May Rosas
Epidemia nacional: Simulación (cuando la seguridad se vuelve discurso y no realidad)
En México la seguridad se volvió un relato, no porque no existan datos, sino porque los datos se eligen como se elige una foto para campaña: con el mejor ángulo, con la luz correcta, con el recorte que hace desaparecer lo incómodo; así se construye el “vamos mejor”, así se fabrica el “ya hay paz”, así se instala la idea de que la realidad es lo que cabe en una lámina, y lo demás (la calle, el transporte, el negocio de la esquina, la ruta escolar, el mercado) es exageración, politización, “sensación”.
Pero la seguridad no es una sensación, es una rutina que se rompe; cuando una madre cambia el camino para evitar una avenida, cuando un comerciante sube el precio porque ahora paga “cuota”, cuando la gente deja de salir de noche, cuando el silencio se vuelve estrategia de supervivencia, eso no es percepción: es adaptación a un entorno donde el riesgo se normalizó.
Aquí está el punto central, la gran trampa de nuestro tiempo: el Gobierno puede presumir una baja en un indicador y aun así la gente puede vivir peor; puede haber menos homicidios registrados y más extorsión, menos denuncias y más delitos, más decomisos y más control territorial, más “operativos” y menos tranquilidad; la conferencia celebra números, la ciudadanía administra el miedo.
¿POR QUÉ ESA DISTANCIA CRECE? POR TRES MECANISMOS SIMPLES
Primero: se mide lo que conviene, se ignora lo que duele.
Cuando el discurso se amarra a un solo termómetro, el homicidio por ejemplo, se vuelve fácil declarar victoria; el problema es que la vida cotidiana no se resume en una tasa, el ciudadano no pregunta cuántas carpetas se iniciaron, pregunta si puede cruzar la ciudad sin que lo paren, si puede abrir su negocio sin pagar, si puede denunciar sin represalias, si puede volver a casa sin pensar en quién controla la calle.
Segundo: el subregistro es un aliado silencioso del triunfalismo.
En un país donde la mayoría de los delitos no se denuncia y, peor aún, donde incluso denunciando no siempre se investiga, la “incidencia” que aparece en tablas puede ser apenas la superficie; si la gente deja de denunciar porque no confía, porque teme, porque sabe que no pasará nada, entonces el sistema registra menos, y esa caída se vende como mejora; el discurso se alimenta de la ausencia, la estadística se convierte en una coartada.
Tercero: el relato sustituye a la rendición de cuentas.
Detenciones, aseguramientos, conferencias, frases contundentes, nombres de operativos, siglas nuevas, uniformes nuevos; todo eso puede existir y aun así no tocar el corazón del problema: la impunidad, la captura de territorios, la economía criminal que se incrusta en lo cotidiano, la corrupción que abre puertas y cierra expedientes; el Estado narra resultados, la ciudadanía pide consecuencias.
La frase “repetir una mentira 100 veces no lo vuelve una verdad” aplica perfecto porque la seguridad se ha convertido en una disputa de repetición: la repetición del “vamos ganando” contra la repetición del “ya no salgo”, la repetición del “son casos aislados” contra la repetición del “aquí ya se paga”, la repetición del “estamos presentes” contra la repetición del “nadie vino”.
Y esto no es un pleito abstracto entre optimistas y pesimistas; es un choque entre dos formas de realidad: la realidad administrada desde arriba y la realidad experimentada desde abajo, una vive de promedios, la otra vive de historias concretas; una presume tendencia, la otra recuerda nombres, lugares, horarios, rutas, caras.
El país no necesita un discurso más fuerte, necesita un método más honesto: un Gobierno que diga qué mide, qué no puede medir, qué está empeorando aunque una cifra mejore, y qué hará distinto para que la denuncia no sea un acto de valentía; y una conversación pública que no se trague el titular fácil, que no confunda “menos registro” con “menos delito”, que no premie el aplauso a la estadística y castigue la exigencia de resultados
La paz no se decreta; se nota cuando la gente deja de ajustar su vida para sobrevivir, cuando vuelve la costumbre de confiar, cuando denunciar no es ponerse una diana en la espalda, cuando el Estado no necesita convencerte de que estás seguro porque tú, simplemente, lo estás.
Gracias querido lector, con gusto recibo comentarios, NOS LEEMOS EN LA PRÓXIMA…


















































