La Iglesia católica convoca a una tregua en el ritmo cotidiano para dar paso a la reconciliación y el perdón
YUSETT YÁÑEZ/PORTAVOZ
En un mundo marcado por la inmediatez y el ruido constante, la llegada de la Semana Santa se erige como un faro de introspección para millones de fieles. Considerada la celebración más importante del calendario litúrgico, este periodo trasciende las tradiciones populares para proponerse como un espacio genuino de renovación espiritual, perdón y, fundamentalmente, de unión en el núcleo familiar.
La Semana Santa no debe ser reducida a un simple descanso administrativo o un periodo vacacional más en el calendario. Por el contrario, representa la oportunidad anual de reencontrarse con lo sagrado y fortalecer los lazos afectivos que, en la rutina diaria, suelen desgastarse.
Para la comunidad católica, estos días no son una efeméride aislada, sino el eje sobre el cual gira toda su cosmovisión. El párroco de la Iglesia del Refugio enfatizó que esta conmemoración es, en esencia, “el corazón de todo el año litúrgico”, pues en ella se concentran los misterios fundamentales de la salvación cristiana.
“La Semana Santa es un tiempo para el perdón, para la conciliación… nos recuerda el gran amor que Cristo tiene a la humanidad y que fue capaz de entregarse por nosotros en la cruz”, expresó el clérigo, subrayando que la Pasión no es solo un relato histórico, sino un recordatorio vigente de entrega y sacrificio.
La Iglesia propone que la reconciliación con Dios sea el motor para sanar rencores familiares y fracturas sociales, convirtiendo la fe en una herramienta de cohesión comunitaria.
Uno de los aspectos que más resuelta visualmente durante estos días es la sobriedad en los templos. Entre las tradiciones más arraigadas se encuentra la cobertura de las imágenes religiosas con lienzos morados, un signo litúrgico que encierra una profunda enseñanza teológica.
De acuerdo con el párroco, este acto de “ocultar” la belleza de los santos y las advocaciones marianas tiene un propósito pedagógico: eliminar las distracciones visuales para que el fiel concentre su atención exclusivamente en la figura de Jesucristo y el camino hacia el Calvario.
“Hay una tradición de cubrir las imágenes… para centrar nuestra mirada en Nuestro Señor Jesucristo… todos los signos dentro de la iglesia nos hablan de una vida espiritual”, explicó.
Este ayuno visual se complementa con el silencio de las campanas y la austeridad de los altares, creando un ambiente de recogimiento que invita a la oración profunda. Cada elemento, desde el incienso hasta el color de las vestiduras, está diseñado para narrar una historia de redención que busca eco en el interior de cada asistente.
Más allá de los ritos dentro de los templos, la Iglesia hace un hincapié especial en el rol de la familia durante la Semana Mayor. En un contexto donde la dinámica moderna a veces dispersa a los integrantes del hogar, estos días se presentan como el escenario ideal para el diálogo y la convivencia de calidad.
La asistencia a los oficios de Jueves Santo, el Vía Crucis del Viernes y la Solemne Vigilia Pascual se proponen como actividades que, realizadas en conjunto, refuerzan la identidad y los valores compartidos. “Es un espacio para fortalecer la fe, reconciliarnos y también para estar con la familia”, reiteró el párroco, recordando que la fe se cultiva primero en el hogar.











































