En la clínica del Parque Tuchtlán, especialistas luchan por devolverle la dignidad a perros y gatos víctimas de violencia
YUSETT YÁÑEZ/PORTAVOZ
En los últimos meses, la capital chiapaneca ha registrado un repunte preocupante en los reportes de crueldad hacia los animales, transformando la labor de rescate en una carrera contra el tiempo y la indiferencia. Lo que comienza con una denuncia ciudadana, termina en un largo proceso de reconstrucción física y emocional para decenas de seres sintientes.
En este recinto, el compromiso de médicos veterinarios y rescatistas va más allá de la simple curación. Aquí, el objetivo es borrar las huellas de la violencia para ofrecer una segunda oportunidad de vida.
Actualmente, la clínica alberga a 14 perros que representan las heridas abiertas de la sociedad, animales que fueron rescatados de situaciones extremas de maltrato y abandono.
La atención de una mascota rescatada es un proceso meticuloso. No se trata solo de alimentar a un animal hambriento, sino de estabilizar organismos que han sido llevados al límite. La médica veterinaria Viniza Domínguez López, figura central en este proyecto de rehabilitación, detalló que el protocolo de ingreso es riguroso debido a la precariedad en la que suelen llegar los pacientes.
“A forma general, inicialmente después de un rescate, los pacientitos que llegan a la clínica pasan por una revisión, exploración física y seguimiento, principalmente si traen una herida expuesta o si necesitan un procedimiento quirúrgico. Posteriormente, proceden a resguardarse aquí en la clínica veterinaria”, explicó Domínguez López.
Muchos de estos animales llegan con cuadros severos de desnutrición, parasitosis y, en los casos más alarmantes, lesiones provocadas directamente por la mano humana.
El aforo actual de la clínica no es un número frío; son 14 historias de superación. Cada uno de los perros en recuperación es el resultado de una denuncia formal, un mecanismo que, aunque ha crecido en uso por parte de la ciudadanía, también revela la magnitud del problema en la ciudad.
El propósito fundamental de este espacio, según comenta la especialista, es el restablecimiento total de las condiciones de salud para que el animal deje de ser una “víctima” y se convierta en un “candidato”. El destino final siempre debe ser el mismo: un hogar donde el maltrato sea solo un recuerdo lejano.
La rehabilitación no sucede de la noche a la mañana. El daño óseo y muscular requiere paciencia y recursos que a veces escasean. Domínguez López señaló que la frecuencia de casos graves es alarmante, y el tiempo de estancia en la clínica se prolonga debido a la complejidad de las lesiones.
Alrededor de seis perros presentan actualmente fracturas y laceraciones profundas. Una recuperación completa para estos casos puede tardar de dos a tres meses.
Solo cuando el animal está física y psicológicamente estable, se considera apto para la adopción.
“Lamentablemente hay mucha frecuencia en casos de maltrato animal. La mayoría de los perritos que tengo han pasado recuperación larga”, lamentó la veterinaria. Esta estancia prolongada implica no solo cuidados médicos, sino un esfuerzo de socialización para que el animal vuelva a confiar en las personas.
A pesar del panorama sombrío que sugiere el aumento de la violencia, existe una luz de esperanza que se mide en resultados tangibles. Gracias a la labor coordinada en este proyecto, la cifra de animales que han encontrado una familia es alentadora.
“Aproximadamente vamos como unos 200 animalitos en adopción entre perros y gatos”, afirma Domínguez López con orgullo. Este número representa 200 vidas que salieron de las calles o de hogares abusivos para integrarse a dinámicas de respeto y cariño.




















































