La comunidad zoque renueva su pacto, una de las expresiones más crudas y hermosas de la identidad mística en el sureste
YUSETT YÁÑEZ/PORTAVOZ
Las calles del barrio de San Pascualito, en el centro de Tuxtla Gutiérrez, no huelen a modernidad durante el mes de mayo. Huelen a incienso, a juncia recién cortada y al sudor de una fe que se niega a morir. Mientras el resto de la ciudad corre tras el ritmo del tráfico y la tecnología, un grupo de hombres y mujeres se detiene ante la imagen de un esqueleto coronado. Es San Pascual Bailón, o como cariñosamente le llaman los zoques, “San Pascualito Muerte”.
Esta celebración no es solo un acto religioso; es una trinchera. Para los descendientes de la etnia zoque, conmemorar a San Pascualito es un acto de resistencia cultural frente a la homogenización del mundo moderno y las presiones históricas que intentaron erradicar sus ritos por considerarlos “paganos”.
La festividad alcanza su punto máximo con la procesión de las reliquias. La imagen, una talla de madera que representa a la muerte, es paseada en una carreta que cruje bajo el peso de la historia. A su paso, los danzantes ejecutan pasos ancestrales al ritmo del pito y el tambor, instrumentos que parecen latir con el mismo ritmo que el corazón de la tierra.
A diferencia de la visión lúgubre que el occidente tiene de la muerte, para el tuxtleco de cepa, San Pascualito es un sanador, un intermediario y, sobre todo, un símbolo de igualdad. Ante él, no hay rangos ni fortunas que valgan.
Para entender la magnitud de esta fiesta, hay que escuchar a quienes cargan con el compromiso de heredarla. Don Manuel Toalá, miembro de la Mayordomía Zoque y quien ha participado en los festejos por más de 40 años, explicó la conexión profunda con sus raíces:
“Mucha gente viene de fuera y se asusta porque ven una calaverita, creen que es algo malo. Pero para nosotros, San Pascualito es vida. Él nos recuerda que estamos de paso y que debemos cuidar nuestra tierra y nuestras costumbres. Ser zoque en Tuxtla es difícil hoy en día, pero mientras el tambor suene, aquí seguimos de pie”.
La fe también se manifiesta en las “mandas” y los favores recibidos. Doña Elena Ruiz, una devota que viaja cada año desde las orillas de la ciudad para ofrendar flores, comparte su testimonio.
“Mi hijo sanó de una enfermedad que los doctores no entendían cuando le pedí al Santito. No es brujería, es fe. Le bailamos con respeto porque él es parte de nuestra familia, de lo que nos dejaron los abuelos. Si perdemos esto, perdemos nuestro nombre como tuxtlecos”.
A pesar del fervor, la identidad zoque en Tuxtla Gutiérrez enfrenta retos críticos. El crecimiento urbano y el desinterés de las nuevas generaciones amenazan con reducir esta celebración a un simple espectáculo turístico. Sin embargo, los priostes y las familias tradicionales mantienen viva la llama de la organización comunitaria, autofinanciando las comidas colectivas (el famoso Putzuatzé) y el mantenimiento del templo.
La fiesta de San Pascualito es, en última instancia, es la celebración de una resistencia que no usa armas, sino flores, música y una danza eterna que desafía incluso a la misma muerte.
Se estima que cada año, más de cinco mil personas participan activamente en los días principales de la festividad, consolidándola como el evento de identidad étnica más importante de la zona urbana de Chiapas.




















































