La escritora mexicana Paulina Vargas apuesta por la autenticidad y la contemplación cotidiana para cautivar a nuevas generaciones
YUSETT YÁÑEZ/PORTAVOZ
En una época donde los algoritmos, los videojuegos de última generación y el contenido efímero en formato vertical dominan la atención de las infancias, el libro físico y la literatura infantil se enfrentan a uno de sus mayores desafíos históricos; lejos de extinguirse, las páginas impresas se transforman en trincheras de resistencia creativa. Para los creadores de contenido infantil, el reto ya no es solo escribir una buena historia, sino lograr que un niño decida apartar la mirada de una pantalla iluminada para sumergirse en la textura de un relato.
La destacada escritora mexicana Paulina Vargas conoce de cerca este escenario cambiante, con una trayectoria consolidada en el panorama editorial nacional, la autora comparte cómo su aproximación a las letras infantiles comenzó de una manera peculiar, ligada estrechamente a la materialidad y al juego, un camino que reconfiguró por completo su vocación profesional.
“Yo empecé estudiando diseño industrial, después de ahí hice un libro que era un juguete y como no pude hacerlo, un juguete, entonces me puse a escribir libros tradicionales… me publicaron el primero en Editorial Uranito y me gustó tanto que dije ya, es lo que quiero hacer”.
Ese enfoque tridimensional e interactivo heredado del diseño industrial impregnó su obra, permitiéndole entender el libro no como un objeto estático, sino como un artefacto dinámico capaz de competir con los estímulos multisensoriales del entorno digital.
Con 12 libros publicados en su haber que transitan con fluidez desde el álbum ilustrado para los más pequeños hasta la novela juvenil. Vargas reconoce que fomentar el hábito de la lectura en nuestro país es una labor compleja en la que constantemente se rema contracorriente, las estadísticas de lectura suelen ser desalentadoras, pero la autora identifica un fenómeno esperanzador: hoy en día, en muchos hogares, son los propios niños quienes, tras conectar con una historia, se convierten en los principales promotores de la lectura ante sus padres.
La clave, asegura la escritora, radica en la honestidad del contenido y en no subestimar la capacidad crítica de las infancias actuales, quienes detectan de inmediato cuando un texto intenta ser moralista o artificial de manera forzada.
“Es una competencia durísima con las cosas digitales, con los juegos… son las plataformas, es el celular, los dispositivos electrónicos. Y yo creo que cuando uno hace las cosas con mucho corazón, como que encuentran su camino… los niños naturalmente les gustan los libros, yo les digo a los papás, nada más ofrézcanle el libro al niño y ellos solitos, si es un buen contenido, ellos saben”.
Para la creadora, el secreto no radica en prohibir la tecnología, sino en presentar al libro como una alternativa de ocio igual de fascinante, un refugio donde la imaginación del lector completa las ilustraciones y da voz a los personajes, un proceso activo que los videojuegos y los videos prefabricados rara vez permiten desarrollar de forma autónoma.
La materia prima de las historias de Paulina Vargas no proviene de mundos hiperfantásticos o inalcanzables, sino de la observación minuciosa del entorno diario. Sus personajes están profundamente anclados en la vida real, lo que permite una empatía inmediata con el lector.











































