Con un estilo que fusiona tradición y modernidad, el coreógrafo busca que la danza sea también un espacio de transformación social
CARLOS RUIZ/PORTAVOZ
El ascenso de Julio Cesar Soto Rentería en la danza no se entiende únicamente desde sus logros en escenarios internacionales, sino en la manera en que ha desafiado etiquetas y abierto espacios para la representación latina en una industria históricamente dominada por otros referentes. Al introducir el reggaetón en estudios icónicos de Los Ángeles, no solo enseñó pasos, sino que legitimó un género muchas veces estigmatizado, situándolo como una disciplina que merece ser reconocida en la academia de la danza global.
Esa visión disruptiva lo ha llevado a transitar entre espectáculos multitudinarios y proyectos de carácter comunitario. Haber compartido escenarios con figuras como Juan Gabriel, Yuri o Grupo Cañaveral podría verse como la cúspide de una carrera, pero para Julio ha sido solo un punto de partida para experimentar con narrativas coreográficas que mezclan lo popular con lo contemporáneo. La danza, en su propuesta, se convierte en un puente entre lo masivo y lo íntimo, entre lo local y lo universal.
El recorrido de Julio también está marcado por un interés particular en que la danza cuente historias sobre identidad y pertenencia. De ahí que sus colaboraciones con proyectos como The Future Is Ours no solo celebren el talento latino, sino que cuestionen la falta de espacios de visibilidad para comunidades que producen innovación cultural desde los márgenes. Su estilo habla tanto de un México urbano y moderno como de un país que resuena en tradiciones coreográficas que se niega a dejar en el olvido.
El futuro inmediato lo proyecta en escenarios junto a artistas en ascenso como ASMED y Oscar Maydon, pero también en la docencia, donde busca sembrar en nuevas generaciones la idea de que bailar no es solo ejecutar pasos, sino narrar con el cuerpo una historia que puede transformar a quien la observa. Cada clase que imparte, ya sea en Los Ángeles o en cualquier otra ciudad, se convierte en un laboratorio de creatividad en el que la técnica es apenas la puerta de entrada a la emoción.
Su sueño de fundar una compañía propia y llevar talleres a comunidades con menos acceso cultural revela una convicción profunda: la danza puede ser herramienta de cambio social. En un país marcado por desigualdades, Julio Cesar imagina escenarios que no solo entretienen, sino que cuestionan y acompañan procesos colectivos. Si algo define esta nueva etapa de su carrera es la claridad con la que busca trascender el aplauso inmediato para dejar un legado que haga del arte un acto de resistencia y esperanza.











































