que a la postre, si las circunstancias lo apremian, hacer causa común para defender una propuesta, una herencia, aun cuando ya no se esté en el poder.
Pablo Salazar, el mejor gobernador del Chiapas contemporáneo, tuvo una personalidad tan arrolladora que opacó a todos sus colaboradores. Y la mayoría fue eficiente y dedicado. Con un poco de aliento y tiempo, varios de ellos habrían corrido en mejores condiciones hacia la Gubernatura o a los diversos puestos de elección popular.
No siempre hay, es cierto, cualidades políticas en un funcionario. Hay buenos tecnócratas que son un desastre cuando se convierten en candidatos. A esos hay que dejarlos tras bambalinas. Pero hay otros que con un golpecito en el hombro pueden despertar sus cualidades de líder.
Hoy, hasta los menos agraciados, saben que pueden crecer y se desvelan para complacer al gobernador. Para decirle que están ahí, que trabajan, que intuyen su pensamiento y cumplen con las tareas encomendadas, y hasta, posiblemente, más allá de lo asignado.
Eduardo Ramírez sabe reconocer la dedicación y los aciertos, pero tampoco se calla ante las promesas incumplidas y las tareas postergadas. Regaña, y algunas veces lo ha hecho en público.
El gobernador está en su tarea de vender futuros. Y lo hace bastante bien. Sabe ilusionar y persuadir, dos cualidades que también son esenciales para reconstruir esta patria chica, para habitarla de los mejores políticos, de esos que sepan resolver problemas de interés público, que busquen acuerdos, y que tomen el mando cuando surjan disputas de poder.
Los futuros, sin embargo, solo son posibles de vender,cuando la realidad se empareja con los sueños. Y hasta el momento, los proyectos de futuro -mayor seguridad, mejores condiciones de vida y mayor gobernabilidad- han avanzado, y por esa razón, constituyen bases para seguir proponiendo futuros posibles.




















































