Tras ser rescatado en Veracruz, un ejemplar de tapir permanece bajo cuidados intensivos en el ZooMAT de Tuxtla Gutiérrez
YUSETT YÁÑEZ/PORTAVOZ
En el estado de Veracruz, específicamente en el municipio de Las Choapas, la vida de un gigante noble dio un giro inesperado. Un ejemplar de tapir, conocido científicamente como Tapirus bairdii, fue rescatado de condiciones inciertas para ser trasladado a un santuario de esperanza, el Zoológico Regional Miguel Álvarez del Toro (ZooMAT), en Tuxtla Gutiérrez. Hoy, este “jardinero de la selva” se encuentra en un periodo crítico de cuarentena, donde cada día cuenta para su recuperación y futura integración al programa de conservación.
El ZooMAT es reconocido internacionalmente por su pericia en el manejo de fauna neotropical, y este tapir un símbolo de la biodiversidad mesoamericana necesitaba a los mejores aliados. Actualmente, el ejemplar se encuentra bajo una estricta observación médica, en un aislamiento necesario para garantizar que ninguna enfermedad externa ponga en riesgo a la población residente del zoológico, ni que el estrés del rescate debilite su sistema inmunológico.
La naturaleza del tapir es fascinante pero frágil. De acuerdo con Carlos Guichard, director operativo del ZooMAT, estos animales son verdaderos sobrevivientes del tiempo, aunque su longevidad depende directamente del entorno.
“Los tapires son animales longevos que, en condiciones naturales, pueden vivir entre 14 y 18 años; sin embargo, cuando se encuentran bajo cuidado humano y reciben atención especializada, su expectativa de vida puede extenderse considerablemente”, explicó Guichard, subrayando que el ejemplar rescatado podría tener por delante décadas de vida si supera esta etapa de adaptación.
El cuidado que recibe en Tuxtla Gutiérrez no es menor. Se le ha asignado un espacio amplio que intenta replicar la espesura del dosel selvático, con acceso a cuerpos de agua vitales para su termorregulación y comportamiento natural y una dieta estrictamente diseñada para fortalecer su musculatura y pelaje.
El tapir puede parecer un animal extraño, una mezcla curiosa entre un elefante pequeño y un rinoceronte sin cuerno. Sin embargo, su valor social y ecológico es incalculable. Los especialistas los llaman “arquitectos de la selva” o “dispersores de vida”. Al ser herbívoros que consumen grandes cantidades de frutos, sus estómagos procesan las semillas más duras y grandes de los árboles nativos.
Al caminar kilómetros por la selva, el tapir va depositando estas semillas a través de sus excretas, funcionando como una sembradora natural que permite que la selva se regenere sola. Sin el tapir, muchos de los árboles que limpian nuestro aire y nos dan sombra en Chiapas y Veracruz simplemente dejarían de reproducirse.
“Son aliados naturales de los bosques tropicales, dado que ayudan a mantener la diversidad vegetal y la reproducción de especies de árboles propios de la selva”, destacó el especialista, haciendo énfasis en que salvar a este ejemplar es, en realidad, salvar un pedazo de nuestro futuro ambiental.
Por ahora, el visitante del ZooMAT no podrá ver al nuevo integrante. La recuperación de un animal silvestre requiere silencio, paciencia y mínima interacción humana para evitar que se “impronte” o se acostumbre demasiado a las personas. El equipo de veterinarios monitorea sus niveles de estrés y su apetito las 24 horas del día.











































