Factores como baja rentabilidad, migración e inseguridad han acelerado la pérdida de la vocación maicera en diversas zonas
IVÁN LÓPEZ/PORTAVOZ
FOTO: ALEJANDRO LÓPEZ
A medida que el mapa agrícola de Chiapas se reconfigura con el paso de los años, al menos 16 municipios han dejado atrás su identidad maicera tras una caída sostenida en la superficie cultivada que transformó no solo la economía rural, también la estructura social que giraba en torno a la milpa. La reducción de más de 850 mil a apenas 200 mil hectáreas sembradas marcó un quiebre que desplazó al maíz del centro de la vida comunitaria.
Aunque el descenso productivo tiene un componente económico visible, la pérdida de rentabilidad ha operado como detonante de un abandono progresivo del campo, donde sembrar dejó de ser una opción viable para miles de familias. Datos de la Secretaría de Agricultura indicaron que el rendimiento promedio nacional de maíz superó las 3.8 toneladas por hectárea, cifra que en la comarca se mantiene por debajo de ese nivel, lo que amplía la brecha de competitividad frente a otras regiones.
En paralelo, la transformación del territorio ha acelerado el debilitamiento del tejido campesino, dado que el crecimiento urbano y la presión demográfica han reducido la disponibilidad de tierras productivas en zonas clave. El Consejo Nacional de Población estimó que más del 35 por ciento de la población chiapaneca reside en áreas urbanas, una proporción que ha crecido de manera constante en las últimas dos décadas y que coincidió con el abandono de parcelas tradicionales.
Al mismo tiempo, factores como la inseguridad y los conflictos agrarios han profundizado la salida de productores, al convertir ciertas regiones en espacios de riesgo para la actividad agrícola. Registros del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública señalaron incrementos en delitos patrimoniales en zonas rurales, mientras que informes agrarios identificaron a la región entre las entidades con mayor número de conflictos por la tenencia de la tierra en el país.
Bajo ese contexto, la pérdida de la vocación maicera en estos municipios no solo implicó una caída en la producción, también representó la erosión de una cultura que durante generaciones definió la identidad regional. La transición hacia un modelo donde el maíz dejó de ser sustento y símbolo obliga a replantear el futuro del campo chiapaneco, en medio de una crisis que se mide en desplazamiento de comunidades enteras.











































