Andrea Flores Mena
El sueño de muchas madres es poder conciliar su vida laboral, emocional y familiar sin la pesada culpa de “abandonar” a sus hijos en una guardería, kínder o con un tercero encargado. Sin embargo, cuando una mujer logra encontrar un punto medio entre lo público y lo íntimo, y decide ejercer su maternidad sin sacrificar su desarrollo profesional, de inmediato aparece la lupa del escrutinio social. Si esa mujer, además, es figura pública, la crítica suele tornarse despiadada.
El caso reciente de Mariana Rodríguez, quien asistió con su hija menor a un evento gubernamental, es ejemplo de cómo en México se construye una narrativa contradictoria en torno a las mujeres. Rodríguez, influencer, empresaria y actual figura política, fue señalada con dureza en redes sociales y en algunos espacios de opinión: para unos, su decisión de llevar a su hija fue “imprudente” o un intento de capitalizar políticamente la imagen de la niña; para otros, fue una muestra de cercanía y autenticidad. En medio del debate, lo que queda en evidencia es la persistencia de un falso feminismo que opera con una doble vara.
Ese falso feminismo aplaude, en teoría, la libertad de las mujeres para decidir sobre sus cuerpos, sus trayectorias y su maternidad. Pero cuando una mujer rompe los moldes tradicionales y decide integrar a sus hijos en su vida profesional, las críticas se multiplican. El mensaje implícito es claro: la mujer debe elegir, y cualquiera de las dos opciones (priorizar lo laboral o priorizar lo familiar) la expone al juicio. Si trabaja y “deja” a sus hijos, es una mala madre; si los incluye, es una oportunista. Se trata de un juego sin salida que refleja el machismo recubierto de discurso progresista.
La maternidad en espacios de poder incomoda. Ver a una madre con su hija en un escenario publico cuestiona la división rígida entre lo privado y lo público. Y en lugar de abrir una conversación madura sobre políticas de conciliación laboral, sobre salas de lactancia, guarderías en edificios públicos o licencias equitativas de crianza, el debate se reduce a moralismos y ataques personales.
La paradoja es que, mientras se critica a Rodríguez por cargar a su hija, son pocas las voces que cuestionan a fondo el sistema que obliga a la mayoría de las mujeres a ocultar la maternidad para poder “ser tomadas en serio”. Nadie señala con la misma dureza a los hombres que desatienden la crianza porque “están trabajando”. La vara crítica, nuevamente, se ajusta sólo a las mujeres.
En este contexto, el feminismo corre el riesgo de desvirtuarse cuando se utiliza como herramienta de censura en lugar de como movimiento emancipador. El verdadero feminismo no juzga a la madre que lleva a su hija a un evento, ni a la que prefiere dejarla en una guardería, ni a la que decide no ser madre. El verdadero feminismo entiende que la lucha está en ampliar las posibilidades, no en restringirlas.
El episodio de Mariana Rodríguez debería invitarnos a reflexionar menos sobre su decisión personal (que todas tomaríamos de tener la posibilidad) y más sobre lo que revela: seguimos atrapados en un sistema que exige a las mujeres sacrificarse constantemente en pro de ser “suficientemente madres” o “suficientemente profesionales”.
Tal vez el verdadero debate no sea si estuvo bien o mal llevar a la niña, o los motivos de esta, sino por qué seguimos empeñados en fiscalizar la maternidad ajena en lugar de exigir políticas que hagan posible que todas las mujeres puedan conciliar, sin culpas ni linchamientos, su derecho a trabajar, a criar y a existir en el espacio público.




















































