El aumento del 35 por ciento en trastornos de ansiedad y depresión entre jóvenes revela una crisis de comunicación
YUSETT YÁÑEZ/PORTAVOZ
FOTO: ALEJANDRO LÓPEZ
Lo que antes se manifestaba como episodios aislados de melancolía o rebeldía adolescente ha mutado en una patología compleja que hoy desborda las instituciones de salud y los hogares en el estado. Chiapas enfrenta una emergencia silenciosa: una juventud que no puede dormir, que no logra tranquilizarse ante eventos cotidianos y que ha encontrado en el silencio del hogar el caldo de cultivo ideal para el colapso emocional.
De acuerdo con datos recientes, la comarca ha experimentado un incremento drástico del 35 por ciento en las consultas juveniles relacionadas con ansiedad y depresión durante el último año. Sin embargo, la estadística más reveladora no está en los hospitales, sino en las aulas. Se estima que siete de cada 10 jóvenes con bajo rendimiento académico en la entidad cargan con un trasfondo de conflicto emocional no resuelto.
Esta correlación directa entre la salud mental y el éxito escolar pone de manifiesto que el problema no es meramente individual, sino un fenómeno social que compromete el desarrollo productivo y humano de la región.
Los especialistas advierten un cambio drástico en la forma en que los jóvenes están llegando a los consultorios. La sintomatología ha dejado de ser exclusivamente psicológica para volverse física y “combinada”.
Al respecto, los psicólogos locales señalan una transformación preocupante en los diagnósticos: “Anteriormente venían más acentuados, ahora vienen combinados. Vienen con procesos en los que no pueden dormir, no pueden tranquilizarse; ante cualquier evento sencillo se siente un malestar emocional profundo, explican expertos en salud mental. Esta incapacidad para gestionar el estrés cotidiano se traduce en insomnio crónico y ataques de pánico que antes no se presentaban con tal frecuencia en rangos de edad tan tempranos.
El análisis clínico apunta hacia un origen común: la fractura de los puentes de comunicación entre padres e hijos. En una era de hiperconectividad digital, la comunicación analógica y emocional dentro del núcleo familiar chiapaneco parece estar en su punto más bajo.
La falta de herramientas en los padres de familia para establecer vínculos asertivos es el principal detonante de las crisis. Los jóvenes acuden a terapia, en muchas ocasiones, no por una patología intrínseca, sino como respuesta a un entorno doméstico hostil o indiferente.
“Los jóvenes acuden porque dentro de casa no hay un proceso de comunicación correcta. A veces la mala comunicación y esos errores generan malestares en ellos; se crean conflictos porque mamá y papá no pueden establecer ningún vínculo con el joven, y eso genera que bajen su rendimiento escolar”, subrayó el reporte clínico. Esta brecha generacional no solo aísla al adolescente, sino que lo deja desprotegido ante las presiones externas de un mundo cada vez más exigente.
El aula es el primer lugar donde se encienden las alarmas. Un estudiante que no duerme y que vive en constante estado de alerta por los conflictos en casa, difícilmente podrá cumplir con los estándares educativos. El bajo rendimiento escolar en Chiapas se está convirtiendo en el síntoma visible de una enfermedad que se gesta en la sala de estar y el comedor.
La comunidad médica y educativa coincide en que la salud mental no debe ser vista como un lujo para unos pocos, sino como una infraestructura básica para la estabilidad del estado. El reto para Chiapas en 2026 no es solo aumentar el número de psicólogos en las clínicas, sino alfabetizar emocionalmente a las familias.











































