Como si el tiempo hubiera borrado las cuentas pendientes, el exmandatario regresó al estado reavivando el recuerdo de uno de los sexenios más controvertidos de la historia reciente
PORTAVOZ/STAFF
A veces, la política regala postales que ni el mejor guionista de comedia negra se atrevería a escribir. El Palacio de Gobierno abrió sus puertas para recibir a un fantasma. No era un espectro cualquiera, era Juan Sabines Guerrero, el hombre que durante seis años gobernó Chiapas con la delicadeza de un chivo en cristalería y la moderación de un adolescente con tarjeta de crédito ilimitada. Catorce años después de dejar el cargo, el hijo del “Ciclón del Sureste” decidió que era momento de volver a casa para comprobar, quizás con genuina curiosidad antropológica, si los chiapanecos habíamos desarrollado amnesia colectiva o si, por el contrario, la memoria nos seguía funcionando con la precisión de un reloj suizo.
La respuesta no se hizo esperar, el rechazo brotó con la espontaneidad de un manantial y las mentadas florecieron en redes sociales con una creatividad léxica que haría sonrojar a un cargador de muelle. Chiapas, ese territorio donde, según el exgobernador, todo se olvida con una carretera inaugurada y una foto con pueblos originarios, demostró tener una memoria prodigiosa. Descubrió que hay heridas que el tiempo no sutura y que los recuerdos de un Gobierno desastroso, corrupto y autoritario se niegan a desaparecer como si fueran manchas de mole en mantel blanco.
Don Juan Sabines Gutiérrez, se ganó a pulso el apodo de “Ciclón del Sureste” por su energía arrolladora y su capacidad para transformar el estado. El hijo intentó heredar el mote, creyó que la genética le otorgaba automáticamente credenciales de fenómeno natural. La realidad fue más modesta, no llegó a ser ciclón, apenas una tormenta tropical con rachas de tornado y efectos devastadores de huracán categoría cinco. Hoy, como diría José José, es un volcán apagado que, en su momento, escupió lava con generosidad sobre las finanzas públicas, las instituciones y la paciencia de cinco millones de habitantes.
Aquellos años del Gobierno de los excesos, de decisiones tomadas en la madrugada cuando la mente nublada encontraba en la oscuridad cómplice el escenario perfecto para las venganzas y ocurrencias más disparatadas. Mauricio Perkins y Nemesio Ponce, esos dos personajes que la historia oficial preferiría sepultar bajo toneladas de concreto, daban instrucciones telefónicas a horas insólitas. Las órdenes, siempre absurdas, siempre desproporcionadas, se ejecutaban con una obediencia que rozaba lo religioso. Así se gobernó Chiapas durante un sexenio: con nocturnidad, con alevosía y con un desprecio olímpico por el más elemental sentido común.
Juan Sabines Guerrero calculó que el tiempo había hecho su trabajo de limpieza histórica. La aritmética política suele fallar cuando se ignoran variables tan incómodas como los hospitales y ciudades rurales que nunca funcionaron, las deudas que siguen pagándose con el sudor de varias generaciones y aquella sensación de haber sido gobernados por alguien que confundía la administración pública con una fiesta privada donde los excesos estaban permitidos.
LA COMPARACIÓN E INDIFERENCIA
La escena en Palacio de Gobierno merece un análisis aparte. Eduardo Ramírez, actual gobernador, recibió al exgobernador con una cortesía política impecable. Los buenos anfitriones saben que la elegancia no está reñida con la contundencia. Le ofreció una silla, probablemente un café y, sin previo aviso, le sirvió en bandeja de plata una frase de Marco Aurelio que cayó como un hachazo sobre las pretensiones del visitante. El emperador romano, desde la distancia de los siglos, se convirtió en el vocero involuntario de una nueva era: “Yo, personalmente, hago lo que debo; lo demás no me atrae, porque es algo que carece de vida, de razón o anda extraviado y desconoce el camino”.
La cita no fue casual, Eduardo Ramírez no es de esos políticos que tiran frases al aire esperando que alguien las recoja en un tuit. La selección del texto fue quirúrgica, casi cruel en su precisión. El mensaje no admitía interpretaciones ambiguas. Cuando Marco Aurelio escribe “hago lo que debo”, está estableciendo el fundamento de la ética estoica. La única obligación real de un ser humano es actuar con virtud: justicia, sabiduría, templanza. No importa el cargo, no importa el título. Sabines, que gobernó como quien administra una hacienda personal, recibió en una sola línea el reproche de XVIII siglos de filosofía.
La segunda parte de la cita es todavía más demoledora. “Lo demás no me atrae” es una declaración de independencia absoluta frente a las cosas indiferentes: la fama, la riqueza, la reputación, las críticas. Los estoicos llamaban a esto adiaphora. Eduardo Ramírez le estaba diciendo a Sabines que su visita, sus aspiraciones, sus maniobras de pasillo y sus pretendidos regresos triunfales le resultan absolutamente indiferentes. Finalmente, “carece de vida, de razón, o anda extraviado” es un diagnóstico despiadado sobre quien actúa sin virtud. Marco Aurelio no despreciaba a los ignorantes, los compadecía con frialdad analítica. Quien vive esclavo de sus impulsos, de las apariencias o del qué dirán, está actuando sin logos, sin razón. Está muerto espiritualmente. Es ruido vacío. Sabines, que llegó creyendo que el tiempo lo había absuelto, se encontró con un gobernador que lo observaba con la misma distancia con que un médico examina un caso clínico interesante, pero irremediable.
UN HOMBRE EXTRAVIADO
Desde diciembre de 2025, un exrector de la Universidad Autónoma de Chiapas había estado motivando a Sabines para regresar al terruño. La idea, aparentemente luminosa, consistía en darse un baño de pueblo, reaparecer ante las masas, verificar si el capital político seguía intacto de cara al 2027. Los políticos que llevan demasiado tiempo fuera del poder desarrollan una curiosa patología: confunden el silencio con la aprobación y la distancia con el olvido. Creen que la ausencia es una forma de nostalgia y no, como suele ser, un alivio colectivo.
El baño de pueblo se convirtió en ducha de agua helada. Las heridas no cicatrizan cuando han sido provocadas con saña. La reaparición de Sabines funcionó como un reactivador de memoria histórica. Las nuevas generaciones, que apenas eran niños durante su mandato, preguntaron a sus padres por qué ese nombre generaba tanto escozor. Los padres, con paciencia pedagógica, relataron historias que parecían leyendas negras, pero estaban documentadas en papel membretado. La nueva era, esa que Eduardo Ramírez intenta construir con faros estoicos, tiene una premisa inquebrantable: la conducta recta es la única moneda de cambio aceptable. Todo lo demás, como escribió Marco Aurelio, carece de vida, carece de razón y anda extraviado por caminos que ya nadie está dispuesto a transitar.
Sabines regresó a su casa con una certeza amarga: en Chiapas no hay amnesia, hay archivo histórico. Y el suyo está lleno de páginas que muchos preferirían arrancar, pero que, para bien de la memoria colectiva, permanecen intactas, amarillentas tal vez, pero perfectamente legibles.
Se equivocó garrafalmente Juan Sabines al poner en el mismo costal a tres expresidentes municipales, al decir que entre 2007 y 2010 coincidió con una generación extraordinaria de presidentes municipales: Jaime Valls en Tuxtla, Cheque Orduña en Tapachula y Eduardo en Comitán. Hoy el expresidente de Comitán gobierna Chiapas de una manera ejemplar; el expresidente de Tapachula, por el contrario, simplemente es un cheque sin fondos, con problemas de liquidez como los que dejó en las finanzas el propio Sabines.



















































