El hallazgo abre la puerta al desarrollo de biofertilizantes naturales que mejoren la productividad sin dañar el medio ambiente
IVÁN LÓPEZ/PORTAVOZ
FOTO: ALEJANDRO LÓPEZ
En Chiapas, un hallazgo científico podría transformar la forma en que se cultiva uno de los alimentos más emblemáticos de México, el maíz. Investigadores del Tecnológico Nacional de México, campus Tuxtla Gutiérrez, aislaron 46 cepas bacterianas de los suelos y granos de maíz en el ejido Palo Alto, Berriozábal, que muestran capacidades para mejorar la nutrición vegetal y reducir la dependencia de fertilizantes químicos, uno de los principales contaminantes agrícolas.
Estas bacterias del género Klebsiella, desempeñan un papel multifacético al fijar nitrógeno atmosférico, solubilizar fósforo y facilitar la absorción de hierro mediante sideróforos. Esta combinación representa una respuesta biológica adaptada a las condiciones particulares del suelo chiapaneco, que, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), posee un 40 por ciento de arcilla y una baja disponibilidad de nitrógeno y fósforo, limitantes para la productividad agrícola regional.
Además, cepas como Pseudomonas y Stenotrophomonas resaltaron por su resistencia a metales pesados y capacidad para solubilizar nutrientes en suelos afectados por contaminación o degradación, un problema reportado en un 25 por ciento de las tierras cultivables de Chiapas, de acuerdo con la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural(Sader). El uso de estas bacterias promotoras del crecimiento vegetal (PGPB) no solo tiene un impacto directo en la productividad, sino que también puede reducir costos y minimizar daños ambientales.
El equipo liderado por el doctor Reiner Rincón Rosales trabajó en la validación de estos microorganismos como biofertilizantes específicos para maíces criollos, una alternativa que impulsa la soberanía alimentaria y respeta la biodiversidad local. El desarrollo de inoculantes bacterianos podría disminuir el uso de fertilizantes sintéticos, cuya aplicación en México supera los dos millones de toneladas anuales, con consecuencias evidentes para la contaminación de acuíferos y emisiones de gases de efecto invernadero.
Más allá de la innovación tecnológica, este proyecto abre una vía para que las comunidades rurales de la entidad, muchas de ellas dependientes del maíz para su sustento, puedan adoptar prácticas agrícolas más sustentables y resilientes ante el cambio climático. La investigación, apunta a ser un modelo replicable en otras regiones con suelos similares en México y América Latina, donde el equilibrio entre productividad y cuidado ambiental es un desafío constante.











































