Detrás de la inmediatez de un clic, miles de repartidores enfrentan jornadas de 12 horas, falta de seguridad social y el vacío legal
YUSETT YÁÑEZ/PORTAVOZ
FOTO: ALEJANDRO LÓPEZ
El rugir de los motores en los semáforos de la Avenida Central no solo marca el ritmo del tráfico en Tuxtla; marca el pulso de una economía invisible. En la capital de Chiapas, el “delivery” se ha convertido en el salvavidas de miles, pero a un costo que no aparece en el ticket de compra: la desprotección total de quienes sostienen la mochila térmica.
El modelo de las plataformas digitales llegó a la ciudad prometiendo libertad. Sin embargo, para Carlos quien lleva tres años recorriendo las calles de Tuxtla para Rappi y DiDi Food, la realidad es otra.
“Te dicen que eres tu propio jefe, pero si no te conectas 10 o 12 horas, no sale para la cuenta. Aquí en Tuxtla el calor es infernal, y cuando llueve, el riesgo de derrapar en el bache es constante. Si me caigo, la aplicación no paga el hospital ni la reparación de mi moto; ese dinero sale de mi bolsa”, comentó Carlos mientras espera un pedido fuera de una plaza comercial.
Aunque no existe un padrón oficial por parte de la Secretaría de Movilidad y Transporte (SMyT) de Chiapas, estimaciones de colectivos de repartidores sugieren que en la zona metropolitana de Tuxtla circulan más de tres mil 500 repartidores activos.
Durante temporadas altas o vacaciones, un repartidor puede percibir entre 500 y 800 pesos diarios.
De esa cifra, deben descontar aproximadamente un 30 o 40 por ciento destinado a combustible, datos móviles y mantenimiento preventivo.
El cero por ciento de los repartidores de plataformas en la ciudad cuenta con prestaciones de ley, IMSS o Infonavit por parte de las empresas tecnológicas.
La falta de regulación en Chiapas permite que estas empresas operen bajo un esquema de “coordinación”, evitando la responsabilidad patronal. Esto significa que, ante un accidente vial frecuentes en puntos críticos como el Libramiento Norte o el Reloj Floral, el repartidor queda en total orfandad jurídica.
Lucía, una de las pocas mujeres que se dedica al reparto de tiempo completo, explicó la crudeza del oficio.
“Hace un mes un coche me cerró el paso cerca de la Diana Cazadora. Me lastimé la rodilla y tuve que dejar de trabajar dos semanas. No hubo seguro, no hubo apoyo. Tuve que pedir prestado para las medicinas. Lo que ganamos es para vivir al día, no tenemos capacidad de ahorro para emergencias”.
Expertos en materia laboral señalan que Tuxtla Gutiérrez vive un fenómeno de “uberización” del trabajo, donde la precariedad se disfraza de modernidad. A diferencia de otras capitales del país donde ya se discuten reformas para otorgar seguridad social proporcional a las horas trabajadas, en Chiapas el tema no figura en la agenda legislativa local.
La economía de la capital se mueve sobre dos ruedas. Cada hamburguesa, cada medicamento y cada despensa entregada a tiempo es el resultado de un esfuerzo físico extenuante. Sin embargo, mientras no exista un registro oficial y una regulación que obligue a las plataformas a compartir el riesgo, los repartidores de Tuxtla seguirán siendo los engranajes desechables de una maquinaria que nunca se detiene.
Según reportes de servicios de emergencia locales, los incidentes viales que involucran motocicletas de reparto han aumentado un 25 por ciento en el último año en Tuxtla Gutiérrez, siendo el exceso de velocidad por la presión de los tiempos de entrega la principal causa.











































