May Rosas
Adelgazar la democracia para engordar las ambiciones
Las reformas electorales suelen llegar envueltas en un discurso de santidad democrática; nos venden que vienen a purificar el voto, a abaratar costos, a devolverle el poder al pueblo. La que acaba de anunciar Claudia Sheinbaum no es la excepción. Viene con manteles largos y un decálogo que, en apariencia, haría sonrojar de envidia a cualquier tecnócrata suizo, con un recorte del 25 por ciento al gasto electoral, fiscalización más dura, candados al nepotismo, regulación de la inteligencia artificial en campañas, y hasta la promesa de que los bots dejen de hacer de las suyas en redes sociales. Suena bonito, aunque el ciudadano de a pie no lo entienda. Pero cuando uno le rasca un poco a la propuesta, descubre que la quirúrgica intervención para adelgazar al Estado electoral es, en realidad, una liposucción bien dirigida,se va la grasa de unos, pero los huesos del pastel se reparten en la mesa chica de Palacio Nacional. La reforma electoral no es solo un ajuste de tuercas a la democracia; es el primer tiro de salida para la sucesión presidencial de 2030. Es, ni más ni menos, la madre de todas las batallas entre los socios de la 4T: Morena, PT y PVEM. Mientras el oficialismo se frota las manos, la oposición ve cómo le cambian el tablero cuando apenas estaba aprendiendo a mover las fichas.
Ahí está Manuel Velasco, coordinador de los senadores del PVEM, afilando el cuchillo y sacando cuentas. El buen Manuel, con esa sonrisa de quien sabe que su partido saldrá bien librado, ya adelantó que coinciden en un 95 por ciento con la iniciativa presidencial. ¿Noventa y cinco por ciento? Eso no es coincidencia, es una declaración de amor, o más bien, la confirmación de que el pastel ya está siendo partido y que al Verde le toca una rebanada con suficiente betún. Cuando un partido satélite dice sentirse casi completamente satisfecho con una reforma que, en teoría, debería afectar a todos por igual, lo que está diciendo es que solo falta la cereza. El cinco por ciento de discrepancia es apenas el margen para simular que hubo debate, para poder salir en los medios diciendo que defendieron sus principios. Pero en los hechos, Velasco ya firmó, ya aceptó, ya se subió al tren.
El reparto está en marcha, y mientras los verdes ajustan el cinturón para que no se les caigan las migajas, los del PT hacen malabares para no quedar fuera del cuadro básico. La eliminación de la lista nacional para el Senado y la reasignación de los plurinominales no es un simple capricho aritmético, es una ingeniería de precisión para que los partidos pequeños entiendan que su supervivencia depende de su lealtad, no de su votación. Adiós a la proporcionalidad pura; hola a la disciplina férrea. Si usted es de los que todavía cree que el Verde o el PT pueden algún día desmarcarse de Morena, esta reforma le demuestra que está soñando despierto. El nuevo mecanismo de asignación de curules, donde 97 pluris se otorgarán a los candidatos perdedores con mejores porcentajes, es una invitación a que los aliados se fundan con el partido grande.
Don Jesús Reyes Heroles, aquel priista ilustrado que impulsó la reforma política de 1977, debe estar retorciéndose en su tumba. En aquel entonces, la jugada era abrir la compuerta para permitir la entrada de la izquierda (entonces proscrita) al juego institucional, crear la figura de los diputados de partido y darle oxígeno a un sistema que se asfixiaba en su propia cerrazón. Reyes Heroles entendió que la única manera de salvar al régimen era democratizarlo, así fuera a cuentagotas. Su reforma fue una apuesta por la inclusión, por sumar voces, por construir un andamiaje que diera cauce a la disidencia. La reforma de la presidenta Sheinbaum, en cambio, tiene un perfume distinto. Huele a recinto cerrado. A pacto entre caballeros y damas del mismo bando. Mientras que la del 77 buscaba que cupieran más, esta busca que sobren menos. La del 77 era un llamado a la inclusión, esta es una depuración. Y el soundtrack de fondo, aunque nadie lo ponga oficialmente, es una canción de Molotov: “Gimme Tha Power”: “Dame, dame, dame todo el power para que te demos en la madre”. Porque en el fondo, de eso se trata, de concentrar el poder para, llegado el momento, tener la fuerza suficiente para darle en la madre a cualquier disidencia, a cualquier oposición, a cualquier estorbo que pretenda interponerse en el camino de la autollamada transformación.
El recorte del 25 por ciento al costo electoral suena a música celestial para el contribuyente, hasta que uno se pregunta a quién le están recortando realmente. Se bajan sueldos de consejeros del INE (siempre odiados por el lopezobradorismo), se eliminan duplicidades y se ponen topes candados. En el papel, es una fiesta de austeridad. En la práctica, es desmantelar la estructura que permitía contrapesos locales. Pero el verdadero manjar de esta reforma no está en lo que quita, sino en lo que pone. La prohibición del nepotismo y de la reelección inmediata a partir de 2030 es un misil dirigido contra las dinastías locales, sí, pero también es una forma de congelar el tablero. Y en medio de esta ingeniería electoral, los migrantes. Crear una circunscripción extraterritorial y elegir diputados por voto directo desde fuera es también una forma de contrarrestar el peso de los migrantes conservadores que huyeron del país y que, en teoría, podrían votar en contra del partido oficial. La jugada es fina: se les da representación, pero se les encuadra en un distrito propio, sin mezclarse con los de adentro.
Lo que nos lleva al punto nodal, que es el 2027 y 2030. Esta reforma no es para las próximas elecciones; es para las que vienen después. Es un blindaje preventivo. La presidenta Sheinbaum sabe que el poder absoluto desgasta, que las mayorías calificadas suelen generar anticuerpos, y que el 2030 será una batalla feroz por la sucesión. Por eso ahora, con el viento a favor, redefine el mapa. Define quién puede ser candidato (los leales), cuánto pueden gastar (menos, para no dar ventaja al que tenga financiamiento externo), y cómo se cuentan los votos (con un sistema que premia al bloque compacto). Los más cínicos dirán que, con esta reforma, el INE se vuelve más barato, pero también más dócil. Que la fiscalización en tiempo real suena a amenaza para los partidos pequeños que no comulguen con el credo oficial. Y que la regulación de la inteligencia artificial y los bots, en manos de un Gobierno con mayoría, puede convertirse en el mejor censor digital que haya tenido México desde el tiempo del candado priista.Cuando el 2030 llegue, muchos despertarán y descubrirán que el tablero ya estaba pintado, que las reglas estaban hechas para que solo un color pudiera ganar. Reyes Heroles les dio voz a los que no tenían. Esta reforma, en cambio, reordena las voces para que todas suenen a la misma tonada.
Gracias querido lector, con gusto recibo comentarios, NOS LEEMOS EN LA PRÓXIMA…




















































