Colectivos ambientales y vecinos impulsan un registro de biodiversidad proteger el ecosistema
YUSETT YÁÑEZ/PORTAVOZ
En una época donde el pavimento y las altas temperaturas devoran de forma acelerada la calidad de vida en la capital chiapaneca, un grupo de ciudadanos organizados ha decidido trazar una línea en el suelo para defender la naturaleza urbana. El escenario de esta batalla pacífica es el arroyo San Agustín, un remanso de agua y vegetación que sobrevive en la geografía tuxtleca y que hoy es el centro de una intensa campaña de rescate social, ecológico y legal.
A través de la iniciativa de organizaciones civiles como “Suelo Vivo en Chiapas”, junto a vecinos y activistas independientes, se puso en marcha una estrategia que busca blindar este espacio frente a proyectos de desarrollo que amenazan con reducir su cobertura vegetal, la herramienta elegida no solo es la protesta, sino la ciencia ciudadana y la documentación científica del territorio.
El rescate del arroyo comenzó formalmente con la realización de un taller naturalista, una actividad diseñada para romper la ceguera urbana y demostrar que lo que muchos burócratas o desarrolladores ven como un simple “terreno disponible” o un canal de desagüe, es en realidad un ecosistema complejo, vibrante y vital para la resiliencia de Tuxtla Gutiérrez.
Karla Mancilla, integrante del colectivo “Suelo Vivo en Chiapas”, explicó durante las jornadas de campo el profundo sentido de arraigo y urgencia que mueve a esta iniciativa comunitaria.
“Estamos haciendo una actividad de conciencia ciudadana, es un taller naturalista en el que utilizamos la plataforma ‘Naturalista’ para hacer un registro de biodiversidad, estamos organizadas en varios grupos; hay personas registrando artrópodos, personas que están registrando vida acuática, plantas, aves, de manera que pongamos en relevancia la importancia ecológica de este espacio. El arroyo San Agustín es un espacio vivo, es parte de la cuenca y es un espacio donde ya habitan muchos seres que tienen mucha relación con nosotros, aunque no lo visualicemos de esa manera”.
La vegetación de la ribera del San Agustín es un catálogo vivo de la flora originaria de la depresión central de Chiapas, los árboles que ahí se encuentran no son adornos de reciente plantación; son guardianes que han tomado décadas en consolidar sus raíces y sus copas, ofreciendo servicios ambientales irremplazables en una de las zonas urbanas más calurosas del sureste mexicano.
Uno de los puntos críticos que los activistas buscan posicionar en la agenda pública y en la conciencia de la ciudadanía es el funcionamiento hidrológico de la capital, Tuxtla Gutiérrez no es una llanura aislada, sino una ciudad asentada en una cuenca hidrográfica, una condición geográfica que determina la vulnerabilidad de sus habitantes ante inundaciones y sequías extremas.
La desconexión entre la planeación urbana y el ciclo del agua ha provocado que la lluvia ya no se absorba, sino que corra con violencia por las calles, destruyendo infraestructura, en ese sentido, espacios como el arroyo San Agustín representan la verdadera infraestructura que la ciudad necesita para sobrevivir a las crisis hidroclimatológicas.
Los organizadores señalan que no se trata de oponerse al desarrollo, sino de redefinir qué significa “desarrollo” en pleno 2026, bajo una crisis climática global evidente.
Los árboles de gran talla no son obstáculos para el desarrollo, son la primera línea de defensa de la salud pública contra las olas de calor, el agua limpia que corre por estos canales no es un adorno paisajístico: es el motor de la vida comunitaria y el equilibrio ambiental de la región, la postura de la comunidad organizada es contundente y cierra con una verdad que resuena en cada rincón pavimentado de la capital, Tuxtla Gutiérrez no necesita menos sombra, lo que urge para garantizar la viabilidad de la ciudad son más árboles, más cuerpos de agua protegidos y, sobre todo, más espacios vivos donde la ciudadanía y la naturaleza puedan respirar en armonía.




















































