La inaccesibilidad que hoy define a Yaxchilán ha sido, paradójicamente, su mejor protección
ARGENIS ESQUIPULAS/PORTAVOZ
En la espesura de la Selva Lacandona, en el estado mexicano de Chiapas, el rugido del motor de una lancha rompe el silencio que ha guardado durante siglos una de las ciudades más enigmáticas del mundo maya. Yaxchilán, cuyo nombre prehispánico fue Pa’Chan (“Cielo Divino” o “Cielo Partido”), no es un destino que se alcance por carretera. Su acceso, restringido y ritual, se convierte en la primera página de una historia que empezó a escribirse hace más de mil 700 años.
Mientras el resto de las grandes zonas arqueológicas de México reciben a sus visitantes con estacionamientos, taquillas y autobuses turísticos, Yaxchilán permanece al margen del ruido del mundo moderno, para llegar hasta sus 120 edificios y cientos de inscripciones jeroglíficas, es necesario someterse a un viaje que comienza en la comunidad de Frontera Corozal, a 164 kilómetros de la ciudad de Palenque por la Carretera 307. Allí, los viajeros deben abordar una lancha de motor que surca las aguas del caudaloso río Usumacinta durante entre 30 y 40 minutos, navegando hacia lo profundo de la selva, sin rutas terrestres directas disponibles. Para quienes buscan una alternativa más rápida, aunque menos accesible, existe la opción de una avioneta que parte desde Palenque, Ocosingo, Tuxtla Gutiérrez o Tenosique.
Esta barrera geográfica no es un accidente moderno, los antiguos constructores de Yaxchilán eligieron su ubicación con una precisión estratégica asombrosa, el asentamiento ocupa el vértice de un meandro en forma de herradura del río Usumacinta, en el municipio de Ocosingo, justo sobre la frontera natural entre México y Guatemala. Esta posición convirtió al río en su principal defensa natural, protegiendo a la ciudad de sus feroces rivales, como Piedras Negras, Tikal y Palenque, con quienes sostuvo prolongadas guerras por el dominio de la región.
UN IMPERIO TALLADO EN PIEDRA CALIZA
Fundada alrededor del año 300 d.C., Yaxchilán alcanzó su máximo esplendor entre los años 600 y 800 d.C., durante el periodo conocido como el Clásico Tardío. En ese lapso, la ciudad se convirtió en una capital regional que dominó sitios vecinos como Bonampak. La evidencia de su poder no solo está en la piedra de sus edificios, sino en el denso registro escrito que la distingue de cualquier otro sitio maya: 124 textos distribuidos en 30 estelas, 21 altares y 59 dinteles. Estas inscripciones no son meramente decorativas; son crónicas vivas que documentan alianzas, guerras, rituales de sangre y la genealogía de sus gobernantes con un nivel de detalle que los arqueólogos aún descifran.
Los 120 edificios que forman el área nuclear del sitio son el testimonio de más de cuatro siglos de actividad constructiva ininterrumpida. Se distribuyen en tres grandes conjuntos arquitectónicos que los visitantes pueden recorrer: la Gran Plaza, paralela al río; la Gran Acrópolis, elevada sobre una cuesta; y la Pequeña Acrópolis, a la que se accede a través de un sendero selvático. De este total, 50 estructuras están abiertas al público, permitiendo apreciar la majestuosidad de una ciudad que fue absorbida por la selva tras su colapso a principios del siglo IX.
LOS SEÑORES DEL CIELO DIVINO
La historia dinástica de Yaxchilán está dominada por figuras colosales. Tres nombres resuenan con particular fuerza en la narrativa del lugar: Escudo Jaguar I, Pájaro Jaguar IV y Itzamnaaj B’alam II.
Escudo Jaguar I (Itzamnaaj B’alam II) reinó entre 681 y 742 d.C. y fue el arquitecto del poder regional de la ciudad. Durante su largo mandato de más de 60 años, emprendió un ambicioso programa de construcciones y conquistas que elevaron a Yaxchilán a su máximo esplendor. Bajo su reinado, el reino se extendió hasta incluir sitios como La Pasadita y ejerció dominio sobre Bonampak.
Su legado, sin embargo, fue continuado por su hijo, Pájaro Jaguar IV (Bird Jaguar IV), quien gobernó de 752 a 768 d.C. La historia de Pájaro Jaguar IV es una de las más fascinantes, pues no era hijo de la esposa legítima de su padre, por lo que tuvo que pasar su juventud a la sombra de una facción rival hasta lograr su entronización. Para legitimar su poder, emprendió una campaña de construcción y propaganda sin precedentes, ordenando la edificación del Edificio 33 en la Gran Acrópolis; esta estructura, considerada por los especialistas como una de las obras arquitectónicas más logradas del mundo maya, alberga en su interior una escultura decapitada del propio gobernante. La mayoría de los monumentos que mandó erigir narran su legitimidad y el amor a su madre, representada en la estela 35, donde se conserva todavía el carbón original del incienso que se quemó hace más de 13 siglos en el Edificio 21.
EL EXPOLIO DE LOS DINTELES: UNA HISTORIA EN TRES MUSEOS
Más allá de sus imponentes edificios, Yaxchilán es famoso por sus dinteles esculpidos en piedra caliza, considerados obras maestras del arte maya, el más célebre de ellos es el Dintel 24, que data de entre los años 723 y 726 d.C, esta pieza, que originalmente se encontraba en el Edificio 23, representa un ritual de autosacrificio de la reina K’anb’al Xook, esposa de Escudo Jaguar I, quien se perfora la lengua con una cuerda tachonada de navajas de obsidiana para hacer brotar su sangre y conjurar una visión.
Junto con el Dintel 25 (que representa la visión misma) y el Dintel 26, formaban una trilogía que narraba un ritual de sangre crucial para la legitimidad del reinado de Escudo Jaguar I. Sin embargo, a finales del siglo XIX, estas piezas fueron arrancadas de su contexto original por exploradores extranjeros. Alfred Maudslay retiró los dinteles 24 y 25 en 1882 y 1883, enviándolos al Reino Unido, donde hoy se exhiben en el Museo Británico de Londres. El Dintel 26 fue descubierto más tarde por Teoberto Maler en 1897 y, tras un periplo, fue trasladado en 1964 al Museo Nacional de Antropología de la Ciudad de México. Tras el expolio, la Estructura 23, que alguna vez contuvo estas joyas, se derrumbó.
LA SELVA COMO GUARDIANA Y EL COSTO DE LA CONSERVACIÓN
La inaccesibilidad que hoy define a Yaxchilán ha sido, paradójicamente, su mejor protección, al estar inmerso en la Selva Lacandona y alejado de las grandes obras de infraestructura, el sitio ha conservado un entorno natural que otros grandes centros mayas perdieron hace décadas. Declarado monumento natural y cultural, Yaxchilán es una cápsula del tiempo donde la historia y la ecología coexisten en un delicado equilibrio.
Sin embargo, esta protección tiene un costo y un protocolo estricto, el ingreso al sitio está regulado por dos instancias, la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP) cobra 120 pesos mexicanos por persona por el acceso a la zona natural protegida. A esta cuota se suman 80 pesos que cobra la comunidad indígena chol, que administra y custodia parte del sitio. Además, antes de llegar al embarcadero, los visitantes deben pasar por dos retenes comunitarios donde está estrictamente prohibido tomar fotografías, una medida de seguridad y respeto a la comunidad local.
A pesar de su aislamiento, Yaxchilán sigue siendo un lugar sagrado, algunos mayas lacandones continúan realizando peregrinaciones al sitio para llevar a cabo rituales a sus dioses, en el mismo lugar donde sus antepasados construyeron templos hace más de mil 700 años, para el visitante moderno, el viaje a Yaxchilán es una experiencia inmersiva. Como describe el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), al caminar por la vereda y atravesar la oscuridad de los pasillos del Edificio 19, conocido como “El Laberinto”, uno queda impactado por la vista de la Gran Plaza, donde se alzan templos, el juego de pelota, palacios, altares y estelas, todos enmarcados por el verde de la selva y la imponente presencia de una gran ceiba, el árbol sagrado de los mayas.
Al subir a la Gran Acrópolis y contemplar el Edificio 33 con su crestería monumental, los visitantes no solo ven piedra antigua. Escuchan los gritos de la guerra, las conversaciones de la corte y el mensaje de los antiguos mayas sobre el colapso ecológico y la guerra, problemas que, como advierte el INAH, siguen siendo esencialmente los mismos que enfrentamos ahora: “No debemos repetir el mismo error de los antiguos mayas, nosotros somos ellos o, ellos, nosotros”. En Yaxchilán, el pasado no es un tiempo muerto; es un eco que sigue vibrando en la corriente del Usumacinta.




















































