Andrea Flores Mena
En Chiapas, hablar del derecho de las mujeres a ocupar espacios públicos, políticos, educativos y sociales no debería ser una conversación nueva, sin embargo, sigue siendo urgente.
Hace más de un siglo, cuando el país todavía concebía a las mujeres principalmente dentro de los márgenes del hogar, hubo chiapanecas que decidieron incomodar al sistema, que se atrevieron a pensar distinto, que entendieron algo que incluso hoy seguimos aprendiendo: que una sociedad que excluye a la mitad de su población jamás puede llamarse verdaderamente democrática.
Fidelia Brindis y Florinda Lazos no fueron únicamente nombres inscritos en la historia, fueron actos de rebeldía en una época que exigía silencio femenino, fueron maestras, periodistas, activistas, políticas, constructoras de pensamiento y de ciudadanía; mujeres que comprendieron que la lucha por el voto no era solamente una batalla electoral, sino una disputa mucho más profunda: la del reconocimiento pleno de las mujeres como sujetas de derechos, con voz, criterio y capacidad.
Y quizá ahí está la clave de su legado.
El feminismo en Chiapas no nació como una moda discursiva ni como una conversación importada desde la comodidad académica, aquí tuvo rostro de maestras, de mujeres organizadas, de intelectuales, de revolucionarias, de mujeres que hicieron política cuando ni siquiera se les reconocía el derecho pleno de existir políticamente.
No deja de ser profundamente simbólico que muchas de estas pioneras estuvieran ligadas a la educación, porque quien educa transforma y no hay fuerza política más poderosa que una mujer enseñando a pensar.
La educación no es solo transmisión de conocimientos; es una forma de emancipación, es la herramienta con la que una niña aprende que puede aspirar a más de lo que históricamente le dijeron, es el mecanismo mediante el cual una sociedad rompe inercias culturales, desmonta prejuicios y comienza a construir nuevas posibilidades.
Por ello (y más) las maestras han sido históricamente una fuerza silenciosa pero determinante en México y en Chiapas, particularmente vivimos un estado donde persisten desigualdades estructurales, pobreza, violencia de género, rezagos educativos y profundas brechas territoriales, hablar de educación con perspectiva de igualdad no es una concesión progresista: es una necesidad de supervivencia social.
Cada mujer que enseña, lidera, emprende, investiga, informa, administra, legisla, cuida o abre camino está dejando una huella política, incluso cuando no ocupa un cargo público.
Porque el feminismo también ocurre ahí…
En la madre que insiste en que su hija estudie.
En la profesora rural que cruza kilómetros para dar clase.
En la periodista que incomoda.
En la funcionaria que decide no replicar viejos pactos de exclusión.
En la estudiante que levanta la mano.
En la deportista que rompe estereotipos.
En la empresaria que genera oportunidades.
En la mujer indígena que defiende su lengua, su territorio y su derecho a decidir.
El error sería pensar que aquellas luchas quedaron resueltas y no es así, si, las mujeres hoy votan pero aún deben demostrar el doble para ser tomadas en serio, aún enfrentan violencia política, techos de cristal, cargas desproporcionadas de cuidado y estructuras que muchas veces siguen diseñadas desde miradas masculinas.
Por eso recordar a Fidelia Brindis y Florinda Lazos no es un acto nostálgico, es una advertencia: “Los derechos nunca son definitivos si una sociedad deja de defenderlos”.
Esto es una invitación a entender que el cambio profundo no siempre comienza en los grandes discursos, sino en las aulas, en la palabra, en la conciencia y en la decisión cotidiana de no aceptar la exclusión como normalidad.
Chiapas necesita más mujeres en la conversación pública, en la toma de decisiones y, sobre todo, formando generaciones, porque si algo enseñaron aquellas pioneras es que la ciudadanía también se teje.
Y casi siempre, primero, desde la educación.




















































