Con 37 áreas naturales decretadas y fuerte presencia de pueblos originarios, se consolida como corazón de la biodiversidad
YUSETT YÁÑEZ/PORTAVOZ
La región que comprende los estados de Guerrero, Oaxaca y Chiapas no es solo una demarcación geográfica; es el epicentro de la complejidad social, la riqueza biológica y la diversidad cultural de México. Bajo la denominación de regional frontera sur y pacífico sur, este territorio enfrenta el desafío de conciliar la protección de sus ecosistemas con una realidad agraria y social única en el país, la tierra está, mayoritariamente, en manos de su gente.
Esta región se distingue por ser la más rica en biodiversidad de la nación, pero su verdadero valor reside en el tejido humano que la habita. Con un contexto social “interesante y complejo”, la zona alberga a 29 pueblos originarios y a la población afromexicana, lo que representa más del 40 por ciento de la diversidad étnica total de México.
Esta composición cultural no es un dato menor; es el eje rector de cualquier estrategia de desarrollo o conservación que pretenda tener éxito en el sur del país.
El impacto de las políticas ambientales en esta zona se mide en números monumentales. El equipo de trabajo regional opera en cerca de 200 municipios y más de dos mil 200 localidades. El universo de acción directa alcanza a 300 mil personas que residen dentro de los polígonos de las Áreas Naturales Protegidas (ANP), una cifra que se multiplica exponencialmente al integrar a las poblaciones situadas en las zonas de influencia, con quienes se mantiene una interacción permanente y dinámica.
Actualmente, la región cuenta con 37 áreas naturales protegidas por decreto federal. Sin embargo, la cifra que realmente destaca la vocación conservacionista de los habitantes es la existencia de cerca de 160 Áreas Destinadas Voluntariamente a la Conservación (ADVC). Estas zonas no han sido impuestas por el Estado, sino establecidas por las propias comunidades y ejidos, dueños legítimos de los territorios, quienes han decidido proteger su patrimonio natural bajo sus propias reglas y sistemas de organización.
Uno de los pilares que define la gestión en el Pacífico Sur y la Frontera Sur es la dimensión agraria. A diferencia de otras regiones del país donde la propiedad privada predomina, aquí la propiedad social es la norma.
En el estado de Oaxaca, las cifras son contundentes, más del 80 por ciento del territorio es propiedad social, distribuido entre comunidades agrarias y ejidos. Por su parte, en Chiapas, más del 50 por ciento de la superficie se encuentra bajo este mismo esquema. Esta tenencia de la tierra implica que las decisiones sobre el uso del suelo, la explotación de recursos y la protección de la biodiversidad pasan necesariamente por las asambleas comunitarias.
“Entender la dimensión social asociada a la agraria es fundamental”, señalan expertos de la región.
La conservación en estos estados no puede entenderse sin la participación activa de los dueños de la tierra. La interacción constante entre las instituciones y los pueblos originarios es lo que permite que las áreas protegidas no sean solo “parques de papel”, sino territorios vivos con gobernanza local.
La Regional Frontera Sur y Pacífico Sur se mantiene como el laboratorio social y ambiental más importante de México. Un territorio donde la cultura, la tierra y la vida silvestre convergen en un equilibrio delicado que requiere de una visión integral para ser preservado.











































