Andrea Flores Mena
Ayer, 11 de agosto, Tuxtla Gutiérrez cumplió 134 años como capital de Chiapas y quizá alguien pueda preguntarse por qué escribir sobre ello hoy, cuando las felicitaciones ya pasaron, cuando terminaron los actos conmemorativos y las redes sociales comienzan a ocuparse de otra cosa.
Precisamente por eso, porque hay fechas que se celebran y hay fechas que se reflexionan y a una ciudad como Tuxtla no basta con felicitarla durante 24 horas. Hay que mirarla después, cuando termina la ceremonia, y preguntarnos qué significa realmente ser la capital de uno de los estados cultural, geográfica y socialmente más diversos de México.
El 11 de agosto de 1892 marcó un antes y un después en nuestra historia, el traslado definitivo de los poderes estatales a Tuxtla Gutiérrez transformó el equilibrio político de Chiapas y colocó a esta ciudad de la Depresión Central en el centro de las decisiones públicas del estado.
Han pasado 134 años, pero Tuxtla existía mucho antes de ser capital.
Antes de los edificios gubernamentales, de los bulevares, del tráfico, de los centros comerciales y de la expansión urbana, aquí ya había identidad. Nuestra historia está profundamente ligada al pueblo zoque, una de las culturas originarias de Chiapas, cuya presencia permanece en nuestras tradiciones, nuestra comida, nuestros barrios, nuestras fiestas y en esa relación tan particular que tenemos con la tierra y con nuestras costumbres.
Por eso ser tuxtleco no comenzó en 1892, ese año inició otra historia: la de Tuxtla como casa política y administrativa de Chiapas y creo que allí se encuentra una de las características que más me gustan de esta ciudad.
TUXTLA APRENDIÓ A SER DE TODOS
Ser capital significó recibir.
Durante generaciones han llegado aquí hombres y mujeres provenientes de San Cristóbal, Comitán, Tapachula, Villaflores, Tonalá, Pichucalco, Ocosingo, Palenque, Chiapa de Corzo y prácticamente todos los rincones del estado.
Llegaron para estudiar, trabajar, emprender, hacer política, buscar atención médica, formar una familia o simplemente comenzar nuevamente y Tuxtla los hizo parte de ella, porque hay algo profundamente tuxtleco en esa capacidad de adoptar.
Podemos presumir nuestro pozol, nuestros pictes, la fiesta de San Roque, nuestras tradiciones zoques, Copoya, la Catedral de San Marcos, el Parque de la Marimba, nuestros museos y nuestros barrios, podemos discutir durante horas dónde se prepara el mejor cochito o cuál era la Tuxtla más bonita, la de nuestros padres, la de nuestros abuelos o la nuestra.
Pero nuestra identidad nunca debería convertirse en una frontera, al contrario, el verdadero orgullo de ser capital está en entender que Tuxtla pertenece a los tuxtlecos, pero también es la casa común de Chiapas.
Aquí convergen nuestras regiones y nuestras culturas, se encuentran la Selva y el Soconusco, Los Altos y la Frailesca, el Norte y la Costa, los pueblos indígenas y las nuevas generaciones urbanas. En sus universidades, mercados, hospitales, oficinas, restaurantes y calles se escuchan historias provenientes de todo el territorio chiapaneco.
Eso también nos hizo quienes somos, una ciudad construida con muchas ciudades y quizás por eso los tuxtlecos tenemos una personalidad particular, somos gente de calor (en todos los sentidos posibles). Somos directos, alegres, ruidosos algunas veces, solidarios muchas otras. Nos quejamos del tráfico, del calor de abril y mayo, de las calles y de cuánto ha cambiado la ciudad; pero basta que alguien de fuera critique demasiado a Tuxtla para que inmediatamente recordemos que una cosa es que nosotros nos quejemos y otra muy distinta que alguien venga a hablarnos mal de nuestra casa.
Y tal vez por esa misma razón existe una convicción que vale la pena decir en voz alta: Tuxtla merece ser gobernada por tuxtlecos. No como una expresión de rechazo hacia quienes llegaron de otros lugares (sería contradictorio con la ciudad abierta y generosa que somos), sino porque gobernar una ciudad exige algo más que conocer sus cifras, recorrer sus colonias durante una campaña o aprenderse de memoria los nombres de sus barrios, hay cosas que no aparecen en ningún diagnóstico municipal, hay que haber vivido su calor, sus lluvias y sus calles; entender por qué el Sabinal no es solamente un río, sino también memoria, herida y deuda; conocer lo que significan Terán, San Roque, El Calvario, Copoya y nuestros barrios antiguos; haber visto crecer la ciudad, reconocer lo que perdió en el camino y saber qué cosas no estamos dispuestos a perder nuevamente.
Porque una cosa es administrar Tuxtla y otra muy distinta entenderla, gobernarla debería significar sentir como propia cada calle abandonada, cada árbol que desaparece, cada problema de agua, cada espacio público recuperado o perdido y cada oportunidad que se abre para una nueva generación y cuando digo que Tuxtla debe ser gobernada por tuxtlecos, hablo también de pertenencia: tuxtleco no es únicamente quien nació aquí, sino quien hizo de esta ciudad su casa, la conoce, la respeta, la defiende y ha decidido echar raíces en ella. Para gobernar Tuxtla no basta querer el cargo; hay que querer profundamente a Tuxtla.
Porque Tuxtla se quiere así: con familiaridad.
Como se quiere el lugar donde una aprendió a caminar por sus calles, donde conoce los sabores, los sonidos y hasta la manera en que cambia el cielo antes de que caiga una tormenta, pero amar una ciudad tampoco significa idealizarla.
TUXTLA TIENE PROBLEMAS
El crecimiento urbano nos obliga a discutir movilidad, agua, servicios públicos, seguridad, medio ambiente, ordenamiento territorial y espacios públicos, una capital que continúa creciendo no puede conformarse únicamente con administrar sus problemas: tiene que anticiparse a ellos.
Ese debería ser también el significado contemporáneo de ser capital.
Porque ser capital no es solamente albergar los poderes del Estado; es asumir la responsabilidad de marcar rumbo.
Tuxtla debe conservar su memoria sin convertirse en museo, debe proteger sus raíces zoques sin utilizarlas únicamente como decoración en las fechas importantes.
Debe defender sus barrios, sus árboles, sus tradiciones y sus espacios culturales, pero al mismo tiempo abrirle la puerta a la tecnología, a nuevas inversiones, a mejores empleos, a una movilidad más inteligente, al emprendimiento, a las industrias creativas y a las nuevas formas de entender una ciudad.
Tradición y progreso no son enemigos.
Nunca deberían serlo.
Una ciudad segura de su identidad no tiene miedo de cambiar.
Y pienso también en las mujeres que han construido Tuxtla, en nuestras abuelas y madres; en las comerciantes de los mercados; en las maestras, médicas, periodistas, empresarias, servidoras públicas, artistas, estudiantes y trabajadoras que todos los días atraviesan esta ciudad desde temprano y regresan a casa cuando ya cayó la noche.
Muchas veces la historia de las ciudades se cuenta desde los nombres de gobernadores, presidentes municipales, arquitectos o grandes obras públicas.
Pero una ciudad también se construye desde lo cotidiano; desde quien abre un negocio a las seis de la mañana, la madre que lleva a sus hijos a la escuela antes de irse a trabajar, quien estudia buscando una oportunidad distinta, quien conserva una receta familiar, quien enseña una tradición a sus hijos y desde quien decide quedarse aquí y construir su futuro.
También ellas (también nosotras) hemos hecho Tuxtla y quizá esa sea la ciudad que quiero mirar cuando pienso en los próximos años.
Una capital orgullosa de su pasado, pero no atrapada en él.
Una ciudad moderna sin perder el alma.
Una ciudad que recuerde que antes de ser capital fue tierra zoque y que después de convertirse en capital recibió a Chiapas entero.
Una Tuxtla donde nuestros hijos puedan encontrar oportunidades sin tener que marcharse para imaginar un futuro mejor.
Porque después de 134 años, la pregunta ya no debería ser únicamente por qué Tuxtla se convirtió en capital, la pregunta importante es qué clase de capital queremos ser ahora.
Yo quiero una Tuxtla que crezca sin olvidar.
Que avance sin expulsar.
Que modernice sin destruir.
Que reciba sin preguntar de dónde vienes.
Que entienda que su mayor privilegio no fue convertirse en sede de los poderes públicos, sino convertirse en punto de encuentro de un estado extraordinariamente diverso.
AYER FUE SU ANIVERSARIO
Hoy, cuando han terminado las felicitaciones, vale la pena decir algo quizá más importante: gracias, Tuxtla.
Gracias por ser casa para quienes nacimos aquí y para quienes llegaron después, para quienes llevan generaciones llamándose tuxtlecos y para quienes un día vinieron de otro municipio, hicieron aquí su vida y terminaron queriendo estas calles como propias.
Porque quizá eso sea, después de todo, lo más tuxtleco que existe:
tener raíces profundas y, aun así, siempre hacer espacio para alguien más.


















































