May Rosas
Lo olvidado de Jaime Sabines
La imagen se repite en cada fotografía de estasemana. Un político sostiene un micrófono; detrás, una lona con el rostro de Jaime Sabines. El político recita de memoria, o finge hacerlo, algún verso de “Los amorosos” o aquello de que la sangre de los hijos no es tan dulce como la del padre. La cámara enfoca, el público aplaude. Luego, en Instagram, la misma frase aparece con tipografía elegante, sobreimpresa a una fotografía en blanco y negro del poeta. El ciclo de la celebración oficial se cumple con la precisión de un reloj; se honra al escritor, se comparte su lírica, se posa junto a su memoria.
Todo esto ocurre mientras Chiapas festeja el centenario de su poeta mayor con la energía de quien descubre, de pronto, un diamante olvidado en el fondo de un cajón. Durante 12 años aproximadamente, Sabines permaneció en una penumbra incómoda en su propia tierra. Las instituciones no lo ignoraban, pero lo trataban con esa cortesía fría que se reserva a los muertos incómodos; se le nombraba en discursos de ocasión más por Jaime que por Sabines, pero su voz se escuchaba apenas en los círculos de lectores y en los estudiantes que aún se atrevían a buscarlo. El olvido no fue absoluto, pero sí deliberado: una indiferencia sorda que duró dos sexenios.
Ahora, a 100 años de su nacimiento, el polvo ha sido sacudido. La clase política chiapaneca, esa misma que durante 14 años mantuvo al poeta en la penumbra, se disputa el derecho a ser la más cercana a sus versos. Las frases de amor y desamor inundan los perfiles digitales con la misma urgencia con que antes se repartían despensas en tiempos de campaña. El poeta se ha convertido en una suerte de divisa afectiva: todos lo reclaman, todos lo nombran, todos lo quieren para sí.
Pero hay una ausencia notable en esta fiesta. En los discursos, en los festejos, en las lecturas multitudinarias, nadie menciona a otro Sabines. No al que escribió sobre la ternura y el desamparo, sino al que fue diputado federal en 1976, al que caminó por los pasillos del poder y luego volvió para mirarlo desde la distancia crítica. Tampoco se menciona el poema que escribió en 1965, aquel que tituló Cuba 65, y que es, probablemente, el documento más incómodo que haya salido de su pluma.
En ese texto, Sabines hace algo que ningún político que hoy lo homenajea estaría dispuesto a hacer: se moja. Escribe sobre un país bloqueado, sobre un pueblo que “se aprieta la barriga porque sí”. Describe la escasez, sí, pero también la dignidad que esa escasez intenta sostener. Dice, con una claridad que duele: “Para acabar con la Cuba socialista, hay que acabar con seis millones de cubanos”. Y luego remata: “Cuba rodeada de enemigos, Cuba sola en el mar, Cuba ha quedado”.
Hoy Cuba sigue sola en el mar. Sigue rodeada de enemigos, sí, pero también de una crisis económica que la ha convertido, para muchos gobiernos de la región, en un problema a gestionar, no en una historia a comprender. México, que durante décadas presumió de una política exterior basada en la no intervención, ha estrechado su relación con la isla más allá de los márgenes de lo comercial y lo migratorio, mientras la retórica de izquierda se desgasta en otros frentes. En Chiapas, mientras tanto, se aplaude al poeta del amor y se borra al poeta que entendió que la justicia no es un adorno retórico, sino un asunto de tripas y de historia.
Sabines escribió en ese mismo poema: “Estoy harto de la palabra revolución / pero algo pasa en Cuba”. La honestidad de esa frase es la que falta hoy en los festejos. Estamos hartos de la palabra homenaje, pero algo pasa con una clase política que durante 14 años ignoró a su poeta y ahora lo utiliza como un adorno cultural, como un activo turístico, como un escudo de sensibilidad. Y lo hace seleccionando con cuidado los versos que le convienen: aquellos que hablan del amor, de la soledad, de la muerte como experiencia íntima. Los versos que hablan de la justicia colectiva, de la historia con mayúsculas, de las responsabilidades públicas, esos quedan fuera del repertorio.
Lo más revelador es que nadie parece notar la contradicción. O tal vez sí, pero la celebración tiene el ritmo y el volumen de una feria. Es difícil escuchar las preguntas incómodas cuando los parlantes emiten música de marimba y las autoridades entregan reconocimientos. El Sabines político, el que se sentó en la Cámara de Diputados, el que miró de frente el proceso cubano y escribió sobre él con una mezcla de ternura y crudeza, ha sido exiliado del centenario.
Pero la poesía tiene esta particularidad: no se deja domesticar del todo. Por más que se recite solo un fragmento, el poema completo persiste. Cuba 65 sigue ahí, en las librerías, en las bibliotecas, en la memoria de quienes saben que Sabines no fue solo un escritor de versos sentimentales y que afirmó: “¡Qué bien la están haciendo los gringos en Vietnam y en Santo Domingo!”. Fue, también, un hombre que entendió que el amor no se agota en la cama ni en el desamor, que el amor puede ser también esa fuerza colectiva que lleva a un pueblo a resistir, a estudiar, a “pelear para vivir en paz”.
Hoy, mientras Cuba enfrenta una de sus crisis más agudas en décadas, con apagones, desabasto de alimentos y una emigración que no cesa, el poema de Sabines adquiere una vigencia incómoda. Porque en él no solo está la descripción de una isla bloqueada, sino una advertencia para quienes creen que la solidaridad es cosa del pasado. También una pregunta para los políticos mexicanos que hoy celebran al poeta, pero eluden al diputado: ¿de qué sirve repetir sus versos si se ignora lo que esos versos implican?
El centenario de Sabines debía ser una ocasión para volver a leerlo completo, no para despedazarlo. Para entender que su ternura no era ingenua, que su amor no era abstracto, que su mirada sobre la política era la de alguien que sabía del poder por dentro y aun así eligió la honestidad. En lugar de eso, nos han entregado una versión desinfectada del poeta, la que cabe en una foto, la que no cuestiona, la que aplaude.
Quizás el verdadero homenaje no esté en los actos oficiales ni en los filtros de Instagram. Quizás esté en volver al poema, en leer Cuba 65 completo, en preguntarse qué diría hoy Sabines de este México que homenajea su memoria mientras normaliza el hambre, la corrupción y la indiferencia. Porque él lo escribió hace 60 años, pero suena como si lo hubiera pensado ayer: “Hay pueblos tristes como en todas partes, pero el cubano tiene una madera oscuramente alegre”. Esa alegría oscura, esa dignidad en medio de la escasez, es la que los festejos actuales no alcanzan a ver. Prefieren la ternura fácil.
Gracias querido lector, con gusto recibocomentarios, NOS LEEMOS EN LA PRÓXIMA…




















































