Sheila X. Gutiérrez Zenteno
La presión social de ser feliz en estas fiestas
─ ¡Abuelita!─ gritó la niña─. ¡Llévame contigo! ¡Cuando se apague el fósforo ya no te veré más! ¡Desaparecerás como la chimenea de hierro, como el ave asada y como el hermoso nacimiento! Después se atrevió a frotar el resto de los fósforos, porque quería conservar la ilusión de ver a su abuela.
Han Christian Andersen
Es mi última columna del año y decidí reflexionar un poco sobre lo que este período de fiestas implica para algunas personas. En una época en la que los medios de comunicación explotan esa idea irreal de felicidad por lo que poco se habla de cómo se vive la soledad, la tristeza, la economía o la violencia familiar en muchos hogares en este período (continuaré con el tema del sexting en enero).
Hace unos días vi en mis redes sociales una imagen que invitaba a las mujeres a no desesperar si por alguna razón no se había concretado durante el año que está por terminar alguna de sus metas. Algo que nos cuesta aceptar, sobre todo cuando atravesamos períodos complejos en nuestra vida, es que nos han educado para medir nuestros logros o éxitos a partir de lo que conseguimos en un período de 365 días. Esto es cruel, porque las circunstancias de vida no son las mismas para todas las personas.
Todos tenemos 365 días para alcanzar metas, pero no todos tenemos las mismas oportunidades y eso se refleja en cómo vivimos estas fiestas. Hay historias reales lejos de los comerciales de televisión navideños o de cierre de año que solo incentivan el consumo,pero niegan la realidad de cientos de personas. Pienso en quienes a pesar de haber trabajado de sol a sol todo el año, terminarán frustrados o frustradas, tristes o insatisfechas por decenas de razones.
Pienso en la persona que de nuevo no podrá conocer el mar porque no recibe aguinaldo y debe pagar la renta, la luz y el agua; pienso en la madre autónoma que a pesar de trabajar más de ocho horas de lunes a domingo, no podrá comprar el juguete que su peque le pide porque el precio es desorbitante. Pienso en el padre que a pesar de haberse esforzado estos 365 días del año no podrá costear una cena con lo mínimo, para intentar “vivir” la navidad que ve en los comerciales, pienso en la mujer que vive en un entorno de violencia y tendrá que pasar estas fiestas atendiendo a su maltratador o en la persona que desea disfrutar la navidad con su madre enferma y no podrá hacerlo porque esa noche debe trabajar porque le corresponde cubrir guardia.
Hay quienes insisten en señalar que el pobre es pobre porque quiere o porque no trabaja, pero eso no es cierto. Piense en alguien que recibe el salario mínimo y cubre la misma jornada de trabajo (o inclusive más horas) que alguien que tiene acceso a un empleo con un salario de seis o siete cifras; la desigualdad se hace presente.
Pensemos en quienes mantienen la ciudad funcionando: personal de limpia, veladores, bomberos, técnicos de luz o agua potable, meseras, cocineras, repartidores a domicilio, cajeras, por citar algunos, ellas y ellos ganan muchísimo menos que un político,pero la ciudad funciona gracias a su trabajo. ¿Cómo vivirán estas personas este período de fiestas? Le apuesto a que no ha pensado en esto.
Mientras un senador en este país ha recibido de aguinaldo 380 mil pesos, una mesera, si tiene suerte de tener un jefe responsable, recibirá 15 días de aguinaldo con el salario mínimo general vigente, dependiendo de la zona del país recibirá tres mil 733 pesos o unos cinco mil 500 pesos (Zona libre frontera norte). La realidad para muchos de estos trabajadores es otra, probablemente algunos de ellos y ellas recibirán un pago menor. Servidores públicos eventuales, profesionistas independientes, quienes trabajan en la informalidad, quienes laboran bajo esquemas de contrato sin prestaciones no recibirán un aguinaldo.
En su libro Daños colaterales: desigualdades sociales en la era global (2011) el filósofo y sociólogo Zygmunt Bauman señala que la desigualdad no es un error del sistema, el sistema de la modernidad líquida es una consecuencia del mismo, fue diseñado para funcionar así. La desigualdad es un daño colateral aceptado en beneficio de la desregulación (la brecha entre ricos y pobres) y el consumo, que finalmente hace que quienes menos tenemos aspiremos a vivir como quienes más poseen, así funciona el capitalismo. Y es cierto, para mí es claro que quienes más poseen usan a quienes menos tienen como espejos para enarbolar sus logros sociales, económicos o políticos.
Esta desigualdad se hace presente en estas fiestas, cuando intentamos vivir las celebraciones como los que más tienen, y aplicamos lo que el sistema nos ha enseñado: a medir nuestros “éxitos” en un lapso de 365 días sin considerar la estructura en la que estamos inmersos. La realidad de gran parte de quienes vivimos en este país, se aleja de los aguinaldos de 380 mil pesos, las cenas ominosas y recibir el año nuevo en París.
LA NIÑA DE LOS FÓSFOROS
La desigualdad de la que Bauman habla no es nueva. Tendría unos 10 años cuando una de mis vecinas, la señora Elvira, me prestó para leer un hermoso libro de Hans Christian Andersen (los libros en casa eran un lujo tal vez por eso hoy los compro, para colocarlos en mis libreros y verlos), ansiaba hojearlo porque había visto que los cuentos venían acompañados de unos dibujos muy bonitos (en aquel entonces no sabía que se llamaban ilustraciones). Siempre he dicho a modo de broma que leer a Andersen mató mi infancia, porque descubrí a través de sus relatos la desigualdad social y el dolor, pero hay uno en particular que quebró mi alma por lo que ahí sucede y por la época en que la historia tiene lugar: la niña de los fósforos (1845).
Este cuento infantil narra la historia de una pequeña que salió a la calle a vender fósforos para llevar algo de dinero a casa. Iba descalza porque perdió los zapatos que su madre le había dado porque eran muy grandes para su pie. Descalza y vestida con trapos, esa noche nevaba y buscó refugió fuera de una casa, temía regresar a la suya porque su padre le pegaría por no haber vendido ninguna cerilla. Sentía tanto frío que encendió un fósforo, deseaba calentar su cuerpo. Cada que encendía un cerillo veía cosas hermosas: comida caliente, un hermoso nacimiento, a su abuela fallecida que era la única que cuidaba de ella. No le contaré más para que usted descubra el final, pero no es fácil de leer.
El cuento de Andersen se ubica en el día de San Silvestre, el último del año. Si bien no describe a profundidad cómo la niña vivía, se entiende que lo hace en un entorno difícil, donde hay un padre violento y una madre que intenta cumplir con su rol. La niña intenta llevar unas monedas a casa vendiendo fósforos, pero ese último día del año nadie le compra. Es invisible para quienes corren por las calles y llegarán a casa a disfrutar de un lugar cálido y una cena caliente. Este cuento de Andersen te estruja el corazón y en el camino busca hacernos pensar en la compasión hacia quienes menos tienen, reconocerlos y volverlos visibles (ya luego le contaré como Pilar Martin Gila cambió el final de este cuento en una serie de poemas).
El punto es que esa desigualdad de la que Andersen habla implícitamente en La niña de los fósforos sigue presente en estas fechas, decenas de personas la viven en las calles, aún hoy hay gente que muere de frío en las calles o en sus casas y en pleno 2025, muchas de esas desigualdades se camuflan entre luces, pinos y esferas. Están ahí, frente a nosotros, pero elegimos no verlas. Si no me cree, dé una vuelta a las afueras de cualquier hospital público el 31 de diciembre cerca de la media noche.
LA DEPRESIÓN BLANCA O LA PRESIÓN SOCIAL POR SER FELIZ
En esta época la depresión se exacerba. Esto tiene un nombre, se le llama depresión blanca. No se le reconoce propiamente como un trastorno aunque se le considera un estado de ánimo negativo inherente a esta época. Los síntomas son múltiples: insomnio, ansiedad, tristeza, falta de apetito, mal humor. En el cierre de año, el aislamiento social, los duelos, el estrés laboral y las expectativas sociales son los principales factores que incrementan los índices de depresión durante estas fechas.
Cómo no deprimirse cuando nos bombardean por todas partes con historias de amor que se concretan de la nada, milagros a la vuelta de la esquina, vidas que por azares del destino convergen y solucionan problemas de todo tipo (de salud, económicos, laborales, emocionales). Quién no quisiera que Santa Claus apareciera y solucionara nuestras cuitas, pero hasta el hombre del traje rojo es una invención de la mercadotecnia moderna (el Santa Claus que usted conoce, el del Jo-jo-jo y la barba blanca, fue estandarizado por una refresquera, el Papá Noel real se llama San Nicolás de Bari, fue un obispo que repartía regalos en el siglo IV).
En esta época la soledad, el estrés financiero, las altas expectativas que el mismo sistema nos impone para sentir que somos exitosas (os) y ganadoras (os), la nostalgia, los recuerdos del pasado, las ausencias se convierten en el cóctel perfecto para detonar ansiedad y depresión. Y el problema no son ni la Navidad o el cierre de año sino lo que socialmente hemos construido alrededor de ellas, hemos colocado en ambas festividades expectativas sociales de felicidad y de consumo que la mayor parte del tiempo son irreales.
¿En realidad alguien necesita cambiar su decoración navideña cada año? No, pero el consumo nos ha vendido la idea de que repetir esferas y decorar con lo mismo es algo pasado de moda.
Cuando era adolescente, discutía con mi padre y mi madre porque yo deseaba asistir a uno de esos famosos bailes de fin de año que organizaban en la ciudad (hace 30 años eran lo más top de la sociedad tuxtleca); soñaba bailar vistiendo un hermoso vestido negro estilo princesa, no era posible pagar tal cosa. Ambos me decían que lo importante era estar juntos, como mi familia, no rodeados de personas que no conocíamos. Tuve que perder a mi padre para entender lo importante: no era el lugar y sí las personas lo importante.
Necesitamos empezar a reconocer que vivimos en un sistema que privilegia el poder del dinero y el éxito sobre conceptos como la tranquilidad o la paz, necesitamos reconsiderar que hemos hecho de estas fiestas una oda al consumo, a crear escenarios irreales que provocan frustración, dolor y depresión en las personas porque difícilmente podemos alcanzar lo que nos muestran. En México, 3.6 millones de adultos padecen depresión, de los cuales un porcentaje son casos severos. Imagine a un adulto mayor, que vive solo o solas, lidiar con la navidad y el tema de la soledad cuando se les vende un determinado concepto de felicidad por todas partes.
A quienes pasarán estas fechas especiales en un hospital o en casa cuidando de un familiar enfermo, a quienes estarán trabajando mientras otros celebran, a las mujeres que atraviesan situaciones difíciles, a quienes no cuentan con un techo, a las y los invisibles, a quienes pasarán estas fiestas en soledad, a todas y todos aquellos que no encajan en lo que los medios de comunicación nos venden como la navidad y la celebración de año nuevo perfecta…. Gracias por resistir.

















































