La tensión por tala, incendios y saqueo persiste en una de las áreas naturales más valiosas de Chiapas
IVÁN LÓPEZ/PORTAVOZ
A 23 años de su declaratoria como Reserva de la Biosfera por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), el Volcán Tacaná se encuentra en un punto de inflexión entre la conservación ambiental y la presión humana sobre su territorio. Con poco más de 13 mil hectáreas protegidas, esta Área Natural Protegida (ANP) concentra ecosistemas estratégicos para el sur de Chiapas, pero enfrenta amenazas constantes que ponen a prueba la capacidad institucional y comunitaria para resguardar uno de los volcanes más importantes del país.
Conforme a la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP), México cuenta con 182 ANP federales que cubren alrededor del 11 por ciento del territorio terrestre, muchas de ellas con déficits de vigilancia. En el Tacaná, el saqueo de flora y fauna, la tala clandestina y los incendios forestales durante el estiaje se mantienen como riesgos persistentes.
Ante este escenario, la agenda de la reserva se ha reorientado hacia el ordenamiento territorial y el manejo comunitario. La mejora de accesos, el control del turismo y la protección de la parte alta y media del volcán buscan reducir la presión sobre zonas frágiles. Según datos de la Secretaría de Turismo, el ecoturismo en áreas naturales protegidas ha crecido más del 20 por ciento en la última década, lo que obliga a equilibrar conservación y aprovechamiento responsable.
Uno de los proyectos más ambiciosos es la ampliación del territorio protegido hasta alcanzar 45 mil hectáreas, que agrupa zonas de Huixtla y áreas del lado guatemalteco. Esta expansión permitiría fortalecer la protección de cuencas y mejorar la conectividad ecológica. La Comisión Nacional Forestal ha documentado que las regiones con mayor continuidad forestal reducen hasta en 30 por ciento el impacto de incendios y degradación ambiental.
En paralelo, avanza la propuesta del Geoparque Tacaná y la posibilidad de una reserva binacional. De concretarse este esquema entre México y Guatemala, el Tacaná no solo reforzaría la protección de especies emblemáticas como el quetzal y el pavón, sino que consolidaría un modelo de cooperación ambiental en una región donde la conservación, 23 años después, sigue siendo un desafío en construcción.






































