La combinación de educación, atención médica especializada y herramientas terapéuticas basadas en evidencia abre una posibilidad concreta
ARGENIS ESQUIPULAS/PORTAVOZ
En Chiapas, la salud no se mide únicamente en cifras oficiales ni en diagnósticos aislados. Se manifiesta, más bien, en una contradicción cotidiana que atraviesa comunidades, familias y generaciones enteras. En un mismo territorio —y, a veces, dentro de una misma casa— conviven la obesidad y la desnutrición, el exceso y la carencia, la abundancia de azúcar y la ausencia de nutrientes esenciales. Es una crisis silenciosa, profunda, que no siempre ocupa titulares, pero que se refleja todos los días en los consultorios médicos.
Desde una clínica en Tuxtla Gutiérrez, la doctora Erika Cruz Teco observa ese contraste de forma directa. Médica general, egresada de la Universidad Pablo Guardado Chávez, con diplomado en bariatría clínica, su práctica profesional se ha convertido en un punto de encuentro entre dos realidades aparentemente opuestas: el aumento acelerado del sobrepeso y la obesidad, y la persistencia de la desnutrición en amplias zonas indígenas del estado.
“No es raro que en una misma región llegue a consulta un niño con obesidad y, al mismo tiempo, un niño con desnutrición”, explicó. “Y muchas veces no es porque no haya comida, sino porque lo que se consume no nutre”.
Durante décadas, la imagen más extendida de Chiapas estuvo asociada a la carencia alimentaria. Hoy, sin embargo, esa narrativa convive con otra que avanza con rapidez: la obesidad, particularmente en la infancia. La transición alimentaria —marcada por el abandono de alimentos tradicionales y el consumo creciente de productos ultraprocesados— ha transformado profundamente la manera en que se come, se crece y se enferma en el estado.
En su experiencia clínica, la doctora Cruz Teco observa una tendencia clara: cada vez llegan más niños con sobrepeso. Pero el problema no se limita al peso corporal. Lo verdaderamente alarmante son las enfermedades que acompañan a ese exceso desde edades cada vez más tempranas.
Hoy no es excepcional diagnosticar diabetes tipo 2, hipertensión arterial, apnea obstructiva del sueño, insuficiencia cardíaca o retrasos en el desarrollo psicomotor en pacientes de apenas ocho o 10 años. Incluso las fracturas frecuentes, asociadas a fragilidad ósea, comienzan a aparecer en cuerpos que deberían estar en pleno crecimiento.
“¿Qué hace un niño de 10 años con diabetes?”, se preguntó la médica. “¿Qué hace un niño de esa edad con insuficiencia cardíaca o con apnea del sueño?, son enfermedades que antes solo veíamos en adultos”.
Las cifras respaldan esta percepción clínica. De acuerdo con estimaciones recientes y con la experiencia cotidiana en consulta, alrededor del 40 por ciento de los niños en Chiapas presentan sobrepeso u obesidad. El dato no solo habla de un problema de salud, sino de un cambio profundo en los hábitos alimentarios y en el entorno social.
Uno de los factores más determinantes en este fenómeno es el consumo de bebidas azucaradas. En muchas comunidades, especialmente en Los Altos de Chiapas, el refresco embotellado se ha integrado a la dieta diaria de manera temprana y normalizada.
“Hay niños que desde los dos años ya consumen refresco como si fuera agua”, explicó la doctora Cruz Teco. “Eso tiene consecuencias graves: retrasa el crecimiento, afecta el desarrollo intelectual, provoca descalcificación ósea y predispone a diabetes infantil”.
El azúcar líquida actúa de forma particularmente agresiva en el organismo. No genera saciedad, pero sí picos constantes de glucosa en sangre. Con el tiempo, este consumo sostenido favorece la resistencia a la insulina, mantiene al cuerpo en un estado inflamatorio crónico y deteriora órganos y sistemas de manera silenciosa.
“Por eso muchas personas dicen que se sentían bien”, señaló la médica. “El cuerpo aguanta durante años. Aguanta hasta que ya no puede más”.
Ese punto de quiebre suele aparecer en la adultez. En el consultorio, la mayoría de los pacientes adultos no llegan para prevenir, sino para atender una descompensación metabólica. Diabetes fuera de control, crisis hiperglucémicas, hipertensión severa, daño renal, neuropatía, retinopatía diabética. Muchos de ellos tenían diagnóstico previo, pero abandonaron el tratamiento o nunca modificaron su estilo de vida.
“Llegan cuando ya están descompensados”, explicó. “Son pacientes que tenían tratamiento, pero no lo seguían”.
Las cifras reflejan esta realidad. Se estima que alrededor del 36 por ciento de los adultos presentan obesidad, mientras que cerca del 26 por ciento de los jóvenes entre 15 y 20 años ya se encuentran en ese rango. El problema no es individual: es familiar, social y estructural.
“Tenemos adultos que no se cuidan y, como consecuencia, niños obesos”, afirmó la doctora. “El entorno familiar es determinante”.
En ese contexto, las políticas públicas orientadas a la infancia, como la eliminación de productos ultraprocesados y bebidas azucaradas en escuelas primarias, han generado debate. Para la doctora Cruz Teco, se trata de un paso en la dirección correcta, aunque claramente insuficiente.
“Somos consumidores de nuestro entorno”, explicó. “Si el estímulo está ahí, lo consumimos. Quitar esos productos de las escuelas ayuda, pero la educación real empieza en casa”.
La especialista es clara en un punto que suele incomodar: la obesidad infantil no es responsabilidad del niño.
“Un niño come lo que el adulto le da. Si el padre no se cuida, ¿cómo va a elegir nutrición para su hijo?”, cuestionó.
En los últimos años, el abordaje médico del sobrepeso y la obesidad ha incorporado nuevas herramientas terapéuticas. Entre ellas, los tratamientos basados en análogos del GLP-1, una hormona que el cuerpo humano produce de forma natural y que regula la saciedad y el metabolismo.
Aunque su popularidad ha crecido de forma exponencial en redes sociales, la doctora Cruz Teco insiste en que no se trata de una moda pasajera. “Es un medicamento que ya existía”, explicó. “Lo que ocurre es que en México su uso se aprobó de manera más amplia apenas en los últimos años”.
El GLP-1 actúa en distintos niveles: retrasa el vaciamiento gástrico, disminuye el apetito, mejora el control de la glucosa y tiene efectos positivos sobre la presión arterial y la salud cardiovascular. En pacientes diabéticos, los cambios pueden observarse en cuestión de semanas.
“Las cifras de glucosa mejoran desde la primera semana”, afirmó. “Pacientes que estaban en 200 empiezan a bajar. Pacientes hipertensos comienzan a reducir su presión, incluso a disminuir medicamentos”.
Sin embargo, el acceso creciente a estos tratamientos también ha traído consigo un riesgo importante: la automedicación. Cada vez más personas los utilizan sin supervisión médica, guiadas por recomendaciones en redes sociales o testimonios incompletos.
“Veo pacientes que dicen que no han bajado nada, y cuando revisamos, nunca se hicieron estudios previos”, explicó.
Para iniciar un tratamiento de este tipo, insiste, es indispensable una valoración integral: biometría hemática, química sanguínea, perfil tiroideo, hemoglobina glicosilada, evaluación de función renal y hepática, así como medición del riesgo cardiovascular.
“La obesidad es una enfermedad”, subrayó. “Y toda enfermedad se estudia”.
Más allá del medicamento, la doctora hace una distinción que considera fundamental: bajar de peso no es lo mismo que combatir la obesidad. El primer objetivo puede lograrse de manera rápida; el segundo implica un cambio profundo y sostenido en la forma de vivir.
“El paciente que solo quiere ver bajar el número en la báscula puede lograrlo”, explicó. “Pero si no cambia hábitos, el rebote es inevitable”.
En ese proceso, el GLP-1 funciona como un facilitador, no como un sustituto del esfuerzo personal. “Es como inyectar fuerza de voluntad”, describió. “Reduce el deseo por el azúcar, por los refrescos, por la comida ultraprocesada. Hace que el proceso sea más fácil, pero no automático”.
El cambio real ocurre cuando la alimentación se vuelve consciente y el ejercicio se integra a la rutina diaria. Al menos 30 minutos de actividad física, explicó, no solo impactan el peso corporal, sino también la salud mental y emocional.
“El ejercicio no es solo sudar”, señaló. “A nivel cerebral libera sustancias que mejoran el estado de ánimo, reducen el estrés y aumentan la energía”.
Cuando ese cambio se consolida en una persona, el impacto se expande. “Si el adulto deja de consumir refresco, el niño también. Si el padre hace ejercicio, el hijo lo imita”, explicó. “El cambio se vuelve colectivo”.
En un estado como Chiapas, donde la obesidad y la desnutrición coexisten como expresión de una misma desigualdad estructural, no existe una solución única ni inmediata. Pero la combinación de educación, atención médica especializada y herramientas terapéuticas basadas en evidencia abre una posibilidad concreta: que la salud deje de ser una contradicción y empiece a convertirse en una decisión consciente, sostenida y compartida.




















































