Sus historias revelan la desigualdad que persiste incluso en los días destinados a la ilusión infantil
YUSETT YÁÑEZ/PORTAVOZ
El semáforo cambia a rojo y el flujo de vehículos se detiene, entre claxonazos impacientes y miradas esquivas, Lupita se acerca a un automóvil con un trapo húmedo en la mano, no hay coronas ni camellos, tampoco regalos envueltos en papel brillante, en los cruceros de Tuxtla Gutiérrez, el Día de Reyes no llega con magia, sino con la rutina cruda de sobrevivir entre el humo del escape y el sol que cae a plomo sobre el asfalto.
Mientras miles de niñas y niños despiertan con la ilusión de encontrar juguetes junto al árbol o los zapatos, para quienes trabajan en la vía pública el 6 de enero es una fecha más en el calendario laboral. La celebración se transforma en contraste: abundancia y escasez conviven a pocos metros de distancia.
Lupita recordó que alguna vez también esperó a los Reyes Magos. Hoy, esa ilusión quedó anclada en la infancia.
“Trabajando… de limpiapabrisas. Limpiamos carro. Mis días de reyes cuando era niña me llevaban así con reyes, me regalaban juguetes… y ya crecí trabajando. ¿Qué anhelo? Pasar con mi familia y estar todos juntos”.
Su testimonio resume el sentir de muchas mujeres que subsisten del comercio informal en los cruceros. De acuerdo con datos del INEGI y diagnósticos municipales, en Tuxtla Gutiérrez cientos de personas obtienen su ingreso diario en semáforos, banquetas y avenidas de alto flujo. Para ellas, no hay descanso ni días festivos; cada jornada representa la posibilidad o no de llevar comida a casa.
Pero la precariedad económica no es el único desafío. El entorno suele ser hostil. Insultos, rechazo y estigmatización forman parte del paisaje cotidiano.
“Es mucho, muy difícil. Todo el día te lo pasas aquí, casi no levantas nada o luego te insultan… que sean buena persona con nosotros, porque es mejor buscar la moneda así que en vez de robarlo”.
En puntos emblemáticos como el Reloj Floral o el crucero de la Torre Chiapas, la vulnerabilidad se vuelve visible y, en muchos casos, heredada. La falta de oportunidades laborales, el acceso limitado a la educación y la necesidad inmediata empujan a familias completas a la calle. Niñas, niños y jóvenes crecen entre semáforos, aprendiendo desde temprana edad que el sustento depende de la voluntad de un conductor.
Marcela Anahí es una de ellas. A su corta edad, ya carga con la responsabilidad de la maternidad y el cuidado de sus hermanos. Su deseo de Reyes no es para ella.
“Trabajando. Es mi hermanito y mi sobrinito, y tengo una hija. ¿Qué desearías? Que le regalaran su juguete a mi bebé. Una muñeca para mi bebé”.
Su voz se pierde entre el ruido de los motores, pero su anhelo es claro: regalar un momento de felicidad a su hija. En Tuxtla Gutiérrez, la postal del Día de Reyes se divide entre plazas comerciales abarrotadas y semáforos donde manos pequeñas piden una moneda. Dos realidades que coexisten sin mirarse de frente.
Organizaciones civiles y autoridades reconocen que la problemática de las personas en situación de calle y del trabajo informal en cruceros requiere atención integral: empleo digno, educación, apoyo social y políticas públicas que rompan el ciclo de la pobreza, sin embargo, para Lupita, Marcela y muchas otras personas, esas soluciones parecen lejanas.
Este 6 de enero, mientras en muchos hogares se parte la rosca y se comparten risas, en los cruceros de la capital chiapaneca el pedido a los Reyes Magos es sencillo y profundo: respeto, un trato digno y la esperanza de que algún día la infancia no se viva entre el asfalto. Porque también ahí, entre semáforos y claxonazos, habita la otra cara de la ilusión.




















































