300 migrantes desafían el endurecimiento migratorio y saturan la frontera sur
ARGENIS ESQUIPULAS/PORTAVOZ
FOTOS: ALEJANDRO LÓPEZ
Bajo un sol inclemente que castiga el pavimento del Parque Bicentenario, un grupo de aproximadamente 300 personas, en su mayoría hondureños, pero también salvadoreños y guatemaltecos, descansa tras una caminata extenuante de más de 12 horas. Son los sobrevivientes del primer tramo de la caravana autodenominada “Fe y Esperanza con Dios”, un contingente que partió el domingo pasado desde San Pedro Sula, Honduras, y que logró ingresar a territorio mexicano por el puente internacional Rodolfo Robles, en la frontera entre Guatemala y Chiapas.
La escena se repite con una obstinación que parece desafiar no solo a las autoridades migratorias mexicanas, sino también al endurecimiento de las políticas de asilo en Estados Unidos. A pesar de los riesgos, de los retenes del Instituto Nacional de Migración (INM) y de la saturación de una ciudad que ya no da abasto, estos núcleos familiares y jóvenes solitarios emprenden una vez más el camino hacia el norte, huyendo de la violencia, la pobreza y la falta de oportunidades en el Triángulo Norte de Centroamérica.
EL ROSTRO DE LA CARAVANA: ENTRE LA ESPERANZA Y LA DESESPERACIÓN
La caravana no es un bloque homogéneo. Es un mosaico de historias rotas y expectativas mínimas. Carlos Alexis Ortiz, un agricultor hondureño que dejó la siembra de maíz, avanza con muletas. Su meta era Estados Unidos, pero al llegar a Tapachula recibió la noticia de que su madre estaba enferma, lo que lo obligó a detener su recorrido y evaluar un regreso a su país. “Sí, primera vez, si Dios lo permite dependiendo la situación vuelvo otra vez, porque el sueño mío la verdad de las cosas es llegar a Estados Unidos”, declaró a EFE.
El caso de Dilmar Campos, un salvadoreño que intenta avanzar por segunda vez en menos de un mes, refleja la nueva dinámica migratoria. Campos no descarta quedarse en México si logra regularizar su situación y encontrar empleo. “Yo en lo personal quiero quedarme un rato acá y ver si se puede, si no me quedo en México, veo si arreglo mi situación y quedarme acá; a mí México me encanta”, afirmó.
Pero no todos tienen la misma suerte ni la misma disposición. Óscar Vanegas, originario de Victoria, Yoro, fue deportado hace siete meses y ahora busca alcanzar nuevamente la frontera entre México y Estados Unidos. Rechazó que la movilización cuente con financiamiento de organizaciones y asegura que los migrantes cubren el viaje con recursos propios, dependiendo de la caridad que encuentran en el camino. “Sí vamos en masa, sí tenemos miedo, porque siempre va a haber miedo, pero nosotros confiamos en que Dios nos ayuda”, expresó.
CHIAPAS: EL EPICENTRO DE UNA CRISIS HUMANITARIA CONTENIDA
La llegada de esta caravana no ocurre en el vacío. Chiapas, y específicamente Tapachula, se ha consolidado como el principal punto de contención y trámite migratorio del país. De acuerdo con datos de la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar), el estado absorbe más del 60 por ciento de las solicitudes de refugio gestionadas en todo México, con un promedio de hasta 100 solicitudes diarias.
Las cifras oficiales revelan una realidad compleja. En 2025, según datos de la Unidad de Política Migratoria del Instituto Nacional de Migración, la cifra de personas extranjeras en situación irregular en Chiapas se redujo drásticamente, mientras que en 2024 se reportaron 402 mil 148 personas, para octubre de 2025 la cifra cayó a 34 mil 65. Esta disminución, sin embargo, no significa que la presión haya desaparecido; más bien, ha mutado. Muchos migrantes ya no ven a México como un país de paso, sino como un destino final ante la imposibilidad de cruzar a Estados Unidos.
“Disminuye mucho el flujo migratorio por el cambio de políticas, y entonces ahora el migrante ya no migra teniendo a México como país de paso, sino que algunos prácticamente buscan estar en nuestro país”, señalan organizaciones civiles en la región.
EL EMBUDO DE TAPACHULA: 60 MIL VARADOS Y UNA BUROCRACIA INTERMINABLE
La realidad en las calles de Tapachula es la de una ciudad desbordada; según el Centro de Dignificación Humana, se estima que hay poco más de 60 mil migrantes varados o residiendo temporalmente en el municipio, una cifra que satura los servicios públicos, los albergues y genera tensiones con la población local.
El activista Luis García Villagrán, coordinador de dicha organización, ha sido tajante al describir la situación: “Tapachula se ha convertido en una gran cárcel migratoria”. Los tiempos de espera para una cita ante la Comar pueden extenderse hasta un año, y los trámites de regularización se eternizan en una burocracia que, según denuncias, exige hasta 52 firmas por migrante o familia.
Esta lentitud administrativa es, paradójicamente, uno de los motores que alimentan las caravanas. Los migrantes que llevan meses varados sin respuestas ni ingresos deciden unirse a estos contingentes como una forma desesperada de escapar del estancamiento y avanzar hacia el centro o norte del país, donde esperan encontrar empleos mejor remunerados. “Ningún migrante se quiere quedar en Tapachula y los tapachultecos no queremos a los migrantes aquí, porque no hay trabajo, no hay educación, no hay hospitales, no hay nada”, apuntó García Villagrán.
LA ESTADÍSTICA DEL ASILO: UNA PRESIÓN QUE NO CEDE
El sistema de asilo mexicano sigue bajo una tensión extrema. La Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) ha documentado que, en 2025, más de la mitad de todas las solicitudes de asilo en México se presentaron en los estados del sur, incluyendo Chiapas, Tabasco y Veracruz. Durante ese año, se registraron más de 52 mil solicitudes en el país, de las cuales el 66 por ciento (unas 34 mil) correspondieron a Chiapas, con Tapachula como principal punto de recepción.
Para 2026, la tendencia se ha mantenido, aunque con fluctuaciones mensuales. Los datos de la Secretaría de Gobernación muestran que las admisiones migratorias en Chiapas alcanzaron las 126 mil 773 personas en enero de 2026, una cifra que, si bien es menor a los picos históricos de 2016 (cuando se registraron 234 mil 402 admisiones en un solo mes), sigue representando una carga considerable para la infraestructura local. En junio de 2026, la cifra había ascendido a 172 mil 478 admisiones, reflejando un repunte en la movilidad conforme avanzaba el año.
LA RESPUESTA INSTITUCIONAL Y EL PAPEL DE LAS ORGANIZACIONES
Frente a este panorama, las organizaciones internacionales intentan mitigar la presión. El Programa de Integración Local (PIL) de ACNUR sumó a más de cuatro mil migrantes a sus filas en 2025, elevando la cifra histórica a 53 mil 300 beneficiarios desde su lanzamiento en 2016. Esta iniciativa busca aliviar los saturados servicios públicos de estados como Chiapas y Tabasco al reubicar a las personas en ciudades del centro del país con alta oferta de empleo formal.
Sin embargo, la magnitud del fenómeno desborda cualquier esfuerzo institucional. La caravana “Fe y Esperanza con Dios” tiene previsto reanudar su marcha el próximo domingo hacia el norte de México, con la intención de atravesar Oaxaca y continuar hacia otras entidades. Aunque su destino final aún no está confirmado, la posibilidad de que lleguen a la frontera con Coahuila, específicamente a Piedras Negras, mantiene en alerta a las autoridades de esa región.
Mientras tanto, en el Parque Bicentenario de Tapachula, los 300 integrantes de la caravana reciben atención e hidratación. Saben que el camino que les espera está plagado de retenes, riesgos y una incertidumbre legal que puede durar meses o años. Pero, como muchos de ellos repiten, no tienen nada que perder. La migración, para estos núcleos familiares y jóvenes solitarios, no es una elección, sino la única salida que les queda.















































