Roberto Chanona
Conocí a Juan Carlos Cal y Mayor Franco cuando en Tapachula se organizaba una exposición de artistas japoneses radicados en Chiapas. Tuve la fortuna de escribir el texto de presentación del catálogo y en la inauguración de la muestra guiar al embajador de Japón entre las obras. Luego fuimos a comer a un restaurante y cuando íbamos a pasar al postre llegó Juan Carlos porque era el secretario de Turismo del estado. Le pasaron un plato con alimentos e iba a tocarlo cuando se dio cuenta de que habíamos terminado y discretamente pidió al mesero lo retirara y mejor le trajera lo mismo para acompañarnos.
Años después, cuando era director del Coneculta, me llamó y fue muy directo: “Mira, Roberto, necesito que me apoyes en un proyecto que traigo desde hace tiempo. Quiero hacerle un libro a Juan Esteban Gutiérrez, ‘El Tigre’”. Le respondí que no había problema, pero que iría a Arriaga hablar con Juan Esteban para ver si estaba de acuerdo en hacer un libro sobre Arriaga y que fuera él quien nos hablara de la historia de su pueblo y nos contara sus anécdotas políticas, que ya las conocía y eran fantásticas. Agradablemente era un hombre muy inteligente y le agradó la idea, y así nació: La Ciudad de los Vientos en el Ojo del Tigre.
Después de la plática con Juan Esteban en la famosa cenaduría de la tía Nati, visité a Juan Carlos de nuevo en su oficina para explicarle cómo íbamos a proceder para el desarrollo del proyecto. Le gustó la idea y comenté que luego le pasaría los avances con el fin de que empezara a escribir el texto de la presentación. De paso le dije que iba a integrar a Valente Molina, oriundo de Arriaga, para que nos hablara del ferrocarril, y que pensaba solicitar a Enrique Alfaro colaborara con una caricatura del personaje tan querido de su pueblo.
Emprendí el proyecto. Me fui a la Ciudad de los Vientos para grabar a Juan Esteban. El fin de semana nos alcanzó Cal y Mayor y comimos en Santa Brígida. Juan Carlos era un excelente conversador con una amplia cultura y sobre todo sabía escuchar, y “El Tigre” un narrador nato con un acervo interminable de anécdotas con políticos de altos vuelos.
Era un agasajo escuchar a los dos personajes al calor de unos alipuses frente a la bahía de Santa Brígida. Por eso quiero recordar sus palabras:
Pensar en Arriaga sin Juan Esteban Gutiérrez, El Tigre, es prácticamente imposible. Es como evocar a Comala sin Pedro Páramo, o recordar Cien años de soledad sin Aureliano Buendía. De alguna manera las vidas de ciertos personajes están estrechamente vinculadas a la historia de sus pueblos.
Políticamente es un referente obligado a pensar que nunca ha ocupado un cargo público. En su álbum personal encontramos fotografías que destacan la visita de candidatos, presidentes y gobernadores al lado de El Tigre; no se puede pensar políticamente en la costa chiapaneca sin procurar la simpatía o el afecto de este líder natural que ejerce una influencia en su entorno. Lejos de ser complaciente, habla fuerte cuando de procurar beneficios para su pueblo se trata y expresa con absoluta franqueza lo que piensa. Se declara leal a un solo partido y sin embargo es amigos de todos: la amistad, para él, es el valor más sólido. Es imposible pasar breves momentos en su compañía, porque éstos se transmutan en horas memorables.
Y fueron muchas las que pasamos juntos. Presentamos el libro en Arriaga, Tuxtla y Tonalá. Luego no volví a verlo, pero seguí leyendo sus artículos. Hace poco hablé telefónicamente con él porque en los medios se trataba acerca del decreto de modificación del Escudo de Chiapas. Entonces, como iba a escribir sobre el tema, le pedí me facilitara lo publicado de su autoría. Hablamos largo y tendido durante más de una hora y después recibí sus escritos.
Juan Carlos Cal y Mayor Franco fue un defensor aguerrido de la preservación del escudo de Chiapas. Desgraciadamente hay quienes traen la corona atorada en la cabeza, pero la verdadera monarquía, como muy acertadamente lo dijo: …sigue aquí, viva… No la encarna un rey, sino el gobernador en turno rodeado de cortesanos que aplauden a cambio de prebendas, de vasallos que callan por temor y de un pueblo al que se mantiene dócil a cambio de programas sociales.
El verdadero problema no es el escudo sino lo que representa. Quitar la corona no elimina el sometimiento, apenas lo disfraza. Cambiar los símbolos sin cambiar las prácticas es como pintar una casa en ruinas: luce bien en la foto, pero se desmorona al primer temblor. El pueblo chiapaneco merece respeto, no manipulación simbólica, porque la historia no se corrige borrándola, sino entendiéndola.
Ahora que nos ha dejado para siempre, ya ha de estar de nuevo con “El Tigre” platicando en Santa Brígida, resuenan sus palabras que espero pronto sean recogidas en algún libro. Es cierto, como persona tuvo sus debilidades, cualquiera las tiene, pero era una pluma con una crítica acertada y nos va a hacer falta ahora cuando la mesa está servida para que nos sentemos a convivir con la mediocridad de nuestros días.




















































