Pueblos indígenas enfrentan el despojo de sus tierras por obras que, bajo discursos de conservación, promueven el turismo
IVÁN LÓPEZ/PORTAVOZ
FOTO: ALEJANDRO LÓPEZ
La selva maya, uno de los pulmones más importantes del continente, enfrenta una destrucción acelerada impulsada por megaproyectos industriales, turísticos y ferroviarios que avanzan bajo el discurso del desarrollo. En su paso por la frontera sur, la Caravana Mesoamericana por el Clima y la Vida advirtió que la región atraviesa un punto crítico, el equilibrio ecológico de Mesoamérica está siendo sustituido por el interés económico y político de proyectos que alteran de forma irreversible los ecosistemas.
De acuerdo con datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), entre 2002 y 2022 México perdió más de 1.3 millones de hectáreas de selva, siendo Campeche, Quintana Roo y Chiapas los estados con mayor deforestación. La expansión del Tren Maya y del llamado Corredor Cultural Gran Selva Maya ha fragmentado corredores biológicos esenciales que conectaban reservas naturales en la región, esto afectó la migración y reproducción de especies emblemáticas como el jaguar, el tapir y el mono saraguato.
El discurso oficial de conectividad y conservación contrasta con la realidad que viven las comunidades indígenas y campesinas. Según el Instituto de Recursos Mundiales (WRI, por sus siglas en inglés), el 82 por ciento de la deforestación en la península de Yucatán está ligada a la construcción de infraestructura y actividades agroindustriales. Esta pérdida de cobertura vegetal agrava la erosión del suelo y altera los flujos de agua subterránea, lo que provoca la contaminación de cenotes y mantos freáticos.
Además, datos de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat) confirmaron que más de 600 comunidades indígenas han sido afectadas directa o de manera indirecta por la construcción de los tramos ferroviarios y las obras complementarias. Los impactos no solo son ambientales, sino también sociales, desplazamientos forzados, pérdida de tierras comunales y la disolución de prácticas agrícolas tradicionales que sostenían la economía local.
La Caravana Mesoamericana, que partió de Sonora y culminará su recorrido en Brasil durante la COP30, busca visibilizar estas heridas ambientales que trascienden fronteras. Con un mensaje claro, sus integrantes llamaron a replantear el modelo de desarrollo en el sur del país. Los pueblos, dicen, no se oponen al progreso, pero exigen que este no se construya sobre la destrucción de la tierra que los sostiene y del equilibrio natural que, una vez perdido, será imposible recuperar.






































