Eduardo Díaz Zenteno
Hay profesiones que se ejercen con las manos, otras con la voz y algunas con la capacidad de comprender el peso que una palabra puede tener sobre la vida de otra persona, la abogacía pertenece a esta última categoría, por eso resulta insuficiente recordar el Día del Abogado únicamente con felicitaciones, fotografías y discursos sobre la nobleza del derecho, porque pocas profesiones obligan a convivir tan de cerca con los conflictos humanos y, al mismo tiempo, exigen conservar la serenidad suficiente para resolverlos.
Un abogado aprende pronto que la ley rara vez llega a su escritorio acompañada de certezas, llega convertida en una familia que disputa una herencia, en una persona que teme perder su libertad, en una mujer que busca protección, hombres y mujeres que buscan justicia, en un trabajador que reclama lo que considera suyo, en una institución que debe defender una decisión o en alguien que simplemente necesita que otro traduzca el lenguaje del Estado para poder comprender qué está ocurriendo con su propia vida.
Quizá por eso el derecho nunca ha sido únicamente una profesión, es también una forma de mirar el mundo.
Los romanos construyeron buena parte de su civilización alrededor de una idea que todavía atraviesa nuestros códigos, tribunales e instituciones: Ius est ars boni et aequi, el derecho es el arte de lo bueno y de lo justo. La frase parece sencilla hasta que llega el momento de aplicarla, porque conocer la ley es una cosa; interpretar sus alcances, comprender sus consecuencias y decidir qué hacer con el conocimiento que concede, es otra muy distinta, ahí comienza la verdadera dimensión del abogado.
Porque la ley puede memorizarse, pero el criterio necesita tiempo; los códigos pueden estudiarse, pero la prudencia se construye; los argumentos pueden perfeccionarse, pero la conciencia con la que se utilizan pertenece exclusivamente a quien los pronuncia.
El derecho concede una forma particular de poder: el poder de nombrar, defender, acusar, interpretar, reclamar, sentenciar y transformar la realidad de otros a través de palabras. Una firma puede devolver un patrimonio o arrebatárselo; una defensa puede preservar la libertad; una resolución puede cambiar para siempre la historia de una familia y una reforma bien construida puede modificar la vida de generaciones que jamás conocerán el nombre de quienes la redactaron.
Por eso la abogacía exige algo más que inteligencia… Exige carácter.
En tiempos donde la discusión pública parece premiar al que grita primero, donde una acusación puede convertirse en sentencia antes de llegar a un tribunal y donde las redes sociales confunden con facilidad la indignación con la justicia, el abogado tiene una responsabilidad particularmente compleja: recordar que el derecho no puede depender del aplauso, de la popularidad ni de la conveniencia del momento.
La justicia, cuando verdaderamente lo es, suele exigir paciencia.
Escuchar antes de responder, leer antes de juzgar, conocer antes de condenar, comprender que incluso la persona con la que menos coincidimos conserva derechos y que la fortaleza de un sistema jurídico no se demuestra cuando protege al popular, sino cuando es capaz de garantizar la ley incluso frente a quien despierta rechazo.
Ese principio incomoda, pero precisamente por eso existe el derecho.
Chiapas, además, obliga a quienes ejercen la abogacía a comprender que la justicia no puede observarse desde una sola realidad. En un territorio de enorme diversidad cultural, lingüística, social y comunitaria, aplicar la ley exige conocer no únicamente los códigos, sino también el lugar donde esos códigos deben cobrar sentido; hay comunidades donde la distancia hacia un tribunal se mide en horas, personas para quienes el español no es la lengua en la que comprenden el mundo y conflictos cuya historia comenzó mucho antes de que un expediente recibiera número.
Ahí, el abogado deja de ser solamente intérprete de normas para convertirse también en puente.
Entre la ciudadanía y las instituciones, entre el conflicto y el acuerdo, entre la fuerza del Estado y los límites que la ley debe imponerle, entre quien conoce sus derechos y quien todavía necesita que alguien le explique que los tiene.
No todos los abogados litigan, no todos llegan a los tribunales y no todos ejercen desde el servicio público. Algunos enseñan, otros investigan; algunos redactan leyes, otros defienden empresas, acompañan comunidades, construyen acuerdos, administran instituciones o dedican su vida a formar a quienes un día tendrán que decidir sobre la libertad, el patrimonio y los derechos de los demás.
Pero todos, desde espacios distintos, participan de una misma responsabilidad: evitar que la ley se convierta únicamente en letra.
Celebrar el Día del Abogado debería servir también para recordar que los títulos conceden facultades, pero no virtudes; que una cédula profesional acredita conocimiento, pero no garantiza rectitud; y que ninguna toga, cargo, despacho o nombramiento puede sustituir aquello que durante siglos ha sostenido la legitimidad del derecho: la confianza.
Porque al final, las personas no llegan ante un abogado buscando artículos y fracciones, llegan buscando respuestas.
A veces encuentran soluciones; otras veces descubren que la ley no puede concederles lo que desean, en ambos casos merecen claridad, honestidad y la certeza de que su historia no fue reducida a un número de expediente.
Los antiguos repetían Fiat iustitia, ruat caelum: que se haga justicia, aunque caiga el cielo. Quizá hoy no sea necesario esperar que el cielo se derrumbe, pero sí recordar la profundidad de la frase, porque ejercer el derecho implica sostener principios precisamente cuando resulta más sencillo abandonarlos.
Este 12 de julio, entre felicitaciones, reconocimientos y discursos, merece la pena recordar que ser abogado no consiste únicamente en saber qué dice la ley, consiste en decidir, todos los días, qué clase de persona se será al momento de ejercerla porque los códigos cambian, las instituciones se transforman, los cargos terminan y las sentencias algún día se convierten en archivos, pero hay algo que permanece mucho después de que un expediente se cierra: la forma en que alguien utilizó el conocimiento que tenía cuando la vida, la libertad o la esperanza de otra persona estuvieron, por un instante, en sus manos.



















































