Omar Gasca
Vamos a una exposición. Si la convocatoria es buena, llegan 100, 200, 300 personas. Quizá más. Se saludan los amigos, beben algo y felicitan al artista. Después, pasa nada o muy poco: un par de notas en los medios, con algunas fotos, y una línea más en el currículum del artista. El público, ese sector de la sociedad que acudió y que constituye un potencial consumidor material, emocional e intelectual, ¿qué se llevó a casa? Nos referimos, por supuesto, a qué se le aportó en términos de conocimiento intelectivo y sensible, a qué reflexión se le convocó, de qué experiencia inmersiva fue partícipe y cómo se contribuyó con él a crear sentido en cuanto a los porqués, por cierto, no del arte, no del artista sino de la existencia, del mundo que habitamos tal cual lo hacemos, con sus dramáticas circunstancias.
Es viejo el debate (S. XIX), y algunos lo creen superado, entre la noción del “arte por el arte” y la del “arte con función social”. La pregunta es si el arte debe ser un agente de cambio o basta y sobra con que sea autoexpresivo y conmueva con sus valores artísticos y estéticos (función contra esteticismo). Los beneficios de las ciencias, las técnicas y las tecnologías –junto con el arte las grandes plataformas de aportación humana– no provienen de que sean sorprendentes y admirables sino de los cambios que introducen para transformar la realidad.
Tal realidad se presenta hoy como una compleja red de acciones y tensiones interconectadas, caracterizadas por la desigualdad, las crisis ambientales, la migración, los desplazamientos forzados, el expolio, la esclavitud vieja y moderna, la obsesión por el poder hegemónico y el abuso criminal, inmoral y asimétrico de la capacidad bélica, temas que no suelen ser comunes en la producción artística visual. ¿Por qué? ¿Miedo? ¿Comodidad? ¿Autocomplacencia? ¿Resultado de la aguda promoción del individualismo que Occidente lleva a cabo desde la segunda mitad de los 50 del siglo pasado? Son preguntas. Una más: ¿A quién verdaderamente interesa lo que el artista hace?
De otro lado está la autoexclusión, es decir la deriva que toma el artista al abandonar la producción en virtud de su propia precariedad, la falta de espacios y la prácticamente nula creación de públicos. Vivir de becas y premios o de maestrías y doctorados subvencionados es una alternativa, para muy pocos, igual que lo es la docencia en los niveles de educación superior. Producir sin retorno económico implica inversiones significativas que no se pueden sostener mucho tiempo. Como sea, a relativo corto plazo sobrevendrá el abandono.
Otros casos se explican por la autoinhibición: el artista se ve presionado a satisfacer los reclamos de las teorías y estéticas vigentes a efecto de merecer aprobación, pero no participa, porque no es lo suyo, quedando automáticamente impedido de pertenecer al club de un supuesto mainstream.
Hay que sumar a todo ello la falta de profesionalización, de referencias, de lecturas, de actualización, y el vicio recurrente de aproximarse –y eventualmente convertirse en uno de ellos– a toda clase de ultracrepidarios (hermosa palabra), sujetos que, desde la pantalla, el medio impreso o el salón opinan, aconsejan, determinan, “analizan” en torno a temas que están hasta el infinito y más allá del alcance de sus conocimientos.
Luego el arrinconamiento, esa acción trasnacional que favorece las ingenierías, las tecnologías y lo que se le parezca, en oposición a las artes, la filosofía y ciencias como la sociología, la antropología y otras. Una operación que se orienta a afirmar la materialidad, la utilidad económica y práctica, la linealidad del pensamiento, los determinismos del mercado, el individualismo y la competitividad, marginando, descalificando, desaprobando toda aquella disciplina, corriente o tendencia que resuelva indagar, cuestionar, proponer, criticar. Va de la mano con lo que publican las editoriales, lo que acogen las galerías, lo que difunden los medios, con excepciones, porque armonizan con el eje rector de la cuestión: la ganancia, además de que se suscriben a conceptos colonizados del liderazgo, otra vez occidental, un poco en el sentido en que Max Weber definía a un líder “…es la persona encargada de guiar a otras por el camino correcto…”. Michel Ragon preguntaba: “¿el arte para qué?” (L’art pour quoi faire, 1971), para explorar su sentido. Hoy la misma frase se emplea en algunos ámbitos con ánimo únicamente de desprecio: “¿Para qué sirve eso?”.
El camino correcto es, a todas luces, en muchos casos, una imposición, aunque, todavía más, es una apropiación. Pensemos en el arte: el expresionismo abstracto, el geometrismo, la instalación, el performance, las derivaciones del nuevo brutalismo, el minimalismo, la estética biofílica, el arte digital, la realidad aumentada, el arte generativo, el arte de datos, ¿dónde se originan? ¿Quién los valida? ¿Cómo se promueven? ¿Por qué los seguimos? Son preguntas.
Muchas preguntas parecen haberse respondido a lo largo de los años, pero la cultura no es estática y sus verdades no son eternas. Tales verdades actúan como contratos sociales temporales. Por más empeño que se ponga en sostenerlas, en conservarlas, la realidad impone cuotas de provisionalidad que a su vez exigen preguntas, unas nuevas y otras, las de siempre. Por ejemplo, ¿cuál es el sentido actual del arte? A muy grueso modo, la cultura toda, todas sus expresiones, son una respuesta humana a un entorno que siempre cambia. ¿Vemos el presente a través de un espejo retrovisor? (McLuhan). ¿Ya lo sabemos todo? ¿Leímos un mal traducido resumen de una copia del libro de 1835 de Théophile Gautier y nos quedamos con sus afirmaciones para siempre?
De algo como esto hablaremos –preguntaremos– el jueves 19 de marzo, de 18 a 20 horas, en línea, con Manuel Velázquez. Inscripciones: galeriaalergia@gmail.com.




















































