La realidad golpea con 13 crímenes de género
YUSETT YÁÑEZ/PORTAVOZ
La indignación no es un acto de presencia, es un mecanismo de supervivencia. La tarde de este miércoles una jornada de protesta que pretendía visibilizar la violencia sistémica, las consignas dejaron de ser rimas para convertirse en testimonios de pérdida. “Nos están matando y ya basta”, se escuchó con una fuerza que buscaba romper el asfalto. La movilización, que duró dos horas de resistencia activa, no fue una celebración, sino una protesta que, en un solo mes, 13 mujeres fueron arrebatadas de sus hogares.
Lo que resulta más doloroso para las colectivas y familiares es la ironía del calendario. Un mes después donde históricamente las mujeres toman las calles para reivindicar sus derechos y donde, teóricamente, existe una mayor vigilancia y conciencia sobre su seguridad, la cifra de feminicidios se disparó de forma alarmante.
“Fue un mes violento”, relató una de las voces líderes de la protesta, subrayando que mientras ellas marchaban creyendo estar en un espacio seguro, la realidad en las periferias y en la intimidad de los hogares dictaba una sentencia distinta. La visibilización no es un capricho mediático, es la respuesta ante un Estado que parece apostar por la fragmentación del movimiento. “El Gobierno ha hecho el ‘divide y vencerás’, pero esta es una lucha que a todas nos duele”, sentenció, haciendo un llamado a la unidad inquebrantable frente a las estrategias institucionales de desgaste.
Uno de los puntos más álgidos de la jornada fue la respuesta a la creciente inconformidad de ciertos sectores de la ciudadanía que cuestionan las formas de la protesta. Para las madres que han perdido a sus hijas, la crítica que llega a través de las pantallas de un teléfono resulta no solo vacía, sino profundamente cruel.
“No esperen a que les toque para entender. Yo no quiero que estén de mi lado por cortesía; para mí sería más fácil irme a mi casa a llorar, pero elijo salir a luchar con las demás”, expresó una madre cuya vida se detuvo el día del crimen de su hija.
La protesta no busca la aprobación pública, busca la reacción gubernamental. La lucha actual no nace de una voluntad política, sino de la desesperación que genera la impunidad. Las madres afirman que siempre han tenido la razón: a sus hijas las mataron, no “desaparecieron” ni fueron víctimas del azar; fueron blanco de una violencia que el sistema no quiso o no supo detener.
El testimonio más desgarrador de la jornada fue el de una madre que se describió a sí misma como una “muerta en vida”. Su relato desarmó cualquier argumento logístico sobre el tráfico o las molestias de las marchas. Para ella, cada mañana representa el enfrentamiento con el vacío de una hija ausente y la bofetada constante de un sistema de justicia que no entrega resultados.
“No saben el dolor que siento todos los días al no ver a mi hija. Es fácil criticar desde afuera, pero vivan lo que yo estoy viviendo”, reclamó. Su presencia en las calles no es una elección de vida, es el resultado de haber abandonado su existencia previa para convertirse en investigadora, activista y escudo de otras niñas.
La movilización concluyó con una advertencia directa hacia las autoridades y la sociedad: las calles seguirán tomadas. El uso de redes sociales, la difusión de volantes y la ocupación del espacio público no son herramientas para “llamar la atención” en un sentido superficial, sino el último recurso para forzar al Gobierno a actuar. La injusticia y la impunidad son las que han arrastrado a estas mujeres al ojo público, y mientras no haya justicia, no habrá silencio.











































