El encarecimiento crítico de productos básicos reduce drásticamente los márgenes de ganancias
YUSETT YÁÑEZ/PORTAVOZ
FOTO: ALEJANDRO LÓPEZ
La economía de barrio, es el motor que sostiene a miles de familias, hoy enfrenta uno de sus desafíos más complejos en años. Lo que comenzó como una fluctuación estacional se ha transformado en una tendencia sostenida que hoy tiene a los pequeños comerciantes y productores locales contra las cuerdas, el aumento desmedido en el precio de los insumos básicos.
Desde las primeras horas del día, la rutina de los comerciantes ha cambiado. Ya no solo se trata de abrir la cortina y atender al cliente; ahora, la jornada inicia con una carrera contra la inflación, buscando ofertas en supermercados y centrales de abasto para intentar rescatar unos pesos de ganancia que parecen evaporarse entre facturas y proveedores.
Entre los productos que han registrado las alzas más preocupantes se encuentran el tomate, el huevo, la leche, el azúcar y el aceite. Estos no son artículos de lujo, sino la columna vertebral de la industria alimentaria local y del consumo diario en los hogares.
Daniel, productor de café y comerciante experimentado, describe un panorama desolador donde la logística de compra se ha vuelto una estrategia de supervivencia.
“La situación que estamos viviendo los comerciantes acerca del incremento de los precios, por el caso del tomate, por ejemplo, nos ha pegado muy duro porque ya lo estamos consiguiendo casi en 40 pesos. Hemos tenido a veces que estar en los súper y casi casi esperando que nos lo pongan un poco más barato y por eso corremos para allá en la búsqueda”, comentó Daniel con preocupación.
Esta cacería de precios no es casualidad. El tomate es esencial para la elaboración de salsas y platillos que forman la base del menú de cualquier fonda o restaurante pequeño. A esto se suma el costo del huevo, que oscila entre los 70 y 80 pesos, y el azúcar, que, junto a la leche, ha castigado severamente a las cafeterías y reposterías locales en los últimos meses.
Aunque históricamente el primer mes del año es difícil, los comerciantes señalan que en este ejercicio fiscal la presión no ha cedido. La estabilidad esperada tras las fiestas decembrinas nunca llegó, y, por el contrario, los precios de productos como el aceite han alcanzado niveles críticos, situándose entre los 40 y 42 pesos.
“No sé a qué se debe, pero nos han disparado mucho los gastos. La ganancia cada vez es menos para los pequeños negocios”, lamentó el productor. Esta reducción del margen de utilidad pone a los propietarios en una encrucijada ética y económica: absorber el costo hasta volverse insolventes o trasladar el aumento al consumidor final.
El problema trasciende las etiquetas de precios y llega al tejido social de la comunidad. Cuando un negocio deja de ser rentable, la primera medida de emergencia suele ser el recorte de personal. Para un pequeño empresario que emplea a cinco o seis personas, esta decisión es dolorosa y tiene consecuencias devastadoras para las familias que dependen de esos salarios.
Daniel explica el círculo vicioso, al incrementar el costo del producto final para sobrevivir, el consumidor quien también sufre la inflación en su propio bolsillo deja de acudir al establecimiento. Menos clientes significan menos ingresos, y menos ingresos significan la imposibilidad de mantener la nómina.
La esperanza de los comerciantes locales reside en la estabilización de los mercados en el corto plazo. Sin una intervención o un ajuste natural en la cadena de suministro que permita bajar los costos de producción, los negocios familiares, aquellos que dan identidad y sustento a las colonias, corren el riesgo de desaparecer.
Por ahora, la resistencia es la consigna. Entre ofertas de supermercado y ajustes de cinturón, el pequeño comercio lucha por seguir subsistiendo, esperando que el próximo viaje al mercado traiga, por fin, noticias de alivio para sus finanzas.











































