Omar Gasca
Por una larga serie de hechos en Xalapa, Veracruz, el diseño se ha orientado, sobre todo, hasta la fecha, a la realización de carteles. Raro es aquel egresado que se dedique a la identidad o a la concepción y diagramación de diarios, revistas o libros, es decir al ámbito editorial. La presencia e influencia directas del polaco Wiktor Górka y del cubano Antonio Pérez, ambos cartelistas, fueron en principio determinantes en la formación de los estudiantes de diseño en la Facultad de Artes Plásticas de la Universidad Veracruzana.
Por esa razón son comunes, habituales en la capital del estado, las exposiciones de cartel, reforzadas por distintos antiguos y nuevos vínculos con diseñadores de diversas nacionalidades –István Orosz, Carlos Palleiro, Félix Beltrán,por ejemplo– y por supuesto de México. Entre los de este país destacan Rafael López Castro, Germán Montalvo, Alejandro Magallanes y Xavier Bermúdez, este director de la Bienal Internacional de Cartel en México, que ha tenido como sede a Xalapa alrededor de media docena de veces.
Inusual, extraña, resulta entonces Cara de libro, la exposición hasta el 3 de julio en la Galería AP de portadas de Leonel Sagahón, presentada por la FILU (Fería Internacional del Libro Universitario) y gestionada por Manuel Morelos, otro notable diseñador de cartel y hoy por segunda vez director del Instituto de Artes Plásticas, espacio que hoy alberga, además del Doctorado en Artes Visuales, la Maestría en Diseño de Cartel, pionera en nuestro país y reflejo de la tendencia del diseño local, algo como una fijación. Inusual la exposición, decimos, por el tema, pero también por su talla: inequívoco el oficio, la imaginación extendida.
Además de diseñador gráfico, profesor de diseño, investigador, conferencista y editor activo desde hace más de 30 años, Sagahón es un célebre referente en el diseño de portadas, de las cuales ha realizado más de 450 para editoriales como Aguilar, Alfaguara, Fondo de Cultura Económica, Océano, Taurus y otras, y para autores como Carlos Fuentes, Arnoldo Kraus, Jorge Volpi, Jorge Ibargüengoitia, Sergio Ramírez, Mario Benedetti, Vicente Leñero, Beatriz Rivas y Enrique Serna, entre otros.
“No juzgues un libro por su cubierta”, se ha dicho mil veces y hay quien atribuye la frase a George Eliot, seudónimo de la poeta, traductora y periodista británica Mary Ann Evans. Es una buena recomendación, excepto que hay portadas, de libros y de discos (de aquellos LP) que son capaces de expresar o al menos sugerir las bondades del contenido, un poco porque “forma es fondo” y otro poco porque rara vez un buen libro o un buen disco tienen una mala portada, y viceversa. Hay una especie de diálogo armónico entre contenido y continente o contenedor, por lo que es infrecuente que un autor con calidad, que un editor de calidad, no exijan una portada de altura. ¿No compramos alguna vez un libro o un disco solo por su portada, muchas veces sin conocer al autor o autores?
Se sabe, por ejemplo, que The Dark Side of the Moon, el disco de 1973 de Pink Floyd, solo por su portada fue comprado en algunos casos por quienes no simpatizaban con el grupo ni con el rock progresivo. El famoso diseño del prisma atravesado por la luz fue desarrollado por el estudio de diseño Hipgnosis, de Storm Thorgerson y Aubrey Powell,y en particular por George Hardie. Claro, algo semejante ocurrió después con Pulse, de 1994, del mismo grupo, cuyocontenedor de cartón duro tenía un led rojo en el lomo que parpadeaba constantemente, remitiendo a un latido.
“Un buen libro se abre con expectación…”, decía Amos Bronson; “… Las cubiertas del libro son como un techo y cuatro paredes”, escribió John Berger. Un libro amable, o sea, digno de ser amado, lo es mucho más cuando a su contenido se suman los valores de su cuerpo: diseño de página, tipografía, papel, color, portada… ¡El olor de la tinta! Como objeto, el libro es más que un soporte textual o de imágenes, ya que constituye una experiencia material, visual, sensorial, intelectiva y emocional; afectiva, pues.
Cara de libro, de Leonel Sagahón, es una muestra que refiere a ese afecto y lo hace desde sus múltiples e importantes recursos retóricos y creativos hasta el montaje, sensible, singularmente didáctico, inteligente y funcional, definido por el propio autor. Además de la notable exposición que es, representa una singular lección tanto de diseño como de inventiva, vocación y profesionalismo. Para los interesados en el diseño y para quienes se enamoran o viven enamorados de los libros, se trata de una experiencia espléndida, luminosa, desacostumbrada por mucho; agradecible, por decir lo menos.




















































