Más allá de los grandes escenarios, su trayectoria se sostiene en disciplina, formación constante y una visión artística pensada a largo plazo
CARLOS RUIZ/PORTAVOZ
A los 28 años, Astrid Chavira no solo acumuló créditos en escenarios y pantallas: encarna una transformación dentro de la danza urbana mexicana. Su trayectoria habla de una generación que dejó de imitar modelos externos para construir una voz propia, capaz de dialogar con la industria global sin diluir su identidad. Desde Guadalajara hasta Ciudad de México, su carrera se ha movido con la misma precisión que su cuerpo: sin prisa, pero sin pausa.
El crecimiento de Astrid no se explica por los nombres con los que ha trabajado, sino por la lógica detrás de cada paso. Colaboraciones con artistas de alto impacto, participaciones en televisión nacional, cine y festivales masivos funcionan como plataformas, no como destino final. En ese tránsito, ha demostrado que la danza urbana también puede ser narrativa, concepto y profesionalismo sostenido, no solo espectáculo inmediato.
Su formación constante en Los Ángeles reveló otra capa de su perfil: la disciplina como herramienta de permanencia. Astrid pertenece a una camada de bailarinas que entiende el entrenamiento como una inversión a largo plazo y no como un requisito pasajero. Esa visión la ha llevado a compartir espacio creativo con coreógrafos de talla internacional, absorbiendo lenguajes diversos sin perder la esencia que define su movimiento.
El punto de quiebre en su historia no llegó con un contrato ni con un escenario multitudinario, sino con una certeza temprana. Aquella experiencia en Monterrey, frente a maestros internacionales, sembró una convicción que sigue marcando su ruta: estar ahí no como espectadora, sino como protagonista. Desde entonces, cada decisión parece responder a esa misma intuición inicial.
Hoy, Astrid Chavira se mueve entre grandes escenarios y procesos creativos con la naturalidad de quien entiende que el éxito no es un momento, sino una constancia. Su historia no es la de un ascenso vertiginoso, sino la de una construcción sólida que refleja hacia dónde se dirige la danza urbana en México: a ocupar espacios, pero también a redefinirlos desde dentro.












































