Luego de años de pausa por pandemia, se estrenó una jícara monumental de tres mil litros para regalar la ancestral bebida zoque a miles de devotos y visitantes
YUSETT YÁÑEZ/PORTAVOZ
El aroma del cacao, el maíz nixtamalizado y el azúcar volvió a impregnar las calles del barrio de San Roque. En el marco de sus tradicionales festividades patronales, la comunidad organizada marcó nuevamente la historia al retomar una de las costumbres más entrañables del municipio: la elaboración y reparto masivo de pozol en una jícara de dimensiones monumentales.
La tradición, nacida originalmente en 2007 como una iniciativa comunitaria durante la feria de San Roque, tuvo que suspenderse durante varios años debido a las restricciones sanitarias por la pandemia de COVID-19, sin embargo, este año los organizadores y familias patrocinadoras regresaron con renovado entusiasmo, estrenando un recipiente completamente nuevo adaptado a las normas higiénicas y ornamentado con el arte característico de la región.
La monumental jícara tiene una capacidad de tres mil litros y destaca tanto por su construcción como por su diseño. En su interior, está fabricada con acero inoxidable de grado alimenticio para garantizar la inocuidad y frescura de la bebida. Por fuera, el recipiente se encuentra forrado de fibra de vidrio y decorado artísticamente con pinturas alusivas a la etnia zoque, rindiendo un homenaje visual a los orígenes culturales de la capital chiapaneca.
Para llenar esta jícara y dar abasto a la gran afluencia de devotos, se requirió una logística y el esfuerzo coordinado de decenas de personas de la localidad, se requirió 350 kilogramos de masa de pozol, 300 kilogramos de azúcar, 150 garrafones de agua purificada, 100 bolsas de hielo para mantener la bebida a la temperatura idónea frente al cálido clima tuxtleco.
La preparación del pozol no es solo un acto gastronómico, sino un ritual cultural con raíces profundas. “El pozol viene desde los mayas, siglos de los siglos, hasta caer en la etnia zoque y nosotros los mestizos que andamos por acá”, relató uno de los organizadores del evento, al destacar el valor de este alimento que ha nutrido a generaciones de chiapanecos.
La idea de llevar a cabo esta actividad surgió al constatar que las donaciones diarias resultaban insuficientes ante la gran demanda de la gente. Aunque habitualmente dos o tres familias donaban la bebida de manera cotidiana durante la feria, el volumen no alcanzaba para la multitud. Esto motivó a la comunidad a organizarse, sumar a más familias colaboradoras y conseguir patrocinadores locales para hacer posible la meta de regalar tres mil litros en un solo día festivo.
Más allá de la hazaña comunitaria y el espectáculo que representa la jícara gigante, el acto responde a un profundo sentimiento de fe y gratitud religiosa hacia San Roque y San Bartolomé. Para los organizadores y voluntarios que pasan horas batiendo la masa y atendiendo a los visitantes, esta labor representa un compromiso de vida.
“Es una forma de nosotros regresar un poquito de lo mucho que nos ha dado nuestro santo patrono San Roque y San Bartolomé”, expresó con emoción uno de los encargados de la festividad mientras repartía los vasos de pozol a feligreses, vecinos y turistas que acudieron al templo.
Con este exitoso retorno, el barrio de San Roque reafirma su lugar como el corazón de las tradiciones tuxtlecas, demostrando que la fe, la solidaridad comunitaria y la identidad gastronómica siguen más vivas que nunca en la capital de Chiapas.
DESTACADO
Su preparación no es solo un acto gastronómico, sino un ritual cultural con raíces profundas









































