Apuestan por la transformación artesanal y rescate de variedades nativas para garantizar la supervivencia económica del sector
YUSETT YÁÑEZ/PORTAVOZ
El campo chiapaneco enfrenta uno de sus retos más complejos en años recientes. El cambio climático, manifestado en fríos atípicos y un ciclo de lluvias cada vez más errático, ha puesto bajo presión a uno de los cultivos más emblemáticos de la región: el jocote. Lo que antes era una cosecha predecible, hoy es una carrera contra el tiempo y el clima. Sin embargo, en el corazón de una reserva natural de la entidad, surge una propuesta que busca transformar la crisis en una oportunidad de negocio permanente a través de la innovación y la educación ambiental.
En Chiapas, el clima ya no es el de antes. El retraso de las precipitaciones y los descensos térmicos inesperados al inicio del año están alterando los procesos biológicos de la agricultura local. Hoy nos trasladamos a una reserva que funciona como santuario y laboratorio para el llamado “oro rojo”. Aquí, la preocupación no es solo la falta de agua, sino el riesgo de una lluvia inoportuna que podría arruinar la producción actual.
“Se ve afectado, y mucho, porque se retrasan todos los procesos de crecimiento normal de la fruta… el riesgo que corremos ahorita, que los árboles están llenos de jocote, pero si nos vuelve a llover, se madura todo y se nos puede echar a perder”.
A diferencia de las temporadas tradicionales, este 2026 el ciclo de crecimiento se vio frenado. Si el agua llega ahora que los árboles están cargados, la fruta madura de golpe y termina perdiéndose en el suelo. Ante este panorama, la Escuela de Educación Ambiental en la reserva propone una solución estratégica: la transformación. El objetivo es simple, pero ambicioso: no dejar que la fruta se pudra y diversificar su uso comercial.
“En la reserva tenemos cuatro hectáreas… sirve como una escuela de educación ambiental, ahí no es negocio todo, pero sí enseñamos a los emprendedores a que, si transforman esa fruta, es una economía que tienes todo el año… al transformarla de manera natural, te da para vivir todo el año”.
El proyecto busca rescatar variedades que han quedado en el olvido de los patios chiapanecos, tales como el jocote iguanita, noriacamo, tronador o coron. Estas especies no solo son parte de la identidad cultural del estado, sino que representan un tesoro genético resistente a diversas condiciones. Actualmente, la cifra de desperdicio es alarmante: un productor tradicional que se limita a cortar y vender la fruta fresca puede llegar a perder casi la mitad de su producción por falta de canales de transporte o procesamiento.
“Para un productor que solo corta el jocote y lo vende al mercado, puede perder, del 100 por ciento de la fruta que nazca, solo se puede aprovechar a lo mejor un 60 por ciento, el otro 40 por ciento se pierde. Si no se transforma, el 40 por ciento pierden los productores”.
Para combatir este 40 por ciento de pérdida, la apuesta es el valor agregado. Desde salsas gourmet con habanero y jugo de jocote, hasta refrescos artesanales envasados, la innovación es la herramienta para combatir el olvido. Mientras el mercado masivo sigue demandando el clásico jocote chapia o el largo para el tradicional curtido, en esta reserva se lucha por preservar las siete variedades que definen la biodiversidad de la zona.
Frente a la incertidumbre climática y la escasez de apoyos oficiales para el sector frutícola, los productores chiapanecos demuestran que la resiliencia está en la transformación. El rescate del jocote no es solo un tema de nostalgia, sino una necesidad económica urgente para asegurar el sustento de cientos de familias que dependen de esta tradición roja que nace de la tierra chiapaneca.











































