Andrea Flores Mena
El Segundo Informe de Gobierno de Claudia Sheinbaum no fue solo una enumeración de cifras, obras y programas, fue la exposición de una manera de entender el poder público: no como privilegio ni espectáculo personal, sino como herramienta para reducir desigualdades y ampliar derechos, en un país donde durante décadas la Presidencia tuvo voz, rostro y códigos masculinos, que una mujer rinda cuentas desde Palacio Nacional conserva una fuerza histórica.
El valor del momento no descansa únicamente en que México tenga a su primera presidenta, el verdadero examen está en la manera en que esa presencia se convierte en decisiones públicas; el informe mostró una administración que busca sostener la política social, recuperar la capacidad rectora del Estado y colocar el bienestar cotidiano en el centro.
El aumento real del salario mínimo, la ampliación de las becas, las pensiones y el apoyo a mujeres de entre 60 y 64 años parten de una idea elemental: la desigualdad no se corrige esperando que la riqueza se distribuya por sí sola, se combate mediante decisiones presupuestales, derechos sociales y un Estado presente, esta perspectiva tiene una dimensión feminista, porque son las mujeres quienes con mayor frecuencia absorben los costos de la precariedad, los cuidados no remunerados y la falta de servicios.
Cuando una política mejora el ingreso familiar, lleva atención médica a una comunidad o permite que una niña permanezca en la escuela, transforma condiciones que históricamente han limitado la autonomía femenina, el feminismo en el Gobierno no debe reducirse al lenguaje ni a la representación; debe reflejarse en presupuesto, seguridad, salud, educación, vivienda y tiempo para vivir.
También resulta relevante el énfasis en la seguridad, la reducción reportada de 51 por ciento en el promedio diario de homicidios dolosos representa, de sostenerse, uno de los datos más importantes de esta etapa; cada homicidio evitado es una ausencia menos y una familia menos atravesada por la violencia. La seguridad debe medirse en estadísticas, pero también en la posibilidad de trabajar y regresar a casa sin miedo.
En el terreno económico, la estabilidad del peso, la inversión extranjera y la recuperación del poder adquisitivo permitieron defender una tesis clara: crecimiento y justicia social no tienen por qué ser enemigos, el reto será convertir esa estabilidad en empleos de calidad y oportunidades para el sur; para Chiapas, los proyectos ferroviarios, carreteros, sanitarios y de vivienda pueden significar una integración más justa, siempre que incluyan a las comunidades.
El informe tuvo además una lectura política, frente a las versiones de fractura dentro del movimiento gobernante, Sheinbaum reivindicó la continuidad, pero recordó que la autoridad moral se construye todos los días, la transformación no puede depender de un liderazgo ni confundirse con lealtades personales; necesita instituciones, resultados, transparencia y servidores públicos que entiendan que gobernar es servir.
Una valoración positiva no exige renunciar a la mirada crítica, las cifras deberán contrastarse, las metas tendrán que cumplirse y los avances en salud deberán sentirse en hospitales abastecidos, no solo en informes, un Gobierno encabezado por una mujer tampoco es automáticamente feminista: lo será en la medida en que reduzca las violencias, reconozca los cuidados, garantice autonomía económica y abra espacios reales para otras mujeres.
Aun con esos desafíos, el Segundo Informe deja una señal alentadora; México tiene una presidenta con rumbo, capacidad técnica y una visión social definida, Sheinbaum no presentó un país sin problemas; presentó un Estado que busca enfrentarlos sin abandonar a quienes menos tienen, en una nación marcada por desigualdades históricas, gobernar con sensibilidad social, firmeza y perspectiva de derechos no es un detalle menor: es una transformación profunda del poder.


















































