Bajo el intenso sol de Tuxtla Gutiérrez, miles de mujeres transformaron el asfalto en un río de resistencia
YUSETT YÁÑEZ/PORTAVOZ
Eran las 4:15 de la tarde. El calor en Tuxtla Gutiérrez no solo se sentía en el termómetro, se respiraba en la indignación acumulada. El punto de reunión, la emblemática Benemérita Universidad Autónoma de Chiapas (UNACH), se convirtió gradualmente en un hormiguero de pañuelos morados y verdes. Lo que inició como un murmullo de consignas aisladas pronto se transformó en un estruendo colectivo que comenzó a avanzar sobre el Boulevard Belisario Domínguez.
La vanguardia no era solo una línea de personas; era un muro de memoria. Madres de mujeres desaparecidas y familiares de víctimas de feminicidio encabezaban el contingente, sosteniendo mantas donde los rostros de sus hijas, ahora convertidos en iconos de lucha, interpelaban a los transeúntes. A su lado, la Red de Psicoanalistas y Psicólogas de Chiapas marchaba con paso firme, recordando que la salud mental es también un derecho político en un estado donde la violencia es estructural.
Entre el contingente, la presencia de mujeres víctimas de violencia vicaria aquella que se ejerce sobre los hijos para dañar a la madre, marcaba una de las demandas más sentidas de esta jornada. Rosalba Estrada González, con la mirada firme a pesar del cansancio, compartía su motivo para estar ahí.
“Tengo seis años marchando, acompañando a mi hija, víctima de violencia vicaria”, comentó Rosalba mientras sostenía una pancarta. Al preguntarle sobre el crecimiento del movimiento, su respuesta fue contundente: “Es como debe de ser, porque juntas somos más y juntas podemos hacer más por todas. Solo pido que tomes esta imagen, que se vea que no estamos solas”.
Su testimonio resonaba en las jóvenes universitarias que, por primera vez, se sumaban a la movilización, creando un puente generacional unido por la misma exigencia: el derecho a una vida libre de violencia.
Mientras el contingente avanzaba, la ciudad no se detenía, pero sí se transformaba. En las aceras, el 8M también mostraba su faceta de supervivencia y apoyo mutuo. Elena, trabajadora de un restaurante sobre el boulevard, salía apresurada cada vez que el semáforo o el paso de la marcha se lo permitía para ofrecer botellas de agua a las manifestantes.
“Yo no puedo marchar porque tengo que cumplir mi turno, pero mi corazón está con ellas. Darles un poco de agua es lo mínimo que puedo hacer por las que están gritando por mis derechos también”, afirmó Elena, limpiándose el sudor de la frente.
A pocos metros, la marcha se convertía en un ecosistema económico temporal. Vendedores ambulantes, en su mayoría mujeres, ofrecían gorras para cubrirse del sol de 35 grados, banderas con la efigie de la lucha feminista, tortas para quienes no habían probado bocado y los tradicionales “bolis”. Para muchas de ellas, este día representaba la oportunidad de llevar un sustento extra a casa, evidenciando la precariedad laboral que también es una forma de violencia de género.
A medida que la marcha se acercaba al centro de la ciudad, las consignas se volvían más específicas, atacando los problemas raíz que asfixian al estado. Las pancartas y los megáfonos denunciaban:
-Embarazos infantiles: Se exigió la investigación automática de todo embarazo infantil como delito de violación, rechazando la normalización de la maternidad forzada en niñas.
-Infancias en la calle: El reclamo por los niños y niñas que crecen trabajando en los semáforos y boulevares de Chiapas fue una constante.
“No podemos normalizar que las infancias sean explotadas ante la mirada indolente del Estado”, gritaba un grupo de activistas.
-Mujeres indígenas y migrantes: La denuncia contra la violencia estructural hacia las mujeres indígenas y la vulnerabilidad extrema de las mujeres y niñas migrantes en la frontera sur fue uno de los pilares de la jornada. Se exigió el fin de la explotación y del llamado “porno ético”, que no es más que una nueva forma de mercantilizar los cuerpos vulnerables.
EL DERECHO A LA VERDAD: PERIODISTAS Y DEFENSORAS
Un bloque compacto de mujeres periodistas marchó bajo la consigna: “Defender a las periodistas es defender el derecho a la verdad”. En un estado donde informar puede costar la vida, las comunicadoras exigieron garantías de seguridad y el cese de la estigmatización desde las esferas del poder. Junto a ellas, las defensoras de la tierra y el territorio denunciaban el despojo y la crisis de desplazamiento forzado que afecta a diversas comunidades del estado.
A las 7:00 de la noche, cuando la oscuridad ya cubría la plaza central, rostros cansados, pero encendidos por esa luz que buscan de justicia, se dio inicio al pronunciamiento final frente a la sede del Gobierno del Estado de Chiapas.
El silencio se hizo denso cuando tomaron el micrófono las madres de víctimas de feminicidio. “No estamos todas, nos faltan ellas”, se escuchaba entre sollozos. Los testimonios de familiares de desaparecidas cortaron el aire.
El documento final leído ante la multitud fue una hoja de ruta para la justicia.
“Este 8 de marzo de 2026 no solo marchamos, exigimos acciones concretas: tipificación de la tentativa de feminicidio, eliminación de la objeción de conciencia en instituciones de salud que impide el acceso al aborto legal, y protección efectiva para las mujeres migrantes. Cada niña violentada es una responsabilidad del Estado”.
La marcha del 8M en Chiapas cada año crece, no solo en número, sino en profundidad. Ya no se trata solo de una conmemoración; es una exigencia de reforma política real y voluntad institucional para frenar una maquinaria de violencia que, hasta hoy, parece no tener freno. Las mujeres de Chiapas se retiraron de la plaza con la promesa de volver, porque mientras falte una, las calles seguirán siendo su campo de batalla.




















































