Ante el colapso, abandonan los agroquímicos y apuestan por la transición orgánica
YUSETT YÁÑEZ/PORTAVOZ
FOTO: ALEJANDRO LÓPEZ
Las reglas del juego para la caficultura han cambiado drásticamente en los últimos años, arrastrando a las familias productoras a un escenario donde la resistencia ya no es una opción de negocio, sino una estricta necesidad de supervivencia. El cambio climático, caracterizado por un clima sumamente impredecible, sumado a la agresividad de plagas como la roya, mantiene en jaque a uno de los sectores más emblemáticos del campo mexicano, sin embargo, entre la adversidad, las manos que cosechan el aromático se niegan a dejar morir la tierra y han emprendido una transformación profunda en sus parcelas.
Para salvar lo que queda de sus cosechas, una gran parte de las comunidades caficultoras ha comenzado a dejar atrás las viejas prácticas basadas en agroquímicos de alta toxicidad. En su lugar, están apostando por la capacitación técnica y la transición hacia la agricultura orgánica, un camino que promete devolverle la salud al suelo y blindar las plantaciones frente a las alteraciones del entorno.
El manejo tradicional del café ha tenido que dar un vuelco de 180 grados, la dependencia de los fertilizantes y pesticidas industriales demostró ser insuficiente e incluso contraproducente ante las mutaciones de las plagas y el desgaste ecológico. Hoy en día, la capacitación comunitaria y el apoyo de asesores agrícolas especializados quienes guían a los productores en el monitoreo constante del cafetal se han convertido en el pilar fundamental para evaluar la salud de las plantas.
“Anteriormente nosotros regábamos mucho químico, pero ya nos dan otro procedimiento, porque esto es orgánico, para que nuestro café sea orgánico, y así vamos combatiendo”, relataron los productores en el campo, quienes asimilan nuevos procesos naturales para hacer frente a patógenos implacables.
Sin embargo, la reconversión ecológica no marcha en un camino llano, los caficultores no solo se enfrentan a microorganismos invisibles, sino también a la furia de los elementos naturales, el cambio climático ha intensificado los regímenes de lluvia, provocando inundaciones y desbordamientos de arroyos que atraviesan las zonas montañosas de cultivo, estos fenómenos hidrometeorológicos son capaces de destruir años de arduo esfuerzo en un abrir y cerrar de ojos, lavando los suelos y sepultando parcelas completas bajo el lodo.
Ante la pérdida total de cafetales enteros por los cauces desbocados, la consigna es volver a empezar: resembrar desde cero y ceñirse a procedimientos cada vez más naturales, la comunidad ha entendido que contra la fuerza del clima actual no se puede competir con fuerza bruta ni con químicos, sino con resiliencia, adaptabilidad y paciencia.
El café es, por naturaleza, un cultivo de paciencia extrema, requiere un largo y minucioso proceso de hasta tres años de cuidados intensivos, deshierbe, poda y nutrición antes de que la planta sea capaz de regalar su primer fruto aprovechable, toda esta inversión de tiempo y trabajo físico se encuentra hoy severamente amenazada por el enemigo número uno del sector a nivel internacional: la roya del café (Hemileia vastatrix), un hongo fitopatógeno que debilita las hojas hasta secarlas, provocando la defoliación total y “quemando” literalmente las plantaciones.
El impacto económico de este hongo es devastador y medible. Los productores explican con crudeza la realidad de sus números en las temporadas recientes:
Rendimiento histórico: En condiciones óptimas previas a la crisis, una hectárea de cultivo bien trabajada era capaz de proveer una abundancia de aproximadamente 60 bultos o sacos de café.
Con el embate de la roya y las alteraciones del clima, la producción se ha desplomado drásticamente a menos de la mitad de su capacidad histórica por hectárea.
Esta alarmante caída en los volúmenes de cosecha no solo fragmenta la economía de las familias campesinas, sino que genera un efecto dominó a lo largo de toda la cadena de valor. La escasez del grano eleva inevitablemente los costos de adquisición para los exportadores y los tostadores, encareciendo finalmente la taza de café para el consumidor en las ciudades.











































