Manuel Velázquez
Creo que es necesario educar a las nuevas generaciones en el valor de la derrota, en construir una identidad que permita fracasar y volver a empezar sin perder la dignidad, no se trata de ser un trepador social, sino de valorar la integridad y la comunidad, prefiero la autenticidad del que pierde a la vulgaridad del que gana a cualquier precio.
Cuenta una parábola Zen que un discípulo le preguntó a su maestro dónde se encontraba el éxito, y el maestro señaló en una dirección, el discípulo obedeció, pero en el camino se topó con una banda de ladrones que lo golpearon y lo despojaron de sus pertenencias, malherido y frustrado, volvió con el maestro y le planteó exactamente la misma pregunta. El maestro volvió a señalar la misma dirección.
El discípulo fue, una y otra vez, hacia donde se le indicaba, y siempre encontraba problemas. Cansado, le reclamó al maestro que cada vez que iba en esa dirección solo hallaba dificultades, el maestro, con paciencia, le dijo: “Después de los ladrones y de todos los problemas, unos pasos más allá está el éxito”.
Para el pensamiento Zen, el éxito no es un destino geográfico, un trofeo o una zona libre de problemas, la dirección del maestro no era un mapa hacia la riqueza, sino hacia la experiencia misma de la vida, no existe el éxito sin el fracaso, ni la alegría sin el dolor, al enviar al discípulo a la aventura, el maestro le enseñaba que, para “encontrar” el éxito, uno debe estar dispuesto a experimentar el mundo tal cual es, con sus peligros y sus recompensas.
Comprender esto es el verdadero propósito de la parábola: el éxito, como el arte, no se alcanza evitando el dolor o la frustración, ni buscando un camino fácil, sino teniendo la sabiduría y la resiliencia para enfrentarlo y, ante cada caída, volver a levantarse y continuar el camino.
Astor Piazzolla encarna esa parábola, es, quizá, uno de los mejores músicos argentinos, y su vida es testimonio de convicción para dedicarse al arte. Cuentan que, mientras recorría el mundo acumulando fracasos, en plena crisis económica le ofrecieron trabajar en un banco; llegó al trabajo, se paró en la puerta y regresó a su casa, le dijo a su mujer: “Si yo cruzo esa puerta, nunca volveré a ser feliz”. Siguió insistiendo, con necedad, en su camino por el arte.
En octubre de 1959, de gira en Puerto Rico, atravesaba una situación económica difícil y una profunda nostalgia, allí recibió la devastadora noticia: su padre, Vicente “Nonino” Piazzolla, había fallecido. En shock emocional, Astor se encerró en su habitación y pidió que lo dejaran solo, sí nació Adiós Nonino, himno universal de despedida.
Astor demostró que el arte transmuta el dolor y lo vuelve belleza, que no hay éxito sin fracaso, y que la excelencia, en habilidades, en virtudes, en la vida, se forja en las luchas difíciles que atravesamos y de las que aprendemos. Como el discípulo Zen, siguió caminando después de los ladrones, unos pasos más allá estaba su obra.
La producción artística es una carretera de dos sentidos, un proceso de ir y venir, acierto y error, la calidad siempre está en el horizonte y cada vez que avanzamos se aleja, nos ayuda a caminar. Samuel Beckett escribió “Lo intentaste, fracasaste, da igual, prueba otra vez, fracasa otra vez, fracasa mejor”.




















































