La gastronomía oriental se ha convertido en el pilar de la memoria colectiva en Tapachula
YUSETT YÁÑEZ/PORTAVOZ
¿Cuál es el platillo típico de Tapachula?, para la gran mayoría de los soconucenses, la respuesta no es el tamal de bola ni el chipilín, sino la comida china; lo que comenzó como un flujo migratorio entre los siglos XIX y XX, hoy es una parte indisoluble de la identidad, el paisaje urbano y la memoria colectiva de la región.
La historia de esta fusión no solo vive en los libros, sino en las cocinas de las familias que, generación tras generación, resisten al olvido a través del paladar; es el caso de los investigadores, chefs y descendientes que hoy estudian este fenómeno, para las familias de origen chino algunas ya en su quinta generación, el lazo con sus antepasados se mantiene vivo gracias a la permanencia de un rasgo profundamente simbólico, el alimento y la comensalidad.
A diferencia de otros estados de la República, donde los migrantes chinos tuvieron que adaptar drásticamente sus recetas, la zona del Soconusco ofreció un oasis para la gastronomía oriental. La riqueza de su tierra permitió el cultivo de materias primas idénticas a las de la región de Cantón, como los característicos ejotes chinos (conocidos localmente como “tripa”).
Esta ventaja climática y geográfica hizo que Tapachula y sus alrededores se convirtieran en el hogar definitivo de muchas familias, encontraron en Chiapas el lugar perfecto para recrear los sabores originales, sin pedirle nada a las grandes metrópolis del mundo.
Sin embargo, mantener viva la tradición no ha sido fácil, históricamente, la comunidad china enfrentó etapas complejas, desde redadas debido a la dura competencia comercial con los locales, hasta la actual “comercialización” de la comida asiática en la última década, frente a esto, la cocina tradicional resiste; un ejemplo emblemático es el famoso cochito horneado estilo chino, una joya culinaria exclusiva de la familia Guzmán Yuí en Huehuetán, cuya receta ha pasado de tíos a hijos y ahora a nietos.
La comida china en Chiapas es también un lenguaje de respeto, detrás de cada mesa hay un orden ritual, quién empieza a comer, quién le sigue, la disposición de los platillos al centro y la profunda simbología que envuelve celebraciones como el Año Nuevo Chino. Incluso los detalles más sutiles, como la densidad y el espesor de la salsa de soya (o “salsa de china”, como se le llama con cariño en la costa), marcan la diferencia entre una herencia viva y una imitación diluida.
Recrear estos platillos es un homenaje a quienes llegaron cruzando el océano, huyendo de guerras o buscando prosperidad, es la certeza de que, mientras un wok siga encendido en un hogar chiapaneco, la historia de sus antepasados no se borrará.
Para quienes deseen sumergirse en este fascinante universo cultural y descubrir los hilos que unen a China con el corazón de Chiapas, la oportunidad es imperdible.
Este miércoles 27 de mayo, el Poliforum de Tuxtla Gutiérrez se transformará en la auténtica merca oriental, el evento, que promete ser un festín para los sentidos y el conocimiento, estará abierto al público en un horario de 12 del día a las ocho de la noche. Una cita obligada para conocer la historia, la antropología y, por supuesto, el sabor que une a dos mundos.











































