La administración de Líbano Domínguez ha convertido el destino en un foco de contaminación y abandono
YUSETT YÁÑEZ/PORTAVOZ
A las puertas de uno de los periodos vacacionales más importantes del año, el reloj turístico de Chiapa de Corzo parece haberse detenido en la desidia. Lo que debería ser la joya de la corona del turismo en el estado, hoy presenta un rostro demacrado. Artesanos, lancheros y restauranteros coinciden en un diagnóstico alarmante: el distintivo de “Pueblo Mágico” es, actualmente, solo un membrete que contrasta con el derrame de aguas negras, la tala injustificada de árboles y una infraestructura urbana en ruinas.
La irritación social apunta directamente hacia el Palacio Municipal. El alcalde Líbano Domínguez es señalado por los sectores productivos como el principal responsable de una gestión que, aseguran, ha priorizado la recaudación sobre el mantenimiento básico y la preservación ambiental.
SOMBRAS PERDIDAS URBANAS
El primer golpe a la vista y al termómetro ocurre en el andador principal. En una ciudad donde el clima no da tregua y las temperaturas superan fácilmente los 35 grados centígrados, la sombra es un recurso de supervivencia. Sin embargo, las artesanas del lugar denunciaron que la reciente intervención a los árboles del centro no fue una labor de mantenimiento, sino una ejecución técnica.
“Lo cortaron… según lo podaron, pero eso no es podada, es cortado todo. Ya no nos tapa nada, el sol llega hasta aquí adentro. Lo mataron al arbolito”, relató con amargura una de las vendedoras, mientras señala los troncos inertes que antes albergaban vida y frescura.
Especialistas en urbanismo advierten que estas malas prácticas no solo acaban con la flora local, sino que generan “islas de calor”, elevando la sensación térmica entre 2 y 4 grados. Para el turista, caminar por el centro de Chiapa de Corzo se ha vuelto un calvario de asfalto y radiación, lo que reduce drásticamente el tiempo de permanencia en los negocios locales.
Si el centro padece la falta de sombra, el malecón puerta de entrada al majestuoso Cañón del Sumidero sufre una crisis sanitaria. Los lancheros, quienes son el primer contacto con el visitante, denuncian que desde hace al menos un mes el olor a orina y excremento es la “bienvenida” oficial.
“La imagen que nos da aquí de la basura y de los drenajes es muy mala para el visitante. Lo de las aguas negras ya tiene como un mes; vienen, destapan y vuelve lo mismo”, lamentaron los cooperativistas. Las descargas directas al río Grijalva no son solo una afrenta estética; representan un riesgo epidemiológico. Según registros de la Comisión Nacional del Agua (Conagua), verter aguas crudas puede disparar la presencia de bacterias coliformes hasta en un 70 por ciento, contaminando el ecosistema que sostiene a cientos de familias.
A este escenario se suma el estancamiento de proyectos. “Ya tiene más de 30 años que un proyecto de mejora para el malecón no se autoriza. Ninguna autoridad lo ha aterrizado”, señalaron los lancheros, evidenciando un rezago de tres décadas que ninguna administración, incluida la actual, ha logrado solventar.
La queja no es solo por la falta de obra, sino por lo que consideran un “atropello recaudatorio”. Los restauranteros de la zona denunciaron que el Ayuntamiento exige pagos anuales que rondan los 20 mil pesos, además de cuotas mensuales por un servicio de agua potable que es tan caro como deficiente.
A pesar de ser Pueblo Mágico desde 2012, los habitantes sienten que la magia se ha evaporado entre la basura acumulada y la omisión institucional. La percepción general es que la autoridad local ha abandonado su responsabilidad, trasladando la carga económica y el esfuerzo de limpieza a los propios ciudadanos y prestadores de servicios.
Ante la proximidad de la Semana Santa, el sector turístico hace un llamado enérgico al Gobierno del Estado y a la Federación. “Chiapa de Corzo se está muriendo”, advirtieron.











































