Eduardo Díaz Zenteno
Hay una pregunta incómoda que deberíamos hacernos sin rodeos: ¿en qué momento dejamos de admirar lo nuestro? No es nostalgia barata ni un discurso de sobremesa; es un síntoma, México, que fue semillero de identidad, talento y pensamiento, hoy parece atrapado en una especie de complejo cultural donde lo extranjero no solo seduce, sino que desplaza y lo peor: lo hace incluso cuando es mediocre.
Durante décadas, nombres como Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros no solo definieron una época, definieron una narrativa nacional, no eran solo artistas; eran intérpretes de un país que se pensaba a sí mismo, en el cine y la música ocurrió lo mismo: María Félix, Dolores del Río, Pedro Infante, Jorge Negrete, José Alfredo Jiménez. Figuras que no solo eran populares, eran referentes culturales, símbolos de una identidad clara, potente, orgullosa.
Hoy, en cambio, la conversación es otra, ya no preguntamos quién representa a México, sino quién está pegando en tendencias globales, la validación viene de fuera, si algo suena en inglés, si viene empaquetado desde Estados Unidos, si tiene estética importada, automáticamente parece tener más valor, no importa si el contenido es superficial o repetitivo; importa que “funcione” y ahí es donde empieza el problema.
Porque lo que estamos viviendo no es solo un cambio de gustos, es un desplazamiento cultural, un empobrecimiento silencioso que se cuela en lo cotidiano: en el lenguaje, donde los anglicismos sustituyen palabras que ya teníamos; en los medios, donde la programación privilegia lo extranjero; en la industria, donde muchas veces se invierte más en copiar tendencias que en construir propuestas propias.
No se trata de rechazar lo global; sería absurdo, el intercambio cultural es natural y necesario, el problema es cuando ese intercambio se vuelve subordinación, cuando dejamos de producir identidad y nos limitamos a consumirla y cuando lo propio se percibe como menor, como anticuado o como insuficiente.
Y entonces surge otra pregunta más dura: ¿de verdad ya no hay talento en México? La respuesta es no, el talento sigue ahí. Hay creadores, artistas, pensadores, científicos, lo que falta no es capacidad, es visibilidad, es impulso, es apuesta, es una estructura cultural que deje de ser marginal en las prioridades públicas y privadas.
Aquí es donde la crítica se vuelve inevitable, la cultura no puede seguir siendo un accesorio en la agenda nacional, no puede depender de discursos ocasionales o de presupuestos residuales. Cuando se descuida la cultura, no solo se afecta a los artistas; se debilita la identidad colectiva y un país sin identidad es un país fácil de diluir.
La advertencia no es menor, si seguimos por esta ruta, corremos el riesgo de convertirnos en consumidores permanentes de narrativas ajenas, de hablar con palabras que no son nuestras, de pensar con referentes que no nos representan, de olvidar que México no solo es un mercado, es una cultura profundamente rica.
Ahí están también las voces que lo construyeron desde otros frentes: Octavio Paz, Carlos Chávez, José Pablo Moncayo, no eran producto de algoritmos ni de tendencias pasajeras; eran resultado de un entorno que entendía el valor de crear desde lo propio.
Recuperar eso no es un acto romántico, es una necesidad estratégica, implica volver a mirar hacia adentro, reconocer lo que tenemos, exigir espacios para lo nuestro y, sobre todo, dejar de subestimarlo. Porque el problema no es que el mundo entre a México; el problema es que México está dejando de salir desde sí mismo.
Y eso, si no se corrige, no solo nos empobrece culturalmente… Nos borra.




















































