Mientras se destaca por alta producción, pequeños productores enfrentan bajos ingresos, falta de apoyos y un mercado desigual
YUSETT YÁÑEZ/PORTAVOZ
En Chiapas, la caña de azúcar se posiciona como uno de los cultivos más importantes para la economía estatal. Con más de 300 mil hectáreas sembradas y una producción anual que supera los dos millones de toneladas, la entidad figura entre las principales productoras del país. Sin embargo, estas cifras contrastan con la realidad que viven cientos de pequeños cañeros, quienes enfrentan condiciones económicas adversas para sostener su actividad.
Detrás de la agroindustria azucarera, que genera miles de empleos y abastece a diversos ingenios, persiste una brecha marcada entre los grandes productores y quienes trabajan a menor escala. Para estos últimos, los ingresos son limitados, los costos de producción aumentan y los apoyos institucionales resultan insuficientes o intermitentes.
Sinar López Reséndiz, productor de cuarta generación, forma parte de este sector que resiste entre la modernización y la precariedad.
“Nosotros nos dedicamos… Yo soy cuarta generación… hoy en día gracias a Dios el proyecto que nos dieron por medio del INPI obtuvimos ya estos aparatos… ya el trabajo es más fácil…”.
Aunque la incorporación de maquinaria ha reducido el esfuerzo físico y mejorado algunos procesos, no ha significado necesariamente mejores ingresos. La producción de derivados como panela, miel o jugo de caña se mantiene en precios bajos para poder competir en mercados locales, lo que limita la rentabilidad del trabajo.
“Digamos que un gran negocio no es… es muy barato, pero también si le subimos mucho ya no se vende tan bien… lo hacemos como para que no se acabe la tradición meramente”.
Los pequeños productores quedan fuera de las cadenas de valor más rentables, mientras que los beneficios mayores se concentran en los grandes ingenios y comercializadores.
A ello se suma la falta de acceso constante a insumos, financiamiento y asesoría técnica, lo que limita la capacidad de innovación en comunidades rurales. En muchos casos, los apoyos gubernamentales llegan de manera tardía o no cubren las necesidades reales del campo.
Pese a estas condiciones, la caña de azúcar continúa siendo un cultivo clave debido a su resistencia climática, lo que permite a los productores mantener la actividad incluso en contextos adversos.
“La caña aguanta, resiste… es un producto muy bueno que no se echa a perder…”.
La dinámica de trabajo también refleja la precariedad del sector. La molienda se concentra en apenas cinco meses al año, periodo en el que las familias intensifican sus jornadas para asegurar ingresos que deberán rendir el resto del año.
“Nosotros empezamos a moler en noviembre… molemos alrededor de 45 hasta 50 peroladas”.
Fuera de temporada, la comercialización de productos derivados apenas permite sostener la economía familiar, lo que obliga a muchos productores a diversificar sus actividades o depender de otros ingresos.
En comunidades como Zacalapa, en Copainalá la organización en pequeñas sociedades familiares es una estrategia para resistir. Grupos de hasta ocho familias comparten el trabajo y los costos de producción, en un intento por mantener vigente una actividad que forma parte de su identidad.
Más allá de lo económico, la caña representa un patrimonio cultural. Su producción está ligada a saberes tradicionales, formas de organización comunitaria y una identidad construida a lo largo de generaciones.
No obstante, especialistas advierten que, sin políticas públicas integrales que fortalezcan a los pequeños productores, la actividad podría volverse insostenible a mediano plazo. La falta de precios justos, acceso a mercados y condiciones equitativas continúa siendo uno de los principales retos.











































