Sheila X. Gutiérrez Zenteno
Con L de lesbiana
Stormé DeLarverie era una mujer, una lesbiana butch. Una lesbiana que decidió levantar la voz y luchar por los derechos de mujeres lesbianas, como ella. Ser lesbiana es la orientación sexual de una mujer que se siente atraída por otras mujeres. Es una realidad anclada en el sexo femenino y en las vivencias materiales, políticas e históricas de las mujeres.
Como lesbiana butch, Stormé había adoptado una imagen masculinizada, fue su manera de retar a un sistema que obligaba a las mujeres como ella a negar su orientación sexual. Para las lesbianas butch, lucir una identidad masculina era ─y sigue siendo─ una forma de escribir su historia, de vivir su erótica y de hacer política; estas mujeres subvirtieron las normas de género y utilizaron la imagen masculina como parte de su identidad. No buscaban ser hombres, eran ─y son─ mujeres que aman a otras mujeres.
Joan Nestle ─fundadora de los Lesbian Herstory Archives─ en su libro The Persistent Desire: A Femme-Butch Reader (El deseo persistente: Una antología Femme-Butch) defiende que la masculinidad butch no es una imitación del hombre heterosexual. Nestle la define como una identidad erótica, afectiva y de género con derecho propio. Una mujer butch expresa una forma única de “ser mujer” que desafía el patriarcado; la masculinidad se convierte en un territorio de ternura, protección y deseo enfocado enteramente hacia otras mujeres.
En Boots of Leather, Slippers of Gold (Botas de cuero, zapatillas de oro) de Elizabeth Lapovsky Kennedy y Madeline D. Davis (ambas académicas lesbianas) realizaron un estudio etnohistórico basado en 14 años de testimonios orales de lesbianas de clase obrera (principalmente butches y femmes) en Nueva York entre 1930 y 1960. Lesbiana butch era una categoría comunitaria de la clase trabajadora.
Al negarse estas mujeres a representar el ideal de la mujer tradicional, al negarse a usar faldas o asumir los roles femeninos que la sociedad les exigía, las butches conformaron una resistencia lésbica de vanguardia, asumieron el costo social de luchar por sus espacios, enfrentaron acoso callejero y brutalidad policial al romper la norma impuesta a las mujeres sobre cómo debían vivir su ser y su sexualidad. Ser butch era ─y es─ sinónimo de coraje colectivo.
Para estas tres autoras, la imagen masculina de una lesbiana butch (como Stormé) es una masculinidad puramente femenina y sáfica. No busca el dominio, la explotación ni la sumisión de la mujer femme (como sí lo hace la masculinidad patriarcal). Es un lenguaje de seducción y amor basado en la reciprocidad entre dos mujeres.
Cuando una mujer lesbiana adopta la identidad y estética butch, ─cabello corto, usa ropa tradicionalmente de hombre o asume actitudes fuertes─ no está cambiando de género ni dejando de ser mujer. Está demostrando que una mujer puede apropiarse de la masculinidad y rechazar el canon de la feminidad obligatoria sin necesidad de renunciar a su realidad como mujer. Una butch es una mujer críticamente rebelde, no una identidad fuera del binario, pero la sociedad la castiga con especial dureza porque hace visible su rechazo a los estereotipos de género impuestos por el patriarcado sobre las mujeres.
LA BUTCH NO IMITA AL HOMBRE, RECUPERA EL ESPACIO PÚBLICO PARA LAS LESBIANAS
Stormé siempre se llamó así misma MUJER.
Y fue ella, a sus 48 años, quien arrojó el primer ladrillo contra las fuerzas del orden mientras gritaba a quienes observaban cómo podían no hacer nada ante las injusticias que la comunidad de su tiempo enfrentaba. El 28 de junio de 1969, la policía neoyorquina realizó una redada en el bar gay Stonewall Inn en el que Stormé se encontraba. La también cantante y activista fue arrestada y esposada a la fuerza por la policía por violar las leyes de vestimenta de la época. Stonewall Inn era un bar que no vendía alcohol, y era de los pocos espacios que permitía el baile entre hombres y refugiaba a jóvenes sin hogar que rompían las normas de género de la época.
En el documental Stormé: The Lady of the Jewel Box (1987, Michelle Parkerson) narra cómo ella recibió un golpe en la cabeza con una porra tras propinarle un puñetazo a un agente; forcejeó fuertemente contra los oficiales tras quejarse de que las esposas estaban demasiado apretadas, mientras la sangre cubría su rostro, Stormé miró a la multitud que observaba de forma pasiva y les gritó: “¿Por qué no hacen algo?”.
La figura de Stormé DeLarverie transformó el activismo de las mujeres lesbianas, no solo rompió de forma pública las estrictas leyes de vestimenta de la época al usar trajes de esmoquin hechos a medida; orgullosa y protectora de su propia comunidad, Stormé fue un pilar en la vida de las mujeres lesbianas de Greenwich Village, Stormé fue su protectora.
Cuentan que Stormé caminaba de forma voluntaria por las calles de Nueva York ─armada─ para evitar que las mujeres lesbianas (sobre todo las más jóvenes o sin hogar) fueran violadas, asaltadas o acosadas. Hasta sus 80 años, Stormé trabajó como cadenera y guardia en los bares de la comunidad, asegurándose de que las mujeres tuvieran espacios de ocio libres de la violencia de los hombres, principalmente los heterosexuales.
ANTES DE STORMÉ, LAS HIJAS DE BILITIS
Antes de Stonewall, el movimiento no se identificaba con acrónimos de letras, sino a través de dos conceptos principales que se popularizaron entre 1950 y 1960: The Daughters of Bilitis (para mujeres lesbianas) y The Mattachine Society (para hombres homosexuales).
Las Hijas de Bilitis (The Daughters of Bilitis) fue la primera organización política y social de lesbianas en la historia de los Estados Unidos. El grupo comenzó en octubre de 1955 por iniciativa de cuatro parejas de lesbianas. Las fundadoras principales fueron Del Martin y Phyllis Lyon, quienes llevaban un par de años de relación y buscaban un espacio seguro para conocer a otras mujeres y bailar sin el miedo constante a las brutales redadas policiales en los bares gais. La idea original de crear este club social fue de Rose Bamberger, una mujer de origen filipino y trabajadora de una fábrica. Dentro del grupo inicial (ocho mujeres fundadoras) también se encontraba una mujer chicana (latina) registrada históricamente solo como Mary.
Pronto se dieron cuenta de que las mujeres necesitaban algo más que un club social, necesitaban apoyo legal, educación y un sentido de comunidad. El grupo creció rápidamente y abrió sedes en Nueva York, Los Ángeles, Chicago y Boston. Como parte del Movimiento Homófilo, las Hijas de Bilitis adoptaron un enfoque pacífico y enfocado en la educación.
Su proyecto se sustentó en tres pilares fundamentales: educación mutua, es decir, apoyaban a otras mujeres a entender y aceptar su sexualidad, a superar la culpa impuesta por la religión o la psiquiatría, y a integrarse en la sociedad reconociéndose como mujeres lesbianas. El segundo pilar se enfocó en educar a la sociedad, daban conferencias a profesionales (médicos, abogados, psicólogos) para derribar los mitos sobre la homosexualidad y humanizar a las mujeres lesbianas. El tercer pilar fue la investigación; colaboraron con científicos y sociólogos de la época para demostrar que la homosexualidad no era una enfermedad mental ni una desviación criminal.
En 1956, las Hijas de Bilitis fundaron la revista The Ladder, la primera publicación periódica lésbica distribuida a nivel nacional en Estados Unidos. Publicaban poesía, análisis políticos, relatos de ficción con temática lésbica e información sobre los derechos civiles de las mujeres, pero como la libertad de las mujeres era limitada en esa época, y la de las mujeres lesbianas aún más, la revista debía ser entregada de la forma más discreta posible, llegaba a los buzones de correos de mujeres aisladas en todo el país envuelta en papel marrón liso para proteger el secreto de las suscriptoras.
A diferencia de otros espacios segregados de la década de 1950, este grupo nunca estuvo cerrado exclusivamente a mujeres de una sola etnia. A medida que la organización creció varias mujeres negras asumieron los puestos de liderazgo más importantes del movimiento lésbico en Estados Unidos, entre ellas Cleo Bonner, quien en 1964 hizo historia al ser elegida como la presidenta nacional de todas las Hijas de Bilitis. Lorraine Hansberry, escritora y dramaturga afroamericana fue una activa colaboradora secreta que enviaba intensas cartas de análisis político y poemas a la revista del grupo.
CON L DE LESBIANA
A diferencia de la palabra “homosexual”, que nació en un laboratorio médico en el siglo XIX, la palabra “lesbiana” tiene un origen poético ─y geográfico─ que se remonta a la Antigua Grecia (siglo VI a.C.).
En el mar Egeo existe una isla griega llamada Lesbos, una persona “lesbiana” era simplemente alguien nativo de esa isla; pero en esa isla vivió Safo, una de las poetisas más célebres de la antigüedad. Cuenta la historia que Safo fundó una academia para mujeres jóvenes donde se enseñaba arte, poesía y danza. En sus poemas, Safo expresaba un profundo amor, deseo y admiración romántica hacia otras mujeres. La literatura y la cultura occidental comenzaron a usar el nombre de la isla de nacimiento de Safo para describir el amor entre mujeres (amor sáfico o amor lésbico). Así, las palabras “lesbiana” (gentilicio) y “safismo” (en atención a la poetisa), se convirtieron en sinónimos de la atracción sexual entre mujeres.
Usar la palabra lesbiana garantiza que la lucha de estas mujeres por sus derechos civiles sea visible y cuente con su propio nombre, a diferencia del concepto homosexualidad, que aunque significa “relativo al mismo sexo” o “atracción hacia el mismo sexo”, los medios centraron en el hombre homosexual. Nombrarse lesbiana es un acto político de existencia, resistencia y dignidad.
Inicia el período vacacional, esta columna regresa en el mes de agosto. Por su amable lectura, gracias.




















































