May Rosas
El cuidado de la madre naturaleza
En la vasta geografía simbólica de Chiapas, donde la niebla se enreda con los sueños de justicia social y los ríos trazan la memoria de los pueblos originarios, la reciente entrega del certificado como Reserva Natural a Las Tres Tzimoleras constituye un hito que trasciende lo meramente administrativo para instalarse en el terreno de la conciencia colectiva. El gobernador Eduardo Ramírez Aguilar, al encabezar esta ceremonia en el municipio de Tzimol, materializó una visión de Gobierno donde la relación con la tierra abandona la lógica extractivista y asume, como principio rector, la filosofía del Lekil Kuxlejal, ese buen vivir que las comunidades han custodiado durante siglos y que hoy se traduce en una política ambiental prioritaria. Observar al mandatario reconocer el trabajo de la gran familia de Las Tres Tzimoleras, como él mismo la nombró con esa calidez que intenta disolver las jerarquías, permite comprender que la décima área natural protegida estatal decretada en lo que va de su administración no es una estadística aislada, sino la manifestación concreta de un proyecto político que ha logrado proteger más de cuatro mil hectáreas mediante diversas declaratorias y certificaciones.
Resulta imposible dimensionar el significado de esta certificación sin contemplar el mosaico de espacios que ya han sido blindados bajo esta misma convicción. Las Tres Tzimoleras, con su superficie que supera las 338 hectáreas, se suman a un corredor de vida que incluye la Laguna de Pájaros Azules en Jitotol, con su espejo de agua donde el cielo y la tierra parecen fundirse en un abrazo perpetuo; El Mirador, también en Jitotol, desde cuyas alturas se contempla la respiración pausada de las montañas; La Cueva de Tepezcuintle, guardiana de secretos geológicos y refugio de especies que encuentran en la oscuridad su forma de luz. A esta lista de territorios rescatados del olvido institucional se añaden los Parques Caña Hueca, Joyyo Mayu y Tuchtlán, que oxigenan el corazón urbano de Tuxtla Gutiérrez, recordándonos que la naturaleza no es un adorno, sino un pulmón compartido; Boyte’tik en San Cristóbal de Las Casas, donde los humedales resisten la presión de la mancha urbana; y el bosque del quetzal en Coapilla, santuario de un ave que para las culturas mesoamericanas representaba la libertad y que hoy depende de decisiones humanas para seguir surcando los aires.
La secretaria de Medio Ambiente e Historia Natural, Magdalena Torres Abarca, ancló la noticia en la urgencia ecológica al explicar que esta nueva reserva contribuye a la protección de microcuencas y a la recarga de los acuíferos que abastecen a toda la región. Mencionar 156 especies de flora y fauna resguardadas equivale a declarar que cada hectárea certificada funciona como un escudo contra la pérdida de biodiversidad. Conservar estos espacios representa, en los hechos, garantizar el equilibrio ecológico, el agua que brota de los manantiales, el aire puro que llena los pulmones de las comunidades y la vida de las futuras generaciones que aún no pronuncian palabra, pero que ya tienen una deuda contraída con nuestro presente.
La trayectoria que Eduardo Ramírez Aguilar ha construido en materia ambiental merece un análisis que revela la consistencia de una política pública. Alcanzar más de 10 áreas naturales protegidas estatales que abarcan más de cuatro mil hectáreas en el transcurso de una administración que aún no llega a su tercio de vida habla de una convicción que ha sabido traducirse en decretos, certificaciones y presupuestos. El presidente municipal de Tzimol, Víctor Alfonso Gordillo Morales, expresó que el respaldo brindado para la protección de este espacio natural representa un parteaguas en la historia de la comunidad, un hecho que las futuras generaciones recordarán como el momento en que el desarrollo dejó de medirse en toneladas de concreto para medirse en hectáreas de vida preservada. Miguel Morales Vives, durante su intervención en el acto, recordó con legítimo asombro que ningún mandatario anterior había impulsado acciones tan decididas enfocadas en la protección de los recursos naturales de la entidad, un testimonio que adquiere peso viniendo de alguien que ha dedicado 11 años a construir la experiencia turística que hoy se ofrece en este rincón de Tzimol. La constancia de ese esfuerzo, mantenido durante más de una década por las comunidades locales, encuentra ahora un respaldo gubernamental que multiplica su alcance y le otorga un blindaje institucional que antes resultaba impensable.
Conmueve profundamente comprobar cómo la certificación de Santo Domingo Tzimol, nombre oficial que recibe esta reserva, entreteje la dimensión ecológica con la dignificación de quienes han sido los verdaderos guardianes del territorio. El gobernador Ramírez Aguilar anunció que su administración impulsará este espacio como uno de los atractivos turísticos más importantes a nivel nacional e internacional, una declaración que inmediatamente se vinculó con el compromiso de continuar rehabilitando los caminos que facilitan el acceso de visitantes y habitantes a las reservas naturales de Chiapas. Esta conexión entre conservación y desarrollo comunitario revela una comprensión profunda de las necesidades reales de la población, que durante demasiado tiempo tuvo que elegir entre proteger su entorno o buscar el sustento diario. Detrás de cada visitante que llega a maravillarse con Las Tres Tzimoleras subyace una decisión política que está desmontando el falso dilema entre cuidar la naturaleza y generar bienestar material para las familias chiapanecas. El gobernador Eduardo Ramírez Aguilar hace una diferencia trascendental alproteger y promover la conservación y cuidado ambiental; cada una de las áreas que hoy suman más de cuatro mil hectáreas resguardadas significa proteger el ecosistema, agua que beberán las futuras generaciones, el aire que respirarán los hijos y nietos de quienes hoy lo aplauden en las comunidades.
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